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domingo, 5 de abril de 2020

EMOSIDO ENGAÑADO





Mucha gente que ha sido engañada sigue creyendo en el engaño. 
Ni una buena dosis de evidencia logra resquebrajar la fe en una mentira,
si esa fe es verdadera. 
Tomemos como ejemplo las reliquias religiosas: aunque no fueran auténticas, 
el hecho de haber sido veneradas por tanto tiempo y con tanta fe es suficiente 
para convertirlas en sagradas.
(Edoardo Albinati
"La escuela católica". Lumen, 2019)

La obviedad habría sido usar la famosa cita -real o apócrifa- de Goebbels de la mentira que repetida mil veces veces acaba convertida en verdad, pero créanme que no es por pedantería por lo que escojo el tocho que, alrededor de la masacre del Circeo de 1975, Albinati plagó de reflexiones sobre el aberrante viaje a la locura y el crimen de sus antiguos compañeros de colegio masculino religioso y elitista, unos niñatos romanos de familias ricas y poderosas e ideología fascista. Es en uno de sus últimos capítulos donde el novelista incluye entre las notas póstumas de su supuesto profesor Cosmo unos fascinantes pensamientos sobre la preponderancia y el triunfo de la mentira sobre la verdad. Me sirve tanto como la mítica y viral pintada EMOSIDO ENGAÑADO, desaparecida hace unos años -aquel hito del desengaño y la ortografía creativa- para referirme a la desinformación interesada y con fines políticos  y desestabilizadores -quienes de esto más saben desaconsejan hablar de fake news ni siquiera en español- alcanza sus más altas cotas en estos tiempos de plaga y obligado encierro, aunque no se trate de algo nuevo.

Que tire la primera piedra quien, hasta hace no muchas semanas, no decía igual que Bolsonaro con su resfriadinho, que lo que se nos venía encima no era más que una simple gripe que pasaría como llegaba y que no podíamos repetir el despilfarro de la compra de millones de vacunas de la gripe A hace once años. Cuando comenzó a hablarse de la posible suspensión del Mobile World Congress de Barcelona al comenzar a desertar muchas grandes empresas y operadoras tecnológicas, hubo medios y analistas que sugirieron, y no de forma indocumentada o irresponsable, que la epidemia china de entonces proporcionaba una excusa a aquellas firmas que no tenían novedades que presentar, atravesaban dificultades económicas o financieras o no tenían nada que ganar con su presencia en este tipo de foros. En aquellos posicionamientos no había ánimo de manipular ni desinformar pero ¡menos mal que aquello se suspendió! Entonces ni desde el poder ni desde el común de los mortales supimos escuchar a quienes lo vieron venir y hace ya mucho decían que no era cosa de contraponer salud a economía, que de nada sirve ser los más ricos del cementerio
.
A lo que íbamos. El empleo bien dirigido de la desinformación y la noticia falsa ha obtenido resultados positivos -para quienes lo usaron- en la llegada tramposa de Donald Trump a la Casa Blanca, la campaña del Brexit y no tan exitosos - en la Unión Europea no son tan tontos- en las campañas de desprestigio contra las instituciones españolas desplegadas por el independentismo catalán en Europa. En los casos de EE. UU. y Gran Bretaña es en la película de HBO Brexit (Brexit: the uncivil war. Toby Haynes, 2019) donde mejor se describe cómo, tanto en las presidenciales norteamericanas comoen el referéndum británico, ambos en 2016, mediante el cual el pueblo británico tomó la decisión de abandonar la Unión Europea en particular las técnicas de utilización de datos masivos (big data) tomados de la redes sociales, como Facebook y Twitter, para influenciar el voto de la población, aplicadas bajo la dirección de Dominic Cummings -director de campaña a favor del Brexit- y la empresa Cambridge Analytica que también tuvo una escandalosa participación en la elección de Trump difundiendo de forma datos falsos y calumnias contra los candidatos o argumentos rivales.En el caso británico narrado en la película, Haynes y su guionista James Graham tienen la habilidad de obtener de una obra de ficción la fría, neutral y desoladora credibilidad
que no habría logrado un documental. Si los casos británico y norteamericano tuvieron en común la participación de Cambridge Analytica, los secuaces de Trump y los indepes contaron con la colaboración de unos grandes maestros en desinformar y desestabilizar, el espionaje ruso.

La derecha y la extrema dercha se han echado al monte tanto o más que en los tiempos de acoso a Zapatero por un embrión o un Estatut, pimero durante la investidura de separatistas, etarras y venezolanos, y ahora en plena emergencia sanitaria ven el cielo abierto para sacar rédito político dedesatar una tormenta perfecta de falsedades, calumnias y ataques a lo personal usando la mentira que estábamos acostumbrados a ver en digitales de las cloacas -los de Inda, RojoLosantos y similares- pero que ahora la prensa conservadora convencional en papel también usa sin recato. Se puede ver en ABC, La Razón, El Mundo... Cuando los hechos y los datos desmienten tales barbaridades la noticia falsa desaparece de las páginas por arte de magia  -por supuesto, nada de rectificar- y otra la sustituye. Antes eran simples twits o columnas envenenadas, ahora se distribuyen sin pudor audios y vídeos manipulados. Es el viejo calumnia, que algo queda. Y Albinati sabe bien que queda bastante:

Había una secta cuyo jefe anunció que el mundo sería destruído por los ovnis. 
Llegó la fecha señalada para el fin del mundo. No pasó nada. Cuando quedó claro 
que la profecía era un bulo, el número de adeptos, en vez de disminuir, aumentó.

Y como la prensa, también trafican con una pandemia de bulos los partidos de la derecha y la ultraderecha: Ayer mismo la Policía tuvo que alertar de la aparición de un millón y medio de cuentas falsas en las redes sociales relacionadas con el coronavirus destinadas a divulgar noticias falsas y rumores malintencionadoy y difundir un discurso de odio que ya conocíamos antes de la infección. La mayoría son bots creados pot Vox y sus simpatizantes y dirigentes, alguno de los cuales ha llegado a pedir un golpe de estado, ¡demócratas de toda la vida!

Y como Vox, otros expertos en obtener réditos de las desgracias comunes son los chicos y chicas del Partido Popular, a quienes hanpillado aprovechando el confinamiento para pagar anuncios en las redes sociales en los que acusan al gobierno de falsear las cifras de muertos. ¿no les suena de algo?
En esta estrategia tienen un lugar destacado los insultos y las calumnias contra las personas destacadas del bando contrario. Fernando Simónla familia del presidente del gobiernoPablo Iglesias e Irene Montero son víctimas propiciatorias de lo bulos del covid-19.

Vuelvo a recurrir a una película que aborda estos turbios asuntos, en su caso de forma visionaria: en Contagio (Contagion. Steven Soderberg, 2011) el bloguero interpretado por Jude Law se dedica desde sutribuna digital s desprestigiar los trabajos para obtener y distribuir la vacuna contra unapandemia global para promocionar la milagrosa solución homeopática que él vende. Emplea argumentos muy similares a los antivacunas, hoy tan calladitos: que si las vacunas pueden provocar autismo, pueden tener efectos secundarios desconocidos, si tras ellas están los intereses espúrios de las farmacéuticas. en fin. Puede verse en Netflix.

¿Es posible combatir -o al menos defenderse de- la ola de desinformación selectiva? Hay quienes pretenden hacerlo o al menos dar pistas. Lo hace el  Ayuntamiento de Barcelona; La Comisión Europea también ha publicado su guía orientativa- En España existen portales de verificación especialuzados en cofrontar bulos con hechos como Newtral o como MalditoBulo. que ha hecho su propia recopilación de falsedades, rumores sin esntido relacionados con la pandemia de coronavirus.

¿HEMOSIDO ENGAÑADO? Sí, y parece que nos gusta.


sábado, 10 de febrero de 2018

Distopía: un mundo peor



Un pesimista es sólo un optimista bien informado.
Mario Benedetti

Los finales felices, sobre todo si llevan sobrecarga de almíbar, tienden a repelernos, salvo que seamos niñas de nueve años que sueñan con princesas rosas. Creer en un mañana luminoso cada vez nos cuesta más, lo que no es de extrañar si está uno medianamente informado sobre el mundo que le rodea. Aunque el tiempo de las utopías sobre una humanidad feliz y una sociedad justa -un sueño y un proyecto sine die desde el principio de la historia-  quedó atrás a finales del siglo XIX, en este XXI que comienza vivimos un auge de la distopía, una utopía del revés, un discurso de que todo se aboca al precipicio, de que todo tiempo pasado será peor que no deja de ser una forma negra de narcisismo. Nos gusta saber que todo acabará mal a pesar de que los síntomas del presente se contradicen, cambio climático. crisis humanitarias que no cesan, robotización excesiva, precariedad laboral, semiesclavismo, recorte de libertades y retorno de los populismos fascistas frente a aumento de la esperanza de vida y mejoras en los conocimientos sanitarios y la sanidad aplicada.“Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”, resume el diccionario de la Real Academia de la Lengua al definir las distopías. El siglo XX fue prolijo en ficciones distópicas, tanto en la literatura como en el cine, y hemos comenzado la nueva centuria trasladando a la televisión estas pesadillas demasiado vívidas.

El siglo XXI ante el espejo

Cuando en 2011 se estrenó la serie Black Mirror muchos vieron en ella una fantasía futurista de cumplimiento tan lejano como el de Star Trek o como el que tres años más tarde planteó la película Interstellar (Christopher  Nolan, 2014). Dos años después de aquellos tres únicos capítulos de la primera temporada, el asesinato de un soldado en mitad de Londres nos mostró una imagen que parecía salida de Black Mirror: la gente grababa en sus móviles cada hachazo en nombre de Alá, emitiendo en directo las alucinadas explicaciones que, mirando al teléfono, el autor daba a lo que estaba haciendo. La realidad era como una nueva temporada de la serie. Eso no es ciencia ficción, sirve para abrir informativos.

Mujeres vasija

¡A traer niños al mundo! (El cuento de la criada)
El cuento de la criada es según quienes votan a Trump y quienes practican o disculpan el acoso a las mujeres el azote feminista de nuestra era, tal vez porque se identifican o inconscientemente deffienden una distopía que es demasiado cercana. El libro de Margaret Atwood llevado a la televisión se publicó en 1985, una época con fuertes presiones en EEUU de los movimientos antiabortistas y de los antipornográficos. Al igual que la llegada de Donald Trump al poder disparó las ventas de 1984 de George Orwell, la gran distopía literaria del siglo XX, The Handsmaid's Tale se ha recibido ahora, al trasladarse a serie de televisión, como un envite contra la misoginia del actual gobierno estadounidense. La novela -y por tanto la serie- habla de una reducción de la población humana por culpa de la contaminación ambiental y la imposibilidad de concebir, algo que ya está ocurriendo: la natalidad cae en todo el mundo y aumentan las enfermedades pulmonares y alergias causadas por la mala calidad del aire. El escritor P D James ya planteó este futurible en su novela Los hijos de los hombres, llevada al cine en la pasada década (Children of men. Alfonso Cuarón, 2006) En la obra de Atwood las mujeres fértiles sirven de recipiente para la procreación. La protagonista es una mujer, la criada Offred -De Fred-, que narra su cautiverio en una dictadura puritana y teocrática que gobierna Estados Unidos tras un golpe de estado que implanta la república de Gilead. La amenaza del terrorismo islamista (evidentemente, una aportación de la serie) sirve a los nuevos tiranos de Gilead  -pero ¿y si en realidad fuera algo así lo que los votantes norteamericanos eligieron libremente en 2016 y no hiciera falta golpe alguno?- como excusa para ejercer un poder omnímodo, mientras el problema de la infertilidad justifica controlar la vida de las mujeres. Las consideradas más devotas son destinadas a esposas de los comandantes, las Marthas se dedican al trabajo doméstico y las criadas son jóvenes fértiles cuya utilidad es concebir hijos para los matrimonios dirigentes. El régimen amenaza a las criadas que no se plieguen a su obligado destino con desterrarlas a las colonias, un lugar -les cuenta la prpaganda- donde las mandarán a recoger residuos tóxicos en unas condiciones terribles.

Según ha explicado la escritora posteriormente, cuando en 1982 se puso manos a la obra una de sus premisas era no inventar ningún suceso que no hubiera tenido lugar ni tecnología que no estuviera disponible en aquel momento. Atwood vivía entonces en Berlín Occidental; de ahí la presencia del muro, que en el libro sirve para exhibir los cadáveres de los disidentes y los pecadores según la estricta moral de Gilead, además de simbolizar el agobiante encierro dentro de sus fronteras. En el mismísimo Antiguo Testamento dice Atwood haber encontrado inspiración: las dos esposas de Jacob, las hermanas Raquel y Lía, al no poder engendrar, le dicen a Jacob que se acueste con sus respectivas criadas para que pueda tener hijos. El control de las mujeres y su descendencia mediante el robo de bebés ha sido una práctica habitual en las dictaduras, incluso después de ellas en el caso de España.

La adaptación televisiva, que se ambienta en el tiempo presente, aporta nuevos simbolismos: la Ceremonia, un rito de Gilead en el que el comandante viola a la criada, cobra un nuevo significado en pleno debate sobre la  gestación subrogada o vientres de alquiler, o la persecución y asesinato de homosexuales cuando se acaba de acreditar que en Chechenia existen campos de concentración para este colectivo. En El cuento de la criada la escritora explica que "hubo manifestaciones de que todo se empezaba a torcer" pero pocos supieron detectarlas. "No nos despertamos cuando masacraron el Congreso -ya le gustaría a Trump- .Tampoco cuando culparon a los terroristas y suspendieron la Constitución", comienza su relato la protagonista. Parece realmente difícil no reconocer en esa supuesta anticipación los sìntomas y las amenazas del presente.

Un pasado utópico

Aunque el tema de este artículo sea el de los futuros -o los presentes camuflados como futuros- de pesadilla y alienación, no se puede olvidar que antes de la negación suele estar la afirmación y que antes de la distopía estuvo la utopía: desde el comienzo de la historia ha habido pensadores que, disconformes o insatisfechos con las sociedades en las que vivían, diseñaron utopías sobre una sociedad mejor. Formuladas desde muy diferentes perspectivas ideológicas y morales, muchas propuestas utópicas han tenido en común el retorno a una arcadia o sociedad idílica prehistórica (entiéndase el último adjetivo como más allá de la historia) donde los seres humanos pueden llevar una existencia plácida con sus necesidades cubiertas, sin propiedad privada, donde todo es de todos, rechazando todo individualisno. Pero otras no; otras utopías sólo miraban hacia el mañana. Casi todo se ha quedado en palabras y  ensoñaciones, pero ha habido amagos de construir comunidades al margen de su tiempo, experimentos que desembocaron en estrepitosos fracasos y en el último siglo y medio, proyectos colectivos más sólidos que siguieron a unas élites que se consideraban en posesión de la verdad, que al materializarse resultaron ser espantosas pesadillas.

El primer modelo de sociedad utópica se lo debemos a Platón. En su citadísimo diálogo La República defiende su visión de la justicia y describe cómo sería el Estado ideal. Estaría formado por tres clases sociales: gobernantes, guardias y productores. La pertenencia a una u otra de las clases no vendría por nacimiento sino por capacidades. Para Platón, la buena marcha del Estado depende de que cada clase cumpla bien con su cometido. La suya es una utopía clasista, patriarcal, en la que las mujeres son una herramienta colectiva para la reproducción, y meritocrática.
  Utopía o En ningún lugar de Tomas Moro avanza por primera vez en la edad moderna un mundo democrático en lo político y comunista en lo social: sin propiedad privada, dinero ni compraventa, con los bienes producidos a disposición de las necesidades de cada uno, una república con sufragio universal e igual reparto de derechos y obligaciones. En La ciudad del sol el filósofo italiano Tommaso de Campanella propone una república de organización comunista y valores religiosos; en ella todo se vive en común, incluso las viviendas, las mujeres y los hijos, con la población distribuida en función de las habilidades y necesidades de los individuos, pero no abole el modelo estamental, con la Iglesia en la cúspide. La nueva Atlántida de Francis Bacon está inspirada en La ciudad del sol, pero el británico cambia la religión por la ciencia: la sociedad no está gobernada por el poder religioso, sino por una élite tecnocrática. Bacon no se plantea cómo resolver los problemas sociales y políticos.
Uno de los ilustrados esenciales, Jean Jacques Rousseau, influenciado por los libros de viajes a tierras exòticas tan populares en su época, critica el progreso, retoma las utopías primitivistas y describe la historia como un proceso de decadencia, pero su Del contrato social mira el futuro con esperanza e intenta integrar a los individuos en la sociedad; tanto esta obra como Emilio o la educación le granjearon la condena del poder, la persecución y el exilio.

 A principios del siglo XVIII el socialista utópico francés Charles Fourier fue uno de los padres del cooperativismo: pensó en establecimientos agroindustriales que alojaran a casi dos mil personas que trabajarían las tierras circundantes y compartirían las ganancias de las ventas; la comunidad garantizaría los servicios esenciales y velaría por unas condiciones laborales agradables. Su utopía reformista no era descabellada y algo parecido puede reconocerse hoy en los kibutz israelíes. Y antes sus ideas y las de su correligionario Claude Saint-Simon fueron a parar a la socialdemocracia europea. Ambos consideraban que la labor más importante de los gobiernos era acabar con la pobreza y las guerras.
 Si Fourier y Saint-Simon eran utópicos reformistas, Pierre Proudhom era revolucionario. Este intelectual autodidacta a quien se le considera fundador del anarquismo  ya en su primer libro sentenciaba aquello de que la propiedad es un robo en cuanto que es resultado de la explotación del trabajo de otros. Para Proudhom la sociedad ideal es aquella en la que el individuo tiene el control de los medios de producción y se opuso al comunismo, donde el ser humano pierde su libertad. Frente al Estado y la Ley preconizó la asociación de pequeños productores autónomos reunidos políticamente en una federación de comunas, mutuas y cooperativas.
Contemporáneo suyo fue el inglés William Morris, que en 1890 escribió Noticias de ninguna parte sobre un paraíso socialista en la tierra consumado en el año 2000, donde se han despejado las grandes aglomeraciones urbanas, se han limpiado el aire y las aguas y la humanidad vive en casas esparcidas por el paisaje. A la gente la une la camaradería y no la autoridad. La novela habla de personajes desinhibidos y epicúreos en estrecha relación con la naturaleza y liberados de la doctrina victoriana del trabajo, la propiedad, la diferenciación entre lo público y lo privado e incluso de la tecnología -otra utopía primitivista- innecesaria en los talleres que propone, que se destinan a los oficios y no a alimentar necesidades creadas.
También en el año 2000 situaba el norteamericano Edward Bellamy su novela utópica Mirando atrás, de tanto éxito que tras su publicación surgieron decenas de Bellamy clubs en los Estados Unidos, sorprendente triunfo el de una utopía socialista como ésta en la meca del capitalismo, aunque la arcadia de Bellamy también tiene un aspecto negativo: la tecnoburocracia que sí agradaba a Bacon; además Bellamy no entra en la cuestión de la democracia.
Más o menos en los mismos años, la obra el escritor británico Herbert Georges Wells se convirtió en el puente entre las utopías pasadas y las distopías por venir. En Una utopía moderna, a medio camino entre ensayo y relato fantástico, HG ridiculiza las propuestas de los utópicos anteriores, desde Platón a Belamy, pero la utopía de Wells es conservadora en cuanto a que defiende la propiedad privada y no cuestiona las relaciones entre empresario y trabajador existentes ni la concentración de la renta en manos de unos pocos. En todo caso es una utopía reformista que pide una dulcificación del capitalismo neoliberal.
Morlock vs. eloi
eMás arriba situé a Wells a caballo entre utopía y distopía: no olvidemos su primera y más popular novela, La máquina del tiempo, en cuyo futuro remoto sitúa a los terroríficos infrahumanos morlock del subsuelo cazando y devorando a los felices y bobalicones eloi de la superficie, como si la distopía se merendase a las utopías.

La trinidad distópica

Wells fue el puente, sí. Pero la llegada del siglo XX,  y sobre todo la Gran Guerra 1914-1918, supuso el advenimiento de un pesimismo generalizado y, en Europa, la llegada de una literatura que contestaba a las utopías de antaño: la distopía o antiutopía. Tres nombres destacan entre toda la ficción distópica que vendría: Orwell, Huxley y Golding, aunque hay mucho más.

Dos minutos de odio (1984)
Británico que había sido policía colonial en la India, el escritor y periodista George Orwell fue un comunista antiestalinista como demuestran su novela de más éxito, Rebelión en la granja, y el relato autobiográfico Homenaje a Cataluña, pero también fue el autor de la gran distopía literaria del Siglo XX, 1984, que llegó al cine en el año que indica su titulo (1984. Michael Radford, 1984), aunque ese título/fecha no es más que un baile de números que indica el parecido de la pesadilla que el autor sitúa en la década de los ochenta con la situación real de la Unión Soviética cuando se publico la novela, en 1948, con el Big Brother Stalin haciendo sus fechorías sin control ni límite. Sin embargo su crítica y su advertencia va mucho más alla del estalinismo y abarca  a todos los totalitarismos de ayer, hoy y mañana. La obsesiva vigilancia del Estado a los individuos, como el Winston Smith al que la interpretación del inolvidable John Hurt dota de una vulnerabilidad y unas debilidades tremendamente humanas;
un control que no escatima en medios tecnológicos, es mucho más real y amenazadora ahora, con las tecnologías de la información y en un mundo hiperconectado, que entonces. Desde la publicación de 1984 y de que sus advertencias fueran reconocidas como presente más que como futuro, el adjetivo orweliano entró en todos los diccionarios para calificar a políticas y medidas que buscan mantener un control absoluto de la ciudadanía valiéndose de cualquier medio a su alcance y generar una paranoia colectiva con el afán de perseguir a supuestos conspiradores mediante cacerías de brujas, juícios políticos por crímenes del pensamiento, lavado de cerebros, violación de la privacidad, tortura, asesinato..., del mismo modo que, ya desde antes, kafkiano define a situaciones dramáticamente absurdas que describen al hombre indefenso ante la poderosa maquinaria de la burocracia o de la Justicia que lo aplasta. La gran aportación de Orwell es haber descubierto el poder de manipular el lenguaje para modificar la realidad y dominar los resortes del poder absoluto: algo así como lo que se define hoy con neologismos y barbarismos como posverdad,  fake news y correccción política. De esta última, la ola de conservadurismo desatada desde posiciones progresistas y feministas nos da ejemplos de censura entre escalofriantes y risibles.

De la treintena de libros del también británico Aldous Huxley, Un mundo feliz, de 1932, le proyectó como el profeta de la era tecnológica que se cuestionó las ventajas de los avances científicos cuando sus efectos son la deshumanización, en este caso programada por el Estado, que emplea el condicionamiento genético para organizar a los hombres desde su nacimiento en castas con destinos laborales muy determinados: en este mundo feliz la ingeniería genética condiciona el destino. Esta distopía tuvo su mejor plasmación audiovisual en una miniserie de la BBC emitida en 1980. Aquí la pueden ver.

El premio Nobel de literatura William Golding es conocido sobre todo por su obra El señor de las moscas, una negación brutal del mito del buen salvaje de Rousseau. Una treintena de niños solos sin supervición adulta en una paradisíaca isla desierta tras sobrevivir a un accidente aéreo no tardan en enfrentarse a muerte en guerras por el poder y la dominación sobre los demás trnsformando en arma mortífera cuanto instrumento tienen a mano y transformando objetos que encientran en la naturaleza en emblemas de autoridad que hay que respetar y adorar. De inmediato el civismo aprendido en la escuela y la familia es sustituido sin remedio por un salvajismo primitivo, la razón por los instintos:,La utopía primitivista soñada en el pasado se transforma en horror: la llegada del hombre convierte al paraíso original en un infierno; una fina línea separa la bondad de la maldad humana cuando se nos pone a prueba, al hombre de la fiera.

Otros mundos imperfectos, otras pesadillas del siglo XX

Antes de Orwell y Huxley -y en su origen, aunque éstos no lo reconocieran-  estuvo el ruso Yevgeni Zamiatin. Perseguido por el zarismo y el leninismo, no pudo publicar su novela distópica Nosotros, de 1921, en la naciente Unión soviética, pese a haber sido un destacado revolucionario en 1905 y en 1917. Probablemente las autoridades bolcheviques de entonces y su régimen se veían - con razón- retratados en el futuro sombrío descrito por Zamiatin: la ciudad donde las viviendas son de cristal para que la policía vigile mejor a los ciudadanos, que no tienen nombres propios sino números de expediente, y todo lo cotidiano está orientado en exclusiva a la eficencia en la producción, claro que como en toda sociedad distópica hay disidentes. Narrada en forma de diario, Nosotros es el recuento de las reflexiones del ingeniero de la nave espacial que expandirá la doctrina imperante en la Tierra a los habitantes de otros planetas.

451 grados Farenheit es la temperatura a la que arde el papel: y Farenheit 451 es el título de una novela de Ray Bradbury de 1953 y de su adaptación cinematográfica (François Truffaut, 1966) que muestra una sociedad occidental esclavizada por los medios audiovisuales, los tranquilizantes y la indiferencia, donde pensar por uno mismo está prohibido, donde el cuerpo de bomberos tiene como misión quemar libros porque, según el gobierno, leer libros nos hace desiguales e infelices y nos genera angustia.

En 1962 otro escritor, el erudito Anthony Burgess, amplió lo que ya empezaba a ser una tradición de novelas distópicas británicas con La naranja mecánica, que sólo tardó una década en ser llevada al cine (A clockwork orange. Stanley Kubrick, 1972). Es la historia del nadsat (adolescente) Alex y sus tres drugos (amigos) en un mundo de crueldad y destrucción: Alex tiene atributos muy habituales entre los seres humanos (amor a la violencia, a jugar con el lenguaje, a la música y la belleza), pero como joven con tendencias asociales resulta un apetecible conejillo de indias para la aplicación por parte del gobierno y las fuerzas del orden de mecanismos pavlovianos y mecánicos de condicionamiento para domar conductas.
Burgess tomó de su maestro Joyce la decisión de inventar para la novela un nuevo lenguaje insertando palabras de otros idiomas. Así La naranja mecánica está repleto de expresiones nadsat que le dan atemporalidad: es una ficticia jerga adolescente que bebe del cockney y del ruso.

Philip K. Dick
"La mejor herramienta para manipular la realidad es la manipulación del lenguaje. Si controlas el significado de las palabras, controlarás a las personas que las usan" (Philip K. Dick,1928-1982).
Al autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), el relato que por días no llegó a ver estrenado como película (Blade runner. Ridley Scott, 1982) y que el año pasado conoció una continuación cinematográfica aún más pesimista (Blade runner 2049. Denis Villeneuve, 2017), unos le conocen como un escritor mentalmente inestable que hizo de las drogas una forma de vida;  los puristas del género literario que practicó le califican  con el menos científico de todos los grandes escritores de ciencia ficción; pero aunque sus experimentos con el LSD sean casi tan famosos como los de Timothy Leary, aunque su vida sentimental fuese una telenovela tremebunda con episodios de violencia, estos aspectos solo describen pequeñas facetas de un novelista fértil y complejo, que tenías sus propias ideas sobre la ciencia ficción,el género literario que practicó siempre, y siempre desde una perspectiva de buen conocedor de la historia contemporánea y una visión crítica y escéptica del porvenir cercano. Aunque el guión de Blade runner situaba la acción en el entonces lejano año 2019, ¿Sueñan los androides...? profetizaba a más corto plazo: Enero de 1992. Rick Deckard vive en la Tierra, lugar contaminado donde ya son pocos los especímenes animales que sobreviven —y por ello son muy valorados, lo que obliga a los menos adinerados a adquirir animales domésticos artificiales—. Son los tiempos que siguen a la Guerra Mundial Terminal, que cubrió de polvo radioactivo la atmósfera y sumió a los supervivientes en un aire gris que oscurece el sol y es capaz de alterar la mente y la capacidad genética de los que permanecen aún en el planeta. La ciudad es San Francisco; el estímulo cerebral artificial es corriente entre los ciudadanos; la población es pequeña, un tercio aproximadamente de la anterior a la devastadora guerra; la moral y la teología son las del Mercerismo; los aún reconocidos como normales han de emigrar a los planetas-colonia; los que se quedan en la Tierra pueden llegar a ser clasificados como especiales, seres biológicamente inaceptables. La Rossen Association es una gran empresa que fabrica robots, entre ellos los Nexus-6. Son androides de última generación tan idénticos al hombre que apenas los tests de Voigt-Kampff pueden distinguirlos. Deckard deberá retirar — es decir, liquidar— a un grupo de androides fugados a la Tierra. Éstos se esconderán en la soledad del apartamento de John R. Isidore, un especialista en autómatas. Pero Deckard conocerá a alguien, Rachael Rossen, quien le hará sentir... y dudar, tanto sobre su naturaleza como sobre su misión.

Otras distopías de la época, que concretamente alerta sobre la destrucción medioambiental son El rebaño ciego, de John Brummer (1972) y, en cine, Cuando el destino nos alcance (Soylent Green. Richad Fleischer, 1973) y Naves misteriosas (Silent running. Douglas Trumbull, 1972).
El problema de la superpoblación planteado en Soylent Green también encuentra soluciones drásticas en una aburrida película estúpidamente convertida en film de culto, La fuga de Logan (Logan's run. Michael Anderson, 1976)

Dejo a un lado las distopías de caracter postapocalíptico como La carretera de McCarthy, La gente del margen de Orson Scott Card, El cartero de David Brin o la saga de películas de Mad Max antes de que me tenga a poner a escribir de guerras atómicas, zombis y terminators, aunque ya cité Hijos de los hombres, que describe lo que podría ser una pesadilla post-destrucción.

Tampoco hace falta un apocalipsis para habitar en los terrenos de la distopía;  en los cimientos económicos del mundo actual es reconocible la pesadilla. Citemos la novela Las leyes del mercado, de Richard Morgan (2004): En el año 2049 todo está en venta, incluidas las guerras y los países que las libran. Grandes corporaciones transnacionales invierten en ejércitos y armas a cambio de un porcentaje del PIB del país al que apoyan. Los brokers de esas corporaciones acuden a su trabajo en coches blindados listos para la batalla; las autopistas son un coto privado de las grandes empresas y cada día se producen batallas entre coches: el que antes mate o eche de la carretera al otro, gana, y, por lo tanto, trabaja. Darwinismo económico y social a tope.
Morgan hace ver dónde nos lleva el capitalismo sin freno: a un mundo donde todo está en venta, especialmente la vida y la muerte, y nadie importa nada más que su cuenta de resultados. Eminentemente ideológica, una bibliografía donde se cita, entre otros, a Naomi Klein o a Noam Chomsky da cierta idea de por donde van los tiros.

 La distopía es el retrato de una sociedad, futura o presente, en la que el hombre es víctima de un sistema totalitario, de la tecnología como forma de dominio, la descripción o profecía de mundos en los que el individuo es aplastado por el sistema. Centrándome de nuevo en la pantalla, hay que remontarse al cine mudo para encontrar la primera de estas piezas maestras. En Metrópolis (1926), el alemán Fritz Lang nos sitúa en una pesadilla futurista de diseño en la que la sociedad está ordenada por las máquinas y, al estilo de Un mundo feliz, publicada por aquellos años, los trabajadores son una raza inferior sometida a ritmos maquinales, con los que magistralmente juega el director para lograr la extraordinaria estética de la cinta. Pero Lang quiso ser optimista e ideó un final feliz y burgués en el que patronos y proletarios se acaban dando la mano.

Avanzando en el tiempo, La Vida Futura (Things To Come, 1936), genial adaptación de William
Metrópolis
Cameron Menzies
de una novela de H.G. Wells, describe el entonces futuro de 1970 como una sociedad feudal dominada por un señor absoluto. Una revuelta logra que cuarenta años después, el nuevo mundo sea tan feliz y cursi que se impone buscar un cambio para despertar a la humanidad de la estupidez y la alienación... y es que nunca estamos contentos. Así que de optimista tiene poco una de las escasísimas (supuestas) utopías que ha dado la historia del cine. Su incomparable diseño de producción y sus decorados han sido tan influyentes como los de Metrópolis para la historia del cine fantástico.

Salto en el tiempo hasta 1965. Sin efectos especiales ni estética futurista, sino de puro cine negro en la onda europea y de homenaje al noir propio de la nouvelle vague, alguien tan ajeno a la ciencia ficción como Jean-Luc Godard dio al cine de anticipación una de sus obras más lúcidas y amargas. Alphaville (Alphaville, une Étrange Aventure de Lemmy Caution) es una ciudad mecanizada controlada por un macro-ordenador, Alpha 60, con el que Eddie Constantine, el detective Lemy Caution, intenta acabar. El mensaje: la emoción vence a la máquina.
1968: Franklin Schaffner sí empleó efectos especiales, decorados y sobre todo mucho maquillaje en una obra que no desmerece nada de las ya mentadas en cuanto a pesimismo y las supera como una de las grandes referencias del cine de ciencia ficción, muy por encima de la novela de Pierre Buolle que adapta: El planeta de los simios (Planet of the Apes,1968), nos pone delante la fragilidad de nuestra civilización humana, desbancada por los seres más próximos en la escala evolutiva y que, en cuanto son amos, reproducen nuestros esquemas militaristas, racistas y de clase. La pesadilla de El planeta de los simios es más terrible en cuanto que está contada desde la perspectiva del ser irracional y esclavo, el hombre. La escena final con Heston ante la que fue la Estatua de la Libertad, descubriendo que lo que creía otro planeta no ls sino nuestro futuro, es tan icónica que en nuestros tiempos sirve para toda clase de memes. Lapelícuka se convirtió en saga y franquicia, revitalizada a partir de  el reboot El origen del planeta de los simios (Rise of the Planet of the Apes. Rupert Wyatt, 2011)) y sus secuelas.

Irlanda, año 2263. Estamos en un mundo irreal habitado por apáticos inmortales en el que cualquier pecado se castiga con el envejecimiento. Es lo que nos presenta Zardoz (John Boorman, 1974), una película sobrevalorada en su día pero que ha caído en un justo olvido. El interés reside en que la estricta vigilancia moral es combatida por un distribuidor de pornografía, un Sean Connery que no tiene precio. Otro outsider inolvidable que lucha contra un sistema gobernado por la burocracia es el ñapas terrorista que interpreta Robert de Niro en Brazil (1985), en la que el director Terry Gilliam optó por la mitología y la ensoñación para retratar una odisea personal contra el Sistema muy similar a la del protagonista de El Proceso.

Ciberdistopía


Akira
Con centro de gravedad indiscutible en la multipremiada Neuromante  (1984), la novela más influyente de William Gibson, el concepto literario, cinematográfico e incluso ideológico ciberpunk es imprescindible para definir y comprender cualquier fantasía distópica relacionada con el imparable y espectacular desarrollo de las tecnologías de la información y los datos. Podemos definir ciberpunk como un movimiento social y cultural de la Sociedad de la Información. Parte de la cibercultura, es su vertiente más vanguardista, y podría considerarse como una visión oscura y pesimista de lo que nos depara el futuro cercano. El ciberpunk surgió como subgénero literario. La literatura ciberpunk se ocupa generalmente de grupos marginales inmersos en culturas tecnológicas, donde el individuo recurre a la tecnología para mejorar sus sentidos y capacidades. Y lo hace mediante implantes cerebrales, prótesis artificiales, órganos clonados genéticamente; abriendo un nuevo concepto de interconexión hombre-máquina. La sociedad que describe la literatura ciberpunk también está en continua lucha por el control de la información. A mediados de los ochenta, y como consecuencia de este movimiento literario, surgieron grupos y personas que se hacían llamar ciberpunks, que identificaron a la sociedad reflejada en el ámbito literario como la real y se veían a sí mismos como los personajes marginados de esas novelas. Entre estos grupos destacan los hackers. La reivindicación de la Red como espacio de libertad antisistema es una clara actitud ciberpunk.
El uso de la palabra se atribuye a Gardner Dozois, que a principios de los años ochenta era el editor del Magazine de ciencia ficción de Isaac Asimov. Según parece, Dozois lo extrajo del título de una novela de ciencia ficción de Bruce Bethe. El subgénero literario ciberpunk como tal se desarrolló en torno a la revista Cheap Truth, creada por uno de los grandes escritores del movimiento, Bruce Sterling. Los artículos eran escritos de forma anónima, y su conjunto constituyó el núcleo de lo que se llamaría la conciencia del movimiento, que se reflejaba en los textos literarios y filosóficos que se publicaban. El germen en narrativa es la colección de cuentos Quemando Cromo de Gibson. En Neuromante, con un hacker como protagonista, aparece el término Matrix o matriz: ciberespacio de realidad virtual, donde los datos complejos son representados por símbolos. Desde la película de los hermanos Wachowsxy (Matrix, 1997) esta palabra se ha universalizado para, en política, por ejemplo, criticar a quienes se comportan indiferentes a la realidad como si vivieran en un mundo paralelo.

Existen revistas muy populares entre los seguidores del ciberpunk y la cibercultura, las más importantes son Wired, Mondo 2000 y Boing-Boing. Como en cine y en narrativa, responden a las grandes directrices del ciberpunk: la información es poder, ultraviolencia, sociedad casi apocalíptica, nocturnos en grandes ciudades, futuro oscuro e incierto, contaminación, avances tecnológicos en comunicaciones y cibernética, dualidad hombre-máquina, personajes desarraigados, lucha contra el sistema. Los futuros de pesadilla también se des criben con viñetas (cómic, manga o novela gráfica): no se puede hablar de distopías sin acordarnos del gobierno totalitario de V de vendetta, de Alan Moore y David Lloyd, o de la caótica Neo Tokio de Akira. el manga de Katsuhiro Ōtomo.

El ciberpunk, surge en una época de incertidumbre, cuando se pasa definitivamente de la sociedad industrial a la de la información y se comienzan a producir grandes avances en nuevas tecnologías. Del género negro se toma como referencia tanto la estética —malas calles, chicas en problemas, tiroteos, policía corrupta— como la ética —sobrevive pero mantén tu dignidad—. El héroe —o antihéroe— ciberpunk desciende en línea directa del detective clásico, cínico y colmado de defectos pero que intenta mantener la cabeza a flote entre los tejemanejes en que suelen meterlo. Por último, el ciberpunk es un género que comparte las contradicciones del fin de siglo: el gusto por la violencia se combina con una nueva ética, la pasión por el medio ambiente se conjuga con el crecimiento de las macrourbes, el Estado controla al ciudadano al mismo tiempo que sufre las presiones de grupos con intereses particulares —multinacionales y corporaciones privadas—. El ciberpunk es reflejo de la sociedad posmoderna o neobarroca, con grandes deseos de evadirse y crear mundos nuevos —juegos de rol y realidad virtual—; más un gusto por un estilo individualizado hecho de retazos reciclados de todo tipo de estéticas. Si el mundo no es como lo queremos, hagamos otro a nuestra medida. Mientras fracasemos en el intento o nos quedemos a medias, el futuro se escribirá en forma de distopía.


lunes, 31 de octubre de 2016

Las escopetas nacionales

Mariano Rajoy entrevistado en TVE 


Mariano Rajoy revalidado con la rendición incondicional de un PSOE domesticado por sus tradicionales nannies -PRISA, el bunker financiero de Bruselas, la gran banca, las empresas del Ibex 35...- que ha olvidado en pocos días su último y tímido amago de contestación -exigir una radio televisión pública despolitizada- mientras el Consejo de Informativos de RTVE daba cuenta del nuevo trimestre de manipulación y censura que ha precedido a la reelección. Su lista de denuncias es escalofriante -esos tertulianos que intentan criminalizar a víctimas de violación, las descalificaciones y mentiras contra rivales políticos del gobierno, el  ocultamiento de los escándalos de éste-, pero en los últimos meses se han podido ver otras muestras de un periodismo adocenado de servicio de orden que recurre gustoso a eufemismos y trampas verbales del gusto el poder. Fue el caso del presentador de Los Desayunos de TVE que llamó Centro de Acogida al Centro de Internamiento de Extranjeros -¿Campo de Detención no sería más exacto?- de Aluche donde se produjo una revuelta el 18 de octubre. Y en la misna casa la purga de profesionales desafectos es continua y creciente. Ya desde la misma llegada de Rajoy al gobierno a finales de 2011 se produjo la decapitación de los responsables de informativos de la etapa anterior y la toma de los puestos directivos y de control por gente procedente de TeleMadrid, COPE y La Razón que llegaron con la ideología puesta e historiales de denuncias por manipulación al servicio del Partido Popular y su gobierno. Desde  entonces las listas negras de profesionales desafectos crecen sin cesar.¿Desea algo más el señorito? es la frase más oída en cualquier cortijo, y RTVE es uno de ellos.

José Antonio Sánchez,
presidente de RTVE
También la mayoría de las radiotelevisiones autonómicas y municipales son cortijos de los ejecutivos regionales o locales que las crean y mantienen; yo, que he trabajado en una de las primeras, puedo atestiguarlo; en mayor o menor medida, pues no es igual el grado de control y manipulación, TeleMadrid, TV3, Canal 9, Castilla-La Mancha y Canal Sur son casos sonados; también por experiencia sé que aquí son más los casos d autocensura que de censura de arriba abajo; y eso ocurre porque los periodistas olvidan la valiosa máxima de que tu jefe es más tonto que tú y siempre se la puedes colar y tiemblan temerosos ante aquel infausto el que se mueve no sale en la foto - ni en la próxima lista electoral- que explica tanta abstención en la investidura del pasado sábado.

José Antonio Álvarez Gundín,
actual director de informativos de RTVE
Y si esto ocurre en los medios públicos audiovisuales, en los privados son las audiencias y la publicidad que éstas atraen los quemarcan de qué y cómo se informa; en España con el agravante de la excesiva y nociva concentración de la que el Parlamento Europeo ha alertado: el duopolio formado en la práctica por Mediaset y A3 Media obtiene el 86 por ciento de los ingresos publicitarios de toda la radio y la televisión en España. Pero aquí sólo lo ha denunciado un matrimonio de conveniencia de la extrema derecha -Intereconomía, Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos a través de la organización criminal Manos Limpias-, y no en nombre de la pluralidad sino de conseguir una porción mayor del pastel.

Julio Somoano,
jefe de informativos
de RTVE 2012-2014
Y si no hablamos solo del ámbito audiovisual, sino de la generalidad de los medios, la información no puede ser libre en una prensa muy debilitada por la crisis económica y sobreendeudada cuyos consejos de administración han caído en manos de un poder financiero aliado con el político y los grandes conglomerados del Ibex 35, y  de  -sobre todo las televisiones- las compañías de telecomunicaciones. Así el consejo de administración de Unidad Editorial está controlado por la banca italiana y en el de PRISA se sientan el Santander y Bancaixa. Es cosa sabida que en la prensa española no se informa de conflictos laborales en El Corte Inglés, de las tropelías globalizadas de Inditex, pero tampoco ningún medio español ha contado que por dos años consecutivos el banco de los Botín no superó las pruebas de estrés en los Estados Unidos. Fue significtivo ver como todos los diarios nacionales de un buen día de enero de 2015 compartieron la misma portada: una publicidad a toda página del Santander. El mundo de la comunicación ya no es el propietario de los medios; son otros los dueños.

En cuanto al grupo que preside Juan Luis Cebrián, la presión de los poderes económicos y políticos presentes en su consejo, tan interesados en la continuidad de las políticas de la derecha en el gobierno, se ensañó tanto en las posturas contrarias a la abstención de los socialistas y la figura de su entonces secretario general Pedro Sánchez que el exministro Josep Borrell tuvo que contestar en la SER a los virulentos y ofensivos editoriales de El País clamando que al secretario general del PSOE no lo podía destituir el presidente de PRISA -¡Vaya si podia!, y provocó en la redacción del diario una rebelión deontológica -que acabó en simple pataleo-  contra dicha línea editorial.

La dependencia de la publicidad privada es algo históricamente común en la prensa, pero no lo era tanto en democracia la actual dependencia excesiva de la publicidad institucional. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría -esa que los viernes decide a su antojo a qué periodistas de su agrado dar la palabra en la rueda de prensa que sigue al Consejo de Ministros- dedica el resto de la semana laborable a distribuir a discreción ayudas publicitarias favoreciendo generosamente a los medios más dóciles a los intereses de Moncloa y los ministerios.

Y así hemos llegado a la situación de esta segunda era Rajoy que nace, con unos medios de comunicación que han pasado de ser un cuarto poder o contrapoder a una extensión del poder. Poco importa si la titularidad es pública o privada. la información en la España de hoy es coto privado de caza.



jueves, 8 de septiembre de 2016

The Jam: La idea joven




El miércoles 7 de septiembre el canal de televisión Sundance TV comenzó a emitir la serie de documentales sobre música pop y rock subtitulados en español Acordes Secretos con The Jam: About the young idea (Bob Smeaton, 2015), homenaje y recuerdo a la banda musical más importante que haya surgido del Reino Unido desde The Beatles tres décadas después de su disolución. Podemos ver videoclips y fotografías de sus diez años de vida y siete de carrera discográfica,  el análisis de sus seis álbumes de estudio y varios singles de enorme éxito, actuaciones en directo -hasta la despedida en Brighton en diciembre de 1982- e incluso las míticas pruebas de sonido abiertas a los fans que no podían acceder a los conciertos por edad o dinero; todo ello aparece comentado y narrado por testimonios actuales de Paul Weller -el compositor, cantante y líder indiscutible-, Rick Buckler -el batería y reciente biógrafo-, su colaborador en la biografía Ian Snowball, junto a numerosos fans de The Jam que a través de los años se han mantenido fieles a la banda con la que nacieron a la música y al espíritu, el estilo y el concepto mod que revitalizó.  Se narran curiosas anécdotas sobre la incomprensión de sus letras, como cuando los millonarios estudiantes de Eton interpretaron The Eton riffles como un homenaje a su exclusiva institución educativa de las élites inglesas. Incluso aparecen actuaciones de From The Jam, una tribute band en la que están los mismísimos Rick Buckler y Bruce Foxton. Si se puede volver a ver -de momento no lo
he logrado, aunque empiezo a escribir la mañana después-  es pecado perdérselo.

Junto a The Clash, The Jam llevaron al punk la preocupación y la denuncia política de lo que vivía y padecía Inglaterra en los últimos años setenta y primeros ochenta; The Jam unían a ello su militancia estilística y estética, una más rápida y profunda maduración musical y su progresivo acercamiento al soul y las demás músicas negras. Weller fue la principal voz frente al primer thatcherismo, que mantendría alzada en su siguiente reencarnación The Style Council. Otros artistas como The Smiths y Robert Wyatt tomaron el testigo contestatario, pero uno de los rasgos únicos de The Jam que quedan patentes en el documental es su cercanía, comunión y a veces incluso amistad con su público, unos chavales que veían a sus padres perder el trabajo por culpa de los recortes, el antiobrerismo y el austericidio de Margaret Thatcher que jaleaban los tabloides de la época y quedar ellos mismos sin futuro a la vista.

Yo, que los descubri con
su primer disco a los quince años, guardo en sus vinilos originales todos aquellos álbumes, su directo Dig the new breed y sus dos recopilatorios oficiales de singles y caras B editados con el cadaver del grupo aún reciente, Snap! y Extras. Su evolución como músicos fue la mía como oyente; casi compartíamos ideario, de modo que no necesito reivindicar ahora aquel sonido y aquellos míticos años; pero al mundo sí le viene bien recordarlos o descubrirlos.

jueves, 21 de mayo de 2015

Documentales de La 2


Los seguidores de los documentales en la sobremesa de la 2 -que pretenden ser muchos más de los que muestran los índices de audiencia- saben que en la sabana los depredadores jamás combaten los unos con los otros. Hienas y leones se gruñen y se rugen, el chacal y el veloz quepardo bufan y fanfarronean pero sin llegar a mayores; hay una entente cordial: puede ser que el que más ruido hace se lleve la mejor pieza, pero el otro sabe que al final habrá festín para todos a la hora de repartirse los restos del ungulado más débil de la manada.

El hambriento cocodrilo se zampa
al pobre ñu
Constituye este ladrar y gruñir sin clavar dentellada más que al indefenso que pasaba por allí el principal alimento de la prensa y la clase política que a ella se asoma; lo llaman confrontación -creo que para divertirse y llenar titulares-, pero para quienes el Serengeti pille lejos también se explica con el símil de los títeres de cachiporra: un muñeco le da mamporros al otro pero por detrás del teatrillo los mueven las mismas manos. En el oligopartidismo y para el oligopolio de los mass media basta con la simulación de una pelea a muerte: los rivales se enseñan los dientes y erizan el pelo, pero acaban zampándose entre todos un antílope tiérnecito o una jugosa cebra -o un impala, que es un bicho muy raro pero tiene pinta de ser comestible para esas fieras hambrientas- mientras el respetable dormita en su sofá. Me olvidaba de la víctima propiciatoria en esta clase de documentales: el ñu, el animal más desgraciado de la sabana.  Los aficionados al género habrán visto docenas de veces a las manadas de ñúes atravesando el Serengeti durante la estación seca en desesperada busca de pastos; todos los años han de cruzar el mismo río,  por el mismo vado; en la otra orilla, con los baberos atados  bajo las mandíbulas, los cocodrilos aguardan el banquete.

En la realidad que vivimos de puertas afuera del Serengeti las presas somos usted y yo; como lo pueden ser un espacio natural, una superficie agrícola o un casco antiguo, cuando no es el dinero y el patrimonio de todos. A menudo los carnívoros y cazadores carniceros se los zampan de un mordisco, gruñéndose y amenazándose entre sí, pero jamás atacándose o dañándose entre ellos. Al contrario, lobos y grandes felinos estarán de acuerdo en vendérnoslo como sacrificios por el bien común. El resultado puede ser un inútil puerto deportivo, un campo de golf para aburridos podridos de billetes o una urbanización en mitad de la nada. Si hace falta se cambian unas cuantas leyes y entre ellos será un aquí paz y después gloria. Los coyotes corruptores y los chacales deseosos de ser corrompidos babean de gula. Los predadores, tan amigos, se reparten el Serengeti mientras el espectador ronca en su  chaise loungue.

Basado en un artículo publicado en Granada Hoy en junio de 2009






miércoles, 10 de diciembre de 2014

Desequilibrio del campo de batallla

Probablemente no se esté ampliando no sea ese campo de batalla que en su primera novela Houllebecq empleó como metáfora de la sociedad neoliberal, sino simplemente una de las trincheras. En ese bando que algunos irónicamente han llamado TDT Party deben ir haciendo sitio a un nuevo miembro que viene peleón, la RTVE presidida por el exdirector de Telemadrid, alumno aplicado de Luis María Anson y exmanipulador del 11-M José Antonio Sánchez y con el exsubdirector y exjefe de opinión de La Razón Álvarez Gundín como jefe de informativos. La televisión pública estatal se une así aun selecto club en el que ya están, o estuvieron, la mentada Telemadrid y otras televisiones regionales controladas por el PP, la también citada La Razón, ABC, El Mundo en la etapa de Pedro J. Ramírez, 13TV, Intereconomía, La Gaceta, Libertad Digital, Periodista Digital y algún otro. Hasta ahora he sido seguidor de las noticias y tetulias de La Noche en 24 Horas, del canal público todo-noticias, pero me planteo pasarme a las de 13TV; puestos a ver y escuchar a los esbirros del TDT Party, prefiero el original a la copia. Pero no crean que lo que precipita esta decisión es la indecente entrevista a Pablo Iglesias por la que el Consejo de Redacción y los sindicatos de RTVE pide la destitución del director del programa, Sergio Martín. No, o no sólo por eso; al margen de las pruebas de falta de deontología del presentador, me vienen indignando la orientación casi unívoca de los tertulianos, su descarada defensa y justificación del gobierno y el Partido Popular -ese unánime hosanna a la llegada de José Antonio Alonso a un ministerio- y oirles cómo fusilan verbalmente a quien es incómodo al poder, a éste: les he visto llamar delincuente al juez Baltasar Garzón y aplaudir y justificar que Pablo Ruz sea apartado de los casos Gürtel y Bárcenas por un poder judicial súbdito del poder político. Abrid sitio a la nueva RTVE; es de los vuestros.

martes, 17 de diciembre de 2013

Vengo del futuro y te traigo.. la censura

Una sombra de censura se cierne de nuevo sobre Europa aunque no se pronuncie abiertamente la palabra. En Suecia se empieza a aplicar un test que clasifica las películas de cine según su sexismo. Aún desde el Ministerio de Cultura se hace una calificación moral de las películas como aquellas, redactadas habitualmente por religiosos, que en otros tiempos leíamos cuando consultábamos la cartelera en el periodico -todos los públicos, mayores de 14 ó 18 años, menores acompañados, mayores con reservas o altamente peligrosa-. Soy consciente de que lo que me propongo escribir dará mucho que hablar, y no bien de mi, a mis amigas feministas entre otros, pero pienso que el respeto a la igualdad de derechos y a la diferencia no puede llevarnos a anatemizar todo lo que se salga de la norma común.

Paso a los ejemplos, que son más ilustrativos. Hoy John Ford no podría estrenar sin cortes su magistral El hombre tranquilo (The quiet man, 1952), al menos la secuencia casi al final de la película en la que John Waine arrastra de los pelos a Maureen O'Hara colina arriba y una vecina de Innisfree le ofrece una vara de madera -Tome, para pegar a su señora esposa-. Sería considerada una exaltación de la violencia de género.


Descendiendo de lo artístico, y considerando que el buen gusto y el respeto han de poner límites a chascarrillos y gracietas sin gracia, resulta impensable que el dúo Martes y 13 interpretaran hoy su gag Mi marido me pega, o que la misma pareja cómica representara su parodia Maricón de España o la protagonizada por Isabel Pantoja y Encarna Sánchez sería tachado de homófobo. Incluso la canción Corazón de tiza de Radio Futura estaría prohibida o mal vista por amenazar con dar una paliza a la amante.

El exceso en la corrección política y en el no sexismo coarta la libertad y suele propinar malos tratos al diccionario. Hemos de utilizar la razón y el respeto, pero si nos la cogemos con papel de fumar caemos irremediablemente en la autocensura. La mujer que nos da la bienvenida al futuro no nos trae lejía sino censura.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Barataria

Sancho Panza obtuvo el gobierno de la ínsula Barataria, prometido por su señor don Quijote, como pago por su lealtad y buen servicio al por entonces apodado Caballero de los Leones, aunque quienes como burla se lo concedieron fueron aquellos extraños duques de innombrado ducado de quienes nadie sabe cómo sufragaban sus ricos banquetes y agasajos y sus farsas teatrales con docenas de figurantes. Del mismo modo los virreyes de las autonomías españolas instalaron en los territorios bajo su dominios sus propias ínsulas con la coartada del servicio público y la forma de mastodónticas cadenas de radio y televisión; el resultado, útiles instrumentos de propaganda y manipulación de las masas al servicio de esos mismos virreyes. No se puede negar que esas empresas son necesarias para la vertebración de las sociedades y la creación de conciencia territorial; si me apuran incluso las televisiones locales son útiles porque lo es la información de cercanía, siempre que sean capaces de escapar al enaltecimiento de alcaldes y concejales, festejos populares y el rescate de tradiciones inventadas.

Hubo tiempos mejores en los que se llegó a aspirar a más. En Andalucía Canal Sur soñó con un tercer canal de noticias y se ha quedado en medio canal desnutrido, alimentado sólo de coplerío y Juan y Medio. Sancho abandonó el gobierno de Barataria cansado del mal comer, el poco dormir y los ingratos retos a los que le sometía su cargo; pero, en estos tiempos de vacas flacas,  hay grandes diferencias con el extemporáneo cerrojazo a la Radiotelevisión Valenciana. Sancho dejó Barataria desgobernada, y ni siquiera era verdadera ínsula, pero sí ciudad o villa, con centenares de vecinos que retomaron su normalidad y sus rutinas, pero estos nuevos duques de nada no se han interesado por las mil setecientas familias que dejan a la intemperie, desamparadas frente a los vientos gélidos de la crisis. Y todo en el mismo reino donde hasta ayer mismo se soplaba el cuerno de la abundancia. A todos nos ha llamado la atención la desvergonzada demagogia del presidente valenciano Alberto Fabra -Con el dinero que se lleva la RTVV se construyen sesenta y tantas escuelas y no sé cuántos hospitales- ¿Y con el de un circuito de Fórmula Uno, un campeonato de vela, un Museo de Ciencias, una Ciudad de la Luz o un aeropuerto del abuelito?.  ¿De qué sirve la resistencia numantina de los trabajadores frente a una sentencia ya dictada que otros observan atentamente para imitarla? El presidente de Madrid Ignacio González ya ha puesto en manos de la docilidad de los sindicatos la continuidad de su propia televisión.

Es de lo más engañoso diferenciar entre las comunidades con lengua propia y las que no la tienen. La justificación en este caso era la defensa del idioma ¿un idioma inexistente como el valenciano? En Valencia se habla una variedad dialectal del catalán, el del Baix Ebre. Los valencianos podían captar una televisión en su lengua, TV3, hasta que el Govern de Francisco Camps ordenó la destrucción de sus repetidores en la CoMunitat para acallar voces que ellos no pudieran dirigir, siguiendo un ejemplo, no diré que de ETA, pero sí del terrorismo incruento de la Angry Brigade británica, que se cebaba con las torres de televisión.

Perdido el otro pilar de los poderes territoriales -las cajas de ahorros- sin las radiotelevisiones no podría sostenerse el Estado de las Autonomías al que se aferra el Partido Popular, ni nacer la federación que dicen propugnar PSOE e IU. No vamos a retroceder hacia la España recentralizada que en privado defiende UPyD, pero las instituciones regionales han sido y serán imprescindibles para el desarrollo y la civilización. Andalucía, sin ir más lejos, es un ejemplo; en muchos pueblos abandonados en el olvido y el desempleo, la apertura por la Junta de una biblioteca o unos talleres ocupacionales ha insuflado una nueva vida y compensa treinta años de monocromatismo político y el lenguaje hueco del emprendimiento y la implementación.

Lo más grave de lo ocurrido en Valencia no es tanto el qué como el cómo. Ha sido patético escuchar a la dimitida directora general que ha perdido la confianza en los dirigentes políticos sin atreverse a reconocer que durante meses ha sido obediente correa de transmisión de los mensajes del poder y el partido que lo detenta.

Nuestros dirigentes han de entender que un medio de comunicación público no es un juguete caro que pueden romper cuando se cansen, y los periodistas deben comprender que quien se deja manipular es porque quiere, que no es excusa la obediencia debida y que hace falta una rebelión tranquila y diaria para imponer la vocación y el deber a las presiones.

domingo, 11 de marzo de 2012

Territorio neutral

Amenaza Javier Arenas con dejar vacía esta noche la silla que le espera para debatir con José Antonio Griñán y Diego Valderas sobre la Andalucía que se propone conquistar, porque el territorio, Canal Sur, no es neutral.
Este  campeón de la austeridad, que tras anteriores debates en la misma casa no pudo quejarse del impecable trato recibido de quienes los moderaban, oculta que lo que propone, hacerlo en “terreno neutral” en una productora privada, cuesta, literalmente, un huevo, ni explica quién lo pagaría; usted y yo, claro. Con la que está cayendo. Es más, lo que usted tal vez desconozca es que los ataques de Arenas a Canal Sur son de boquilla, pues él sabe y oculta que hace tiempo tiene a parte de la cúpula de la tele autonómica, la parte que más sobresale, trabajando como quinta columna contra Griñán y a su servicio. Al suyo y al del mismo sector privado audiovisual del que estos mandamases proceden y al que volverán. Esos intereses a los que Arenas quiere entregar no ya los debates, sino todo Canal Sur, tienen marcas, nombres y apellidos: Raúl Berdonés, Miguel Ángel Rodríguez –el exportavoz de Aznar-, el Grupo Secuoya...


El candidato Arenas también calla que si bien es cierto que las radiotelevisiones autonómicas son caros voceros del poder que las controla, y la de aquí no es una excepción, las habas que se cuecen en otras partes son más gordas e indigestas.
En ollas públicas y privadas. A Arenas no le escuece la falta de neutralidad de los suyos, una legión viendo hacia dónde se escora una profesión cuya causa menor de desprestigio es un energúmeno de correa fácil. No hay más descarada renuncia a informar que la de las teles de Aguirre y de Fabra; nada desprestigia más al periodismo que esas portadas de ABC y La Razón que entre llamas de molotov titulan “La oposición responsable del PSOE”. O la infecta campaña de El Mundo contra aquel terrateniente de izquierdas que sacaba apenas siete mil euros al año de sus secanos heredados, anticapitalista de Mercedes que ni siquiera tenía carné de conducir. 



Al periodismo lo tienen a la altura del betún los Rolex inventados de Cándido Méndez, las grabaciones corta y pega de Invercaria, las agresiones falsas a redactores de Intereconomía o los becarios de la misma cadena entrevistados como falsos indignados de la Plaza de Cataluña.

No es sólo por ese doble rasero que aplica a los medios según su cuerda. Al candidato Arenas siempre le asociaré a aquel Clan de la corbata negra que hace justo ocho años con tanta alevosía y poca neutralidad desinformó a un país de luto –“Ha sido ETA”-. Cuando ahora se atreve a dar lecciones de neutralidad sólo me sale mandarle al cuerno.