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domingo, 22 de abril de 2012

Cambio de régimen


¿Cómo dan más miedo?



Los sismólogos deberían calcular el poder de devastación de cada reunión del  Consejo de ministros de la era Rajoy, aunque no sé si la escala de Richter sería suficiente. Los físicos nucleares habrían de medir en en megatones las ruedas de prensa de la portavoz. Los servicios de vigilancia costera tendrían que activar cada viernes una alerta de sunami en previsión de los efectos de la onda expansiva de los acuerdos del Gobierno del Partido Popular. Los boletines horarios no daban abasto, y cada hora del pasado viernes nos ibamos enterando de una nueva calamidad. La reunión del Consejo de Ministros del viernes 20 de abril fue el hecho más destructivo ocurrido en nuestro país desde del 11-M.

Llámenme exagerado y después díganme si no es un hecho cruento y que puede poner en riesgo la vida de muchas personas dejar sin atención sanitaria a medio millón de inmigrantes, medida que se aplicará con la excusa del turismo sanitario pero que deja desasistidos a los más débiles. Díganme si no lo es cambiar la Ley de Extranjería supuestamente para evitar que familiares de residentes extranjeros legales vengan a España a recibir atención sanitaria; no es ahorro, es pura y simplemente ideología racista, cuando está acreditado que los inmigrantes recurren menos a la sanidad pública que los españoles.

No fue un consejo de ministros, fue una declaración de guerra a la idea del bien común y de la igualdad de oportunidades y derechos. Los recortes para ahorrar 7.000 millones en Sanidad pasarán por encima de muchos cadáveres. El copago en cualquiera de sus formas es una estafa, salvo que se deroguen los impuestos e impongamos la ley del más fuerte. Su instauración entre los pensionistas y el incremento de la cantidad que deben abonar los trabajadores por cada medicamento que compren, es un robo a quienes han cotizado puntualmente su seguridad social y presentado su declaración de Hacienda.

Como el territorio de exclusión alrededor de Chernobyl, sin futuro, queda un país en cuya educación el Gobierno decide ahorrar 3.000 millones de euros. Carreras universitarias de nuevo al alcance sólo de las élites, aulas atestadas de alumnos en los otros niveles educativos, menos profesores y por si algo faltaba, el ataque a Andalucía, la Hiroshima de todos los bombardeos que ordenará el gobierno central en los próximos meses para doblegar la voluntad popular y derribar al gobierno elegido en las urnas. El bloqueo a las oposiciones para profesores de Andalucía se ha dictado desde lo alto de un caballo de terrateniente añejo. Y luego vendrá la intervención de las cuentas de la Junta. Sí, también a Castilla-La Mancha y Valencia para disimular, pero en la letra pequeña del Consejo de Ministros del viernes ya estaba la trampa: la autorización a estas dos comunidades a endeudarse por 3.500 millones de euros más.

El sunami también se llevará por delante una isla -imperfecta si se quiere- de la libertad de expresión: El Gobierno no ha dudado en cambiar la ley para tomar el control de RTVE. Se ha dictado el final Como dijo Iñaki Gabilondo Se acabó: El tiempo de la dignidad recuperada en TVE ha concluido”. Se da un golpe de Estado en televisión y se interviene la televisión pública pero no para rescatarla sino para hundirla. También las autonomías podrán privatizar las televisiones públicas y es, en una Andalucía intervenida, también va por Canal Sur.

Como el niño Froilán el gobierno nos obliga a dispararnos en el propio pie y en su guerra de Gila contra Argentina no se le ocurre nada mejor que reducir la compra de biodiésel al país andino. Pero, no, no era esa la traca final en el Consejo de Ministros de la Muerte. Aún quedaba mucha ignominia por repartir y así en la misma reunión se aprobó el indulto a los dos últimos condenados por el caso ‘Yak-42’, unos sinvergüenzas con galones que mezclaron trozos de soldados españoles y los entregaron a sus familias. Unos militares que seguramente aguardaban a un gobierno del PP para mantener su pacto de silencio sobre la responsabilidad criminal del infame Federico Trillo.

No, el consejo de ministros del viernes, sumado a los demás consejos desde el pasado diciembre, no es un acto de gobierno, es un cambio de régimen. Pero no deberían olvidar que si derogan o cambian hasta lo irreconocible el régimen de libertades y derechos que los españoles decidimos otorgarnos, los españoles estaremos legitimados a derrocarles, incluso por la fuerza. Por cierto, este miércoles es 25 de abril, día de claveles y fusiles, y se conmemora que un día un ejército decidió que era al pueblo y no al Gobierno al que debía lealtad. Ahora llámenme golpista. Yo les llamaré cabrones.

viernes, 20 de abril de 2012

La guerra: Instrucciones de montaje


Los más radicales defensores del pensamiento neoliberal niegan que fueran las políticas expansivas e intervencionistas promovidas por Franklin D. Roosevelt las que permitieron abandonar el pozo de la Gran Depresión de 1929
Defienden que fue la Segunda Guerra Mundial la hoguera en la que se quemó la crisis. Su teoría calla que la guerra en sí misma es un acto de intervencionismo estatal y de inversión pública cuyos principales beneficiarios son las empresas privadas de los sectores del armamento, la construcción, la seguridad, etcétera. 
Es decir, es la guerra el hecho que saca a la luz cómo funciona realmente el
liberalismo: El Estado concebido como esfuerzo colectivo para enriquecer al sector privado pero evitando todo control estatal sobre ese mismo sector. En esta nueva gran depresión la guerra es también la solución final, es la única receta que conocen quienes aplican tratamientos de austeridad y contención sabiéndolos destinados al fracaso. Por otro lado las guerras, frías o cruentas, son un perfecto Macguffin para desviar la atención de los pueblos de los problemas reales.

Como para que estalle una guerra hace falta generar un mínimo de tensión, si ésta no existe o es insuficiente, uno o los dos bandos crean dicha tensión. Los ejemplos del pasado son innumerables, desde el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo hasta las inexistentes armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. La guerra que hoy se considera inevitable -o eso interesa que creamos- es contra Irán. Poco importa que en la Casa Blanca haya un presidente moderado. Entre Benjamin Netanyahu y los cabilderos judíos, armamentistas y hasta las aseguradoras sanitarias pueden prender la chispa en cualquier momento y arrastrar a los gobiernos a la guerra. Con la moral colectiva de los Estados Unidos concentrada en una nueva cruzada patriótica, nadie se fijará en que se sepulta para siempre el proyecto de una sanidad universal o la legalización de inmigrantes. Negocio redondo.




En el ámbito doméstico, en estos ciento y pocos días de Gobierno Rajoy también suenan tambores de guerra. La nacionalización -poner lo privado al servicio de lo público, el pecado más nefando para el liberalismo- de una filial de Repsol nos ha metido en una guerra fría contra Argentina. Esos partidos que cazan votos abanderando los intereses de pequeñas empresas y autónomos, a la hora de la verdad solo son uña y carne con las grandes, aquellas cuyos consejos de administración reservan asientos para los líderes de los grandes partidos y los gobernantes cuando abandonen la política. Cuando un ministro dice que ser hostil a Repsol es mostrar hostilidad a España nos toma por imbéciles y demuestra ser un corrupto que está donde está sólo para beneficiar intereses privados, pero cobrando de lo público.



Después la propaganda se encarga de que una buena parte de los españoles estén dispuestos a creer que Repsol, Telefónica, ACS o Inditex son España, aunque escondan impuestos a España, se surtan de mano de obra barata fuera de España y cobren tarifas abusivas a los españoles. 
No importa que fuera tal el patriotismo de Repsol que antes de la nacionalización estaba a punto de vender YPF a Sinopec -es decir, al Partido Comunista Chino-; la mayoría de los medios españoles lo ha ocultado. Aquí el mensaje es: Más madera, es la guerra. Si Margaret Thatcher venció a sus mineros y sindicatos con sangre argentina como munición, treinta años después de las Malvinas los muchachos de Rajoy disparan balas dialécticas contra Argentina, y con eso y el Rey disparando a elefantes, nadie se preocupa de que en las retaguardias nos roben la salud, la educación y la vejez.

Y si la guerra fría contra Argentina se desinflara pronto, hay otra más cruenta aguardando, el fantasma de la secesión de Cataluña. Que eleven tanto el tono del enfrentamiento nacionalista dos partidos como PP y CiU, que se apoyan mutuamente y hacen equipo en el recorte de derechos y el saqueo a la ciudadanía debería hacernos pensar que hay gato encerrado. Ambos sirven a los mismos intereses económicos, unos intereses que no entienden de fronteras ni banderas. Pero conforme la situación económica de los ciudadanos se vaya agravando y antes de que degenere en un estallido social, apuesten lo que les quede a que se irá elevando la tensión nacionalista hasta que la cuerda esté por romperse. 
Habrá una proclamación del Estat Catalá por un lado, una recentralización de competencias por otro, las portadas se llenarán de proclamas patrióticas, sonará ruido de sables, incluso habrá alguna escaramuza cruenta, y el pueblo agitará enseñas de colores en nombre de la indisoluble unidad de la patria o de los derechos históricos y la identidad nacional ¿Quién será el traidor que hablará de crisis pudiendo partirse la cara con el enemigo? ¿A qué mal español -o catalán- le importa más el precio de las medicinas que su bandera? Así se solucionan las crisis según el ideario de quienes nos gobiernan.  

domingo, 8 de abril de 2012

En el centro comercial



 
Ha sido el plan de la Semana Santa. Toda la familia pasando la tarde en el nuevo centro comercial. Sus pasillos y accesos se convertían en un infierno poblado por hordas de caris -”Cari, ¿me llevas al centro comercial nuevo?” “Claro que sí, gordi”-. Hoy ocio consiste en compras, cine de palomitas -o mejor expresado, palomitas acompañadas de alguna bazofia en 3D- y picoteo dentro de un espacio cerrado de luz artificial, multitudes y uniformidad. Un lugar desarraigado del territorio, donde no distinguimos si estamos en Granada o en Kuala Lumpur: Idénticas marcas, productos clónicos, reino de las franquicias.

Al centro comercial acudes a comprar sin saber qué; esperas que brote el deseo de consumir, porque entre sus paredes eres más manipulable que cuando acudes a un mostrador con las ideas claras.
Miras a la multitud y preguntas ¿dónde está la crisis? Pero te das cuenta de que la mayoría salen sin bolsas. En tiempos de vacas flacas hay que contar con  la imposibilidad material de consumir, pero en tal caso tampoco importa. El centro comercial es la plaza pública donde se estructuran las relaciones, la calle por donde la ciudadanía pasea, liga, se encuentra con conocidos, con una diferencia: No te puedes detener a menos que gastes.



Uno se reconoce consumista, pero prefiere el aire libre, el centro urbano, el lugar al que se acude a pie o en transporte público, aunque sea un paisaje conquistado también por las franquicias, y pide a gritos a las tiendas tradicionales que se pongan las pilas y sobrevivan. Existen otra clase de centros comerciales, agrupaciones de comerciantes individuales con una filosofía muy distinta: el Mercado de Fuencarral en Madrid o los Stables de Candem en Londres.
No es el caso de Granada, donde pronto abrirán otros dos monstruos despersonalizados, si no son ciertos los rumores de que Tomás Olivo no tiene un euro para seguir adelante con el Nevada.
A estos lugares el comprador acude en coche privado y se crea la falsa ilusión de pagar menos al no contabilizar los gastos de combustible, aparcamiento, y tiempos de desplazamiento. Por no hablar de los atascos. El centro abierto esta Semana Santa ha provocado retenciones y molestias que esta vez no han hecho a los vecinos colgar pancartas de protesta en los balcones como sí hacían contra el mercadillo de los sábados. ¿Será que estos no son vendedores pobres ni gitanos? Yo tras la apertura, no puedo evitar acordarme -y dejar aquí constancia- de otro daño colateral del nuevo recinto. Durante su construcción y larga paralización dos perrillos vigilaban las obras soportando fríos, lluvias y solanas. Hoy ya no hacen falta y, sustituidos por la habitual seguridad uniformada, vagan abandonados por los barrancos del Serrallo.



"Gran Superficie", documental completo (58')

lunes, 4 de abril de 2011

Nuestra amiga la radiactividad



Nuclear, sí


Un sorprendente efecto de Fukushima ha sido la proliferación de físicos nucleares y expertos de toda la vida en radiación. Los hay en los dos extremos, el apocalíptico-hipocondriaco y el de los feligreses del átomo. Conforme lo de la central japonesa va superando a Chernobyl, los segundos se empequeñecen. Decían que “temer a la energía nuclear es como tener miedo a los eclipses” -Miguel Sebastián- y descubren que no había tal eclipse, tan sólo estaban ciegos. Es tan obvio que estamos ante lo incontrolabe que ya no rapea el personal de Garoña su “antes muertos que parados”. Fukushima ha llegado cuando empezaba a calar el sofisma de que frente al cambio climático, la única solución es la energía nuclear. Un vertiginoso cambio de chaqueta afecta a poderosos políticos hasta ahora al servicio de los lobbies nucleares como la Merkel. Claro que cuando hay delante unas elecciones, si es necesario hasta bombardeas a quien financió tu última campaña, ¿verdad, Sarko?




El último dogma que cae del argumentario pronuclear es el económico. Para Forbes la energía nuclear es el "mayor fiasco en la historia de la economía”. Estamos ante un clarísimo ejemplo del falso mercado libre, el capitalismo que al menor riesgo de que los beneficios privados puedan caer exige el apoyo del estado, el que rescata bancos cuando dice rescatar economías. Antes de Fukushima el mercado había disipado el sueño nuclear de la energía barataSólo es barata si la gran inversión requerida está amortizada y habitualmente en la construcción de centrales los costes se duplican o triplican respecto a lo presupuestado. Las centrales no han logrado subsistir si no es con subvenciones públicas. Las aseguradoras no les daban cobertura y sólo pasaron por el aro eximiéndolas de la responsabilidad civil, que ahora corre a cargo de... ¿adivinan?  Exacto, nuestros impuestos, los mismos que pagan la gestión de los residuos. En España las centrales son privadas y sus ganancias también, pero su peligrosa basura la gestiona Enresa, una empresa pública. Un accidente en una central puede dejar en bancarrota a un país ¿Se han preguntado por qué pese a tanto lobby nuclear nadie habla de construir nuevas centrales y el debate se queda en la prolongación de la vida de las existentes?  En EE.UU., país nuclear por excelencia, hace más de treinta años que no se construye un reactor, pese a que el Gobierno ofrece cubrir con créditos hasta el ochenta por ciento de la inversión. Una ruina.




¿Y qué se les puede decir a los apocalípticos? Pues que Fukushima no va a ser el fin de la especie, ni siquiera el de Japón. Que no se compren el geiger para buscar trazas de cesio en la Puleva del crío, porque desde hace seis décadas la radiactividad ya está aquí como una vecina molesta. Cuando yo nací el planeta estaba al borde de la destrucción total a cuenta de unos misiles soviéticos en Cuba y en las décadas siguientes estuvimos muchas veces a un paso de la autodestrucción mutua. Somos hijos de una carrera por sembrar la Tierra de artefactos atómicos, cuyo poder mortífero se probó continuamente sobre y bajo la tierra, en la estratosfera y en el fondo del mar. Desde 1945 hasta 2009 se han realizado más de dos mil pruebas nucleares en el planeta, la mitad de ellas estadounidenses, pero también hubo bombas de otras siete nacionalidades. Los EE.UU. arrasaron archipiélagos enteros con la Bomba H -medio siglo después de Castle Bravo el paradisíaco atolón de Bikini sigue siendo inhabitable- y detonaron artefactos en seis estados de su propio territorio, que durante los años cincuenta y sesenta se cubrían cada dos por tres de cenizas radiactivas. El estroncio 90 se quedó a vivir en los huesos de los niños norteamericanos. Francia asesinó población nativa de la Polinesia a millares con sus ensayos y empleó el terrorismo de Estado para asesinar a opositores a sus pruebas nucleares. Ese mismo país utilizó deliberadamente a sus soldados como cobayas humanas en sus pruebas en Argelia para comprobar los efectos inmediatos de una explosión atómica sobre las tropas. El secretismo impide saber gran cosa de los efectos de las más de 900 pruebas nucleares soviéticas, pero sí se ha cifrado en 750.000 las víctimas de las 46 pruebas nucleares superficiales realizadas por China entre 1964 y 1996, en la provincia de Xinjiang, hogar de la perseguida etnia uigur. Hablamos de cientos de megatones sumados, de la liberación de ceniza, polvo y lluvia radiactivos y toda la radiación remanente perdurando miles de años, que -aunque no me atrevería a mantener la comparación delante de quienes van a morir por culpa de Fukushima-, hacen del desastre de la central japonesa, de Chernobyl o deThree Miles Island simples episodios de la larga y penosa convivencia con nuestra vecina la radiactividad y su vástago el cáncer.



Para complementar este artículo no he querido recurrir a una cita científica sino literaria.
En Aventuras y desventuras del Chico Centella, una crónica sentimental de la América de los años cincuenta desde el punto de vista de un niño, el escritor norteamericano Bill Bryson dedica un capítulo entero y parte de otro a retratar con ironía la frivolidad y la despreocupación con la que la población de su país se familiarizó con la bomba atómica y las pruebas nucleares, y la irresponsabilidad con la que el Gobierno abordó estos ensayos y sus consecuencias sobre la población. La novela tiene un prometedor arranque pero acaba convertida en el socorrido ejercicio de amable nostalgia, un Cuéntame del American dream. No obstante, las páginas dedicadas a la bomba no tienen desperdicio.

La gente estaba arrobada con la abrasadora majestuosidad y la potencia antinatural de la bomba atómica. Cuando el ejército empezó a hacer pruebas nucleares en el lecho seco de un lago en Frenchman Flat, en el desierto de Nevada, cerca de Las Vegas, aquello se convirtió en la principal atracción turística de la ciudad. La gente no iba a Las Vegas a jugar, o al menos no exclusivamente a jugar, sino a apostarse al borde del desierto, sentir que la tierra temblaba bajo sus pies y ver que el aire se llenaba con portentosas columnas de humo y polvo. Los visitantes podían alojarse en el Atomic View Motel, beber un Cóctel Atómico (...) en las coctelerías locales, comer Hamburguesas Atómicas, hacerse un peinado atómico, asistir a la coronación anual de Miss Bomba Atómica...

En los años de mayor actividad se realizaron en Nevada hasta cuatro detonaciones nucleares al mes. El hongo nuclear era visible desde cualquier aparcamiento de la ciudad, pero la mayoría de visitantes prefería acercarse al borde mismo del área de pruebas, a menudo con comida para hacer un picnic, presenciar las pruebas y disfrutar de la nube de polvo posterior. Estamos hablando de  grandes detonaciones. Las veían incluso los pilotos comerciales que sobrevolaban el océano Pacífico, a cientos de kilómetros de distancia. El polvo radiactivo a menudo barría Las Vegas y dejaba 
una capa bien visible sobre toda superficie horizontal. Al principio, después de una prueba, los técnicos del gobierno recorrían la ciudad enfundados en sus batas blancas pasando los contadores Geiger por todas partes. La gente hacía cola para ver lo radiactiva que era. Formaba parte de la diversión. Qué satisfacción daba ser indestructible.
(...)

A las 7:15 de la mañana del 1 noviembre de 1952 Estados Unidos hizo explotar la primera bomba de hidrógeno en el atolón de Eniwetok, en las islas Marshall del Pacífico Sur,aunque en realidad no era una bomba, en el sentido de que no era transportable. (...) El nombre más correcto sería el de "ingenio termonuclear". Comoquiera que fuese, era de una potencia enorme.

Puesto que nunca antes se había intentado nada semejante, nadie sabía cómo sería de grande la explosión. Incluso las previsiones más conservadoras, que prevían una fuerza de cinco megatones, suponían una capacidad de destrucción superior a la de todas las armas utilizadas por todos los contendientes durante la Segunda Guerra Mundial, y algunos físicos creían que la explosión podría alcanzar los cien megatones, una liberación de energía de tal magnitud que los científicos sólo podían intentar adivinar sus consecuencias. Una de las posibilidades consideradas era que acabase consumiéndose todo el oxígeno de la atmósfera. Con todo, para aniquilar hay que arriesgar, como sin duda debió decir alguien en el Pentágono. Y así en la mañana del 1 de noviembre alguien prendió la mecha y (a mí me gusta imaginarlo así) salió zumbando de allí.

La explosión superó por poco los diez megatones, una potencia comparativamente modesta pero más que suficiente para borrar de la faz de la tierra una ciudad de un tamaño mil veces superior al de Hiroshima; aunque, evidentemente no hay en todo el mundo ciudades tan grandes. En cuestión de segundos, una bola de fuego de ocho kilómetros de alto y seis de ancho se elevó sobre Eniwetok y formó una nube de humo en forma de hongo que alcanzó los límites de la estratosfera, a 45 kilómetros de altitud y se extendió en más de 1.500 kilómetros a la redonda en una oscura llovizna de polvo y ceniza antes de disiparse. Los humanos nunca habíamos creado hasta entonces nada tan inmenso. Nueve meses más tarde, la Unión Soviética sorprendió a las potencias occidentales al detonar su propio ingenio termonuclear. La carrera hacia el exterminio  de la vida había comenzado, y de qué modo. (...)

Lo aterrador del crecimiento de la bomba no era tanto el crecimiento de la misma en sí como la gente que estaba al frente del crecimiento del artefacto. A las pocas semanas de la prueba de Eniwetok, los mandamases del Pentágono estaban buscando ya la manera de darle una aplicación práctica. Una de las ideas que se plantearon en serio fue la de construir un ingenio cerca de la línea del frente en Corea, atraer a un gran número de tropas norcoreanas y chinas para que echaran un vistazo y detonarla.

El congresista James E. Van Zandt de Pensilvania, uno de los principales adalides de la devastación, prometió que no tardaríamos en disponer de un ingenio de al menos cien megatones, uno que quizá consumiera todo el aire respirable. Al mismo tiempo, Edward Teller, un físico algo loco de origen húngaro y uno de los genios responsables del desarrollo de la Bomba H, soñaba con aplicaciones pacíficas para sus ingenios nucleares. Teller y sus acólitos en la Comisión de la Energía Atómica planeaban la ejecución de inmensas obras civiles jamás imaginadas siquiera hasta entonces: la apertura de gigantescas minas a cielo abierto en el emplazamiento de antiguas montañas, la alteración ventajista del curso de los ríos (de manera que el Danubio, por ejemplo, fluyese sólo por países capitalistas), la eliminación de engorrosos impedimentos al comercio y la navegación como la Gran Barrera de Coral en Australia... Ilusionadísimos, señalaban que con sólo veintiseis bombas colocadas en cadena sobre el itsmo de Panamá podría excavarse un mayor y mejor canal de manera casi instantánea, con la ventaja añadida de ofrecer un bonito espectáculo en el proceso. Llegaron 
incluso a proponer que los ingenios nucleares se utilizasen para modificar el clima terráqueo mediante el ajuste de la cantidad de polvo presente en la atmósfera, desterrando para siempre el invierno del Norte de los Estados Unidos y reubicándolo de manera permanente sobre la Unión Soviética. (...) Básicamente, los creadores de la bomba de hidrógeno pretendían envolver el planeta en niveles impredecibles de radiación, erradicar ecosistemas enteros, desfigurar la faz de la Tierra y provocar y hostigar a nuestros enemigos a la menor oportunidad. Aquellos eran sus sueños para los tiempos de paz.

Sin embargo, resulta evidente que el verdadero sueño era construir una terrorífica bomba portátil que pudiésemos soltar sobre las cabezas de los rusos y demás incordios siempre que nos viniese en gana. El sueño se hizo realidad el 1 de marzo de 1954, cuando Estados Unidos detonó quince megatones de armamento experimental en el atolón de Bikini, en plenas islas Marshall. La explosión superó considerablemente todas las expectativas que se habían depositado en el experimento. El resplandor llegó a verse desde Okinawa, archipiélago situado a 4.000 kilómetros de distancia. Arrojó polvo y cenizas sobre un área aproximada de 18.000 kilómetros cuadrados, y en dirección opuesta a la originalmente prevista. Le estábamos cogiendo gusto no sólo a generar gigantescas explosiones, sino también a provocar consecuencias que escapaban a nuestra capacidad de reacción. (...) Sólo podemos imaginar cómo tuvo que ser la experiencia para quienes la vivieron más de cerca, entre ellos los modestos nativos que habitaban la cercana isla de Rongelap. Se les había avisado de que poco antes de las siete de la mañana habría un fuerte resplandor, pero no se les dieron otras 
indicaciones: nadie les dijo que la detonación podría derribar sus hogares y dejarles con una sordera permanente, ni se les instruyó sobre cómo afrontar los efectos posteriores a la explosión. Cuando la ceniza radiactiva empezó a caer sobre ellos, los desconcertados isleños la probaron para ver a qué sabía (salado, al parecer) y se la sacudieron del pelo. Al cabo de pocos minutos no se encontraban nada bien. Nadie que hubiese estado expuesto a la lluvia de cenizas tuvo ganas de desayunar aquella mañana. A las pocas horas muchos sufrían de 
fuertes nauseas, y allí donde las cenizas habían entrado en contacto con la piel se habían formado numerosas ampollas. Durante el transcurso de los días siguientes, el pelo se les cayó a mechones y algunos desarrollaron hemorragias internas.

La lluvia de cenizas afectó también a los tripulantes de un pesquero japonés bautizado, en una ironía del destino que no pasó desapercibida para nadie, como Dragón afortunado. Para cuando regresaron a Japón, la mayoría de ellos se encontraba muy mal. La captura del barco fue descargada por otras manos y enviada al mercado, donde desapareció entre los miles de capturas llegadas a los puertos japoneses aquel día. Incapaces de determinar qué pescado estaba contaminado, los consumidores nipones evitaron comer pescado durante semanas, lo que estuvo a punto de hundir la industria pesquera.

La nación japonesa no estaba especialmente contenta con la situación. En menos de diez años habían tenido el desagradable honor de ser las primeras víctimas tanto de la bomba atómica como de la de hidrógeno, y como cabía esperar estaban algo desairados y exigieron una disculpa. Disculpa que les negamos. En lugar de ello, Lewis Strauss, el antiguo vendedor de zapatos que se había convertido en presidente de la Comisión de la Energía Atómica, contraatacó afirmando que los pescadores japoneses eran en realidad agentes soviéticos.

De manera gradual, Estados Unidos fue trasladando sus pruebas nucleares a Nevada donde, como ya hemos visto, la gente era mucho más agradecida, aunque no sólo realizando pruebas en las islas Marshall y en Nevada. También detonamos pruebas nucleares en Kirimatti y en el atolón Johnson, en el Pacífico; y en el Atlántico Sur, en superficie y bajo el agua; y en Nuevo México, Colorado, Alaska y Hattiesburg, Misisipí, vaya un sitio, durante los primeros años de pruebas. En conjunto, entre 1946 y 1962, Estados Unidos hizo estallar algo más de mil ojivas nucleares, incluidas unas trescientas suspendidas en el aire que lanzaron incontables toneladas de polvo radiactivo a la atmósfera. La Unión Soviética, China, Reino Unido y Francia detonaron unas cuantas docenas más.

Resultó además que los niños, gracias a sus entecos cuerpecitos y a su pasión por la leche, eran particularmente propensos a absorber y conservar estroncio 90, el principal residuo radiactivo de las explosiones. A tal punto llegaba nuestra afinidad por el estroncio que en 1958, el niño medio (es decir yo, y otros treinta millones de personitas) llevábamos en nuestros cuerpos diez veces más estroncio que un año antes. Casi brillábamos en la oscuridad. 

Las pruebas empezaron entonces a ser subterráneas pero aquello tampoco salió siempre a la perfección. Durante el verano de 1962, los responsables de defensa detonaron una bomba de hidrógeno en las profundidades del desierto de Frenchman Flat, en Nevada. La deflagración fue tan violenta que el terreno circundante se elevó noventa metros y reventó como un grano purulento, dejando un cráter de 250 metros de diámetro. "A las cuatro de la tarde -escribe el historiador Peter Goodchild- la nube de polvo radiactivo era tan espesa en Ely, Nevada, situada a 300 kilómetros del lugar de la explosión, que fue preciso encender las farolas de las calles". La lluvia de cenizas se extendió sobre seis estados occidentales y dos provincias canadienses, pese a lo cual casi nadie reconoció oficialmente el fiasco ni se emitieron comunicados públicos advirtiendo a la población que no tocase la ceniza fresca ni dejase a los niños jugar con ella. En realidad, el incidente se mantuvo en secreto durante dos décadas, hasta que un periodista curioso se acogió a la Ley de Libertad de Información para descubrir qué sucedió aquel día. 

Aventuras y desventuras del Chico Centella. Bill Bryson
Traducción de Pablo Álvarez Ellacuría. RBA, 2010

jueves, 24 de marzo de 2011

Las lecciones de Libia

Pocos casos como el de la revuelta libia, la guerra civil y la intervención contra Gadafi sacan a la luz tanta porquería, tanta miseria, tantos intereses bastardos entrelazados. La política mundial y las relaciones internacionales son -¿Ya habéis olvidado Wikileaks?- un gran pozo negro, un cieno pestilente en el que casi nada y nadie - aquí no cabe el 'casi'- está limpio. Libia, el régimen de Gadafi, sus enemigos de anteayer, cómplices ayer y hoy de nuevo antagonistas, el saqueo y los negocios de las materias primas y las armas son sólo grumos en el detrito de tamaño cósmico que la raza humana deyecciona en su inexorable camino hacia la extinción. Dicho esto es cierto también que las ansias de libertad y la lucha por conseguirla son, como las creaciones artísticas y de la imaginación, las ilusiones a las que la especie se aferra para justificar su paso por el planeta, y sirvan o no -va a ser que no- para salvarnos de nuestro patético destino es a ellas a las que debemos aferrarnos si queremos levantarnos cuando mañana amanezca. El hecho de que al mal no se le pueda combatir con el bien porque éste último ni está ni se le vislumbra en el horizonte no quiere decir que renunciemos a darle -o ayudar a darle- al malvado patadas en la boca hasta saltarle los dientes. Me van a perdonar por no ser pacifista, por pensar que si pones la otra mejilla sólo consigues dos manos marcadas en la cara, por creer que, aunque sea acudiendo a otros miserables, si borramos a un miserable de la faz de la tierra algo habremos ganado.

Como todo es tan confuso, como hay tanto ruido y todos hablan y opinan tanto, me ha costado ponerme a escribir sobre lo que está ocurriendo en Libia salvo por algún tuiteo y para denunciar algunos silencios al principio de esta crisis. Como a los reaccionarios me los veo venir, me molestan más quienes desde la buena fe alimentan prejuicios, quienes prefieren que no se haga nada si quienes van a hacerlo están de mierda hasta los ojos -como si alguien no lo estuviera-. Esos provocan lo que alguien llamó -no recuerdo si se lo leí a Rosa Mª Artal- 'los daños colaterales de la demagogia' Creo que lo visto y oído permite extraer algunas lecciones; lo de sacar conclusiones es harina de otro costal.

Lecciones de periodismo

Desde que tunecinos primero y egipcios después decidieron tomar las riendas de su futuro, cuando intento no sólo enterarme sino además comprender lo que está sucediendo, sólo hay una fuente de la que no puedo prescindir y esa es Al Jazeera en inglés. La prevalencia de la información sobre el sesgo ideológico -que lo tiene, pues el medio inmaculado no existe, fue revelador su silencio respecto a las revelaciones de Wikileaks sobre dirigentes de Catar y otros países del Golfo- se equilibra de forma exquisita con el compromiso inequívoco de la cadena catarí con las revueltas democráticas en los países de su ámbito. Por algo los periodistas de Al Jazeera son los primeros en ser perseguidos por las dictaduras y sus emisiones cortadas antes que las de, pongamos por caso, la CNN. En el otro extremo, lo que desde luego no se me ocurre es informarme a través de Telesur, la cadena panamericana que promueve el teniente coronel Hugo Chávez, aquel que regaló a Muamar Gadafi la espada de Simón Bolívar en premio por su compromiso revolucionario. Ni Telesur ni Gramma Digital, las dos fuentes más repetidas en cuanto se tira del hilo de los tuiteros, blogueros y representantes políticos más hostiles frente a la intervención internacional en Libia, son un ejemplo de credibilidad en este momento histórico. Tampoco la neutralidad ha sido nunca una de sus aspiraciones prioritarias; en eso no
engañan ni pretenden engañar a nadie.

Conviene recordar, para vergüenza de estos medios, cuál fue su primera interpretación sobre lo que ocurría en Túnez, Egipto o Bahrein en los primeros días de las revueltas. Eran 'revoluciones de colores' auspiciadas por la CIA, que buscaban crear regímenes afines a Occidente, cuando era precisamente Occidente y los intereseses de sus empresas y gobiernos el mejor sostén de los dictadores contra quienes se levantan los pueblos árabes. En Occidente hubo miedo, no apoyo, a las revueltas: En España y casi toda Europa los medios conservadores estuvieron aireando el supuesto peligro islamista intentando enfriar las simpatías hacia las revoluciones. La posición de Al Jazeera no ha variado en todo este tiempo. Sus periodistas han seguido sobre el terreno los levantamientos y han prestado un gran servicio a los manifestantes y fuerzas democráticas. La identificación ha sido total en el caso de los rebeldes libios que buscan derrocar a Gadafi y ahí es donde el posicionamiento de Al Jazeera ha sido más arriesgado -junto a su reciente negativa a retransmitir discursos de determinados dirigentes de Hezbolá-. La cadena se la juega al no ponerse en contra de los ataques aliados a las fuerzas de Gadafi, ataques que los alzados en armas contra el régimen ven con alivio -les va la vida en ello- y no como una intolerable intromisión imperialista. A quienes ven en ello una claudicación hay que recordarles que Al Jazeera es tan crítica hoy como ayer tanto con la invasión ilegal de Irak como con la amparada por Naciones Unidas pero igualmente nefasta de Afganistán. No se le pueden dar muchas lecciones de coherencia y menos desde medios de comunicación ligados a regímenes como el de Chávez o de Raúl Castro que guardan no pocas similitudes con los que el pueblo árabe hace tambalearse. ¿Miedo al contagio?
Gaspar Llamazares

Lecciones de la calle

En las calles españolas ha reaparecido una pancarta, la del "No a la guerra"; desde el palco de invitados del Congreso se escucha de nuevo el mismo grito. Es, desde luego, una pálida sombra del clamor que llenó las calles hace ocho años, tras la foto de Las Azores. Es cierto que en esta ocasión Izquierda Unida es prácticamente la única fuerza organizada que se opone abiertamente a la intervención aliada en Libia y lo es también que hoy los españoles no se movilizan ni cuando les quitan sus sueldos, sus derechos y su futuro. Por tanto no es raro que sean pocos. Y aún así son demasiados si tenemos en cuenta que quienes en los propios países árabes se manifiestan en contra de los ataques son... Nadie.
No hay apenas artículos en la prensa árabe abiertamente críticos con la intervención, si acaso se recogen los reparos sobrevenidos de la Liga Árabe. Las calles de las ciudades árabes, que estallan en llamas por una simple caricatura sospechosa de sacrilegio, que se levantan contra las agresiones israelíes o por las revelaciones de Wikileaks sobre los abusos de las fuerzas estadounidenses en Bagdad o Kabul; esas mismas calles están ahora vacías salvo, claro está, que sean las calles donde se producen las revueltas ¿Cómo es posible que salgamos a protestar aquí por aquello contra lo que los propios afectados no protestan?¿Nuestro pacifismo nos vuelve más papistas que el Papa?
 
Cualquier ambivalencia acerca de ese régimen se fue, se fue, se fue. Es brutal, corrupto, engañoso, demencial. (Helena Sheeham, activista irlandesa de extrema izquierda invitada por Gadafi a la que la rebelión sorpendió en Trípoli)

Lecciones de la Historia

Ya se ha escrito mucho sobre las similitudes y diferencias entre el caso libio y otros acontecimientos históricos en los que se ha debatido sobre la conveniencia de la intervención extranjera en conflictos locales. La comparación con Irak es en el caso de la izquierda tan solo una torpe excusa, tan irresponsable como ignorante, para desempolvar consignas que hace años les -nos- dieron visibilidad en las calles. Hay una excepción, la de quienes comparan Libia no con el Irak de 2003 sino el de 1991 -la excusa era liberar un territorio de un tirano chiflado, hubo amplio apoyo
internacional y hasta se habló de llevar la democracia a Kuwait-; es cierto que ahora se podrían cometer los mismos errores, que no se puede prever en qué y cuando acabará la intervención, pero también lo es que entonces en 'nuestro bando' sólo estaban unos príncipes podridos de millones, no un pueblo exigiendo ser libre. En cuanto a la derecha la comparación con Irak 2003 es una forma de intentar justificar miserias del pasado proclamando que España también va a la guerra con el pacifista Zapatero. No merece más líneas.

Se ha hablado mucho de Ruanda, y del sitio de Sarajevo, como ejemplos de los efectos de que el mundo se quede de brazos cruzados ante una masacre programada. No podemos saber qué habría ocurrido de permitirle a Gadafi aplastar la rebelión; todavía está por ver que no lo haga. Pero cuando avanzaba hacia Bengasi su hijo advertía de que se iba a registrar la ciudad casa por casa, lo cual permite hacerse una idea bastante aproximada de lo que esperaba a los rebeldes.

Otro momento histórico cuya equiparación con Libia se ha debatido respecto a la oportunidad -o legitimidad- de la intervención extranjera en conflictos locales es la Guerra Civil Española y las consecuencias del no intervencionismo de las potencias democráticas europeas en la victoria final de la rebelión militar. A quienes se empeñan en negar las similitudes, las palabras de Gadafi vaticinando que su entrada en Bengasi sería como la de Franco en Madrid deberían bastarle para convencerles, aunque entre 1936 y 1939 el papel de rebeldes y leales fuera justo el contrario. Pero el parecido entre ambas situaciones no se queda ahí. Del mismo modo que ya hay una intervención extranjera del lado del régimen -miles de mercenarios subsaharianos, el inmenso arsenal vendido al ejército del coronel por las potencias que hoy le atacan...-, entonces Inglaterra , Francia y los Estados Unidos se cuidaban muy mucho de poner las manos sobre España -con la honrosa excepción de las Brigadas Internacionales- y el bando democrático sólo contó con el apoyo armamentístico que Stalin les vendió en condiciones muy ventajosas para la industria soviética, y mientras, la Legión Condor sobrevolaba impunemente la Península, barcos alemanes bombardeaban Alicante o Almería y el Corpo Truppe Volontarie de Musolini metió nada
menos que a 140.000 soldados italianos en nuestro país. Con mucha menos gente ya es invasión. Luego, tal vez una intervención extranjera del bando de los rebeldes libios sea simplemente una cuestión de equilibrar la balanza de la internacionalización del conflicto que ya se daba con anterioridad.

Tenemos otro ejemplo aún más evidente, pero menos comentado, en la Segunda Guerra Mundial. El no intervencionismo estadounidense -muy arraigado en la opinión pública norteamericana- estuvo a punto de dar la victoria a Hitler. Incluso después de que los japoneses hubieron atacado territorio de los EE.UU. en Pearl Harbor, el Departamento de Defensa tuvo que recurrir a una intensísima propaganda -la magnífica serie de documentales Por qué luchamos dirigida por Frank Capra es un ejemplo- para convencer a su país de que había que entrar en guerra contra el Eje. Antes, ya que hablamos de taparnos la nariz cuando nuestros aliados apestan, el miserable Stalin se había repartido Polonia con Hitler en su vergonzoso Pacto de no agresión, lo que no fue obstáculo para que, una vez que Alemania invadió la URSS, los aliados occidentales aceptaran a los soviéticos como amigos de conveniencia, conscientes de que el pueblo y el ejército rusos eran imprescindibles para derrotar a los nazis. Estoy seguro de que los rebeldes que han estado a punto de perder la guerra contra Gadafi tampoco tienen demasiados remilgos ni se preguntan ahora por el pasado de quienes les ayudan.



El no intervencionismo, por último, nunca ha sido una doctrina pacifista. La utopía pacifista -además de una quimera- es necesariamente universal y exige que una parte de la Humanidad acuda siempre en socorro de otra cuando ésta sufre opresión. Ya sé que en la práctica sólo se suele acudir a ayudar a los opresores o a sustituirlos por otros, pero como principio esa universalidad hace que lo menos pacifista del mundo sea el ahí te las apañes solo.

Lecciones de hipocresía

El meollo de la cuestión. Como alguien señalaba con acierto en Twitter, la llamada 'Operación Amanecer de la Odisea' -ni Bunbury hubiera igualado tamaña grandilocuencia- debía haberse llamado 'Operación Amiguito del Alma'. El algodón no engaña y la prueba está en miles de fotos, es tan reciente que dan arcadas sólo de pensarlo: Gadafi en El Pardo, Gadafi financia la campaña electoral de Sarkozy, Gadafi vende petróleo y gas, Gadafi compra armas, Gadafi y sus hijos invierten el dinero robado a los libios en la Costa del Sol, Gadafi ya no es un malvado terrorista sino un freno a Al Qaeda... Es todo tan repugnante y están tan manchados de mierda Sarkozy, Cameron, Blair, Zapatero, Berlusconi, Clinton y una interminable lista de empresarios... Pero todo eso que hace que miremos con total desconfianza y asco a los promotores de la intervención no sirve para descalificarla. No, queridos demagogos, no es por petróleo, porque el petróleo ya lo tenían con Gadafi y el futuro es impredecible -Se nos olvidan los aviones llenos de trabajadores de petroleras europeas en los primeros días de la rebelión saliendo de Libia, donde vivían tan ricamente. No, queridos demagogos; no se puede decir No a la guerra ahora, cuando la guerra empezó hace un mes y la empezó
Gadafi. Hay que ser casi tan hipócritas como los examiguitos de Gadafi para en una misma pancarta llevar los lemas "Con las revueltas de los pueblos árabes" y "No a las intervenciones". Porque corréis el riesgo de que se os pregunte "Y entonces qué harías tú" ante lo que la única respuesta no balbuceante que he leído ha sido "Yo no tengo la varita mágica para resolver la situación". Queridos amigos pacifistas, os parecéis mucho más de lo que pensáis a la llamada "comunidad internacional"; nunca estáis cuando se os necesita.

Sí, es cierto, hay cientos de resoluciones de la ONU sin cumplir -Israel tiene el record-, y guerras de todo tipo de las que nadie se acuerda. Da hasta risa pensar que los mismos EE.UU. que no reconocen al Tribunal Penal Internacional puedan entregar a Gadafi a ese mismo Tribunal. Si aquí interviene Occidente -tarde, muy tarde, que no se nos olvide- no es, evidentemente, por motivos humanitarios. Una guerra larga o una rebelión derrotada pero con rescoldos activos puede poner en peligro el flujo de petróleo y gas; están las necesidades de índole electoral, sobre todo para Sarkozy, y está el ejemplo de Egipto y Túnez, revoluciones que comenzaron sin Occidente y asustando a Occidente, pero que se encauzan hacia inofensivas transiciones a la española; una vez más el gatopardiano "Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi". Son intereses bastardos, como siempre y al servicio de los de siempre. Pero ¿Yqué pasa con los afectados? ¿Estarán los libios mejor o peor sin Gadafi? ¿Acaso no han salido ganando egipcios y tunecinos echando a Mubarak y
Ben Alí? Y sobre todo está la lección para el resto de los tiranos árabes: Mubarak y Ben Ali se equivocaron no aplastando a sangre y fuego las rebeliones, pensarán si Gadafi se sale con la suya. Desde el momento en que han comenzado los ataques sobre Libia, en Yemen los militares empiezan a rebelarse contra el dictador y a proteger a los manifestantes. En Siria, hasta ahora inmune a las revueltas, ya se dan los primeros movimientos contra la dinastía baazista.

No es la legitimidad de atacar al régimen de Gadafi lo que hay que discutir, sino la necesidad de ir más allá de la llamada exclusión aérea. Como no soy pacifista creo que Gadafi merece tener el mismo fin que aquellos tiranos a los que derroca el pueblo, el mismo que Ceaucescu o Musolini. Pero eso, como todo respecto a su futuro, son los libios quienes tiene que decidirlo, o deberían serlo. Si Gadafi gana la guerra nada podrán decidir, si la pierde mediante una intervención extranjera, no está claro que se les deje decidir, pero es seguro que peor no van a estar. Mejor, probablemente.