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jueves, 9 de junio de 2016

Un sindiós

Si Miguel Ángel hubiera abrazado el pastafarismo


Un buen día,  aunque no con estas palabras, Stephen Hawking soltó la coz: Dios no existe dijo -el pobre Stephen ya tampoco, casi-, y se montó la de Dios es Cristo, y eso que ni siquiera era la primera vez: cuentan que en una recepción una Shirley McLaine particularmente pesada y caprichosa le anduvo persiguiendo con la preguntita. ¡Nooo!, le contestó desabridamente en su lenguaje robótico para quitarse de encima a aquella petarda. Aquellos que se proclaman de profundas creencias religiosas -conste que no hablo de todos los creyentes sino de los que tiran a fanáticos- tienen una infinita capacidad para sentirse ultrajados y están a la que salta; y de ello sacan provecho tanto las sectas que explotan y gestionan las creencias espirituales como quienes rentabilizan todo lo que huela a provocación. Así lo hacía la editorial que publica los libros del científico británico cuando allá por 2010 promocionó su última obra de divulgación hasta el momento, El gran diseño, escrita junto a Leonard Modlinow, suministrando un avance claramente dirigido a incordiar a los susceptibles donde los autores consideraban innecesaria la invocación de Dios para explicar el origen del universo. Esto fue publicidad suficiente para disparar las ventas del libro, que matizaba la boutade dejándola en simple escepticismo para desencanto de quienes tras comprarlo se molestaron en leerlo. Todo muy rentable.

Algo no va bien en las cabezas de quienes tanto se ofenden. Es el caso de aquellos que, humillados por ver a su profeta caricaturizados, acribillan a balazos a los dibujantes. Si un predicador nazi anuncia la quema de coranes en su jardín según el ejemplo del cardenal Cisneros, psicópata mitrado que los hacía arder a cascoporro en las plazas de Granada, o un candidato a la presidencia estadounidense propone negar el visado a los musulmanes asumimos que están flipados y que a esos locos habría que encerrarlos, pero seguro que a ninguno de ellos les falta seguidores y no debería sorprendernos que cientos de tarados ofendidos se brinden a volar por los aires llevándose por delante a unas docenas de infieles o herejes.

De los científicos que se citan a raiz del combate Hawking vs. Dios subrayo las palabras del Nóbel de Física Steven Weiberg: Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas, pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión. A dirigir y rentabilizar la maldad de los buenos se dedican las religiones organizadas cuando intervienen en la vida no religiosa pretendiendo imponer su modelo a cualquier forma de organización que adopten los ciudadanos. Constituídas en poderosas empresas, las tres principales funcionan así:  El cristianismo ha adoptado el modelo liberal, es decir las corporaciones controlan los mecanismos de poder de un Estado débil, el lobby minando la democracia. El islam en cambio opta por el modelo totalitario, fundiéndose con el poder político para imponer por la fuerza la obtusa ley religiosa. Los judíos se decantan por uno u otro modelo según su extremismo.

Característico de las religiones es la desfachatez con que se pasan por el forro las pruebas empíricas de sus engaños, vengan de Darwin o del Carbono 14, pero se ven acorraladas por un pensamiento científico que gana el espacio ocupado por el dogma. A primera vista en El gran diseño Hawking apenas planteó nada que no hubiera formulado ya en Breve Historia del tiempo: un universo sin principio ni final en el tiempo y el espacio y sin lugar para un creador. A la religión le queda el recurso de mantener que los conceptos de Dios y alma son invulnerables al estudio empírico y por tanto no confirmables o descartables mediante la experiencia, la teología está fuera del alcance de la ciencia. Sin embargo en El gran diseño Hawking había introducido una novedad no menor de la que hasta ahora no se ha desdicho: No es lo mismo un universo con creador o sin él y por eso la teología no es inmune a la física. La demostración de un  universo que se ha creado a sí mismo negaría necesariamente la existencia de dicho creador. Esto es un sindios.

Actualización de un artículo publicado en Granada Hoy en septiembre de 2010.







creador. Esto es un sindiós.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Marte en celuloide (y digital): ¿Qué tiene esta bola que a todo el mundo le mola?



En el año 2287 el planeta Marte estará en su punto más cercano a la Tierra desde hace casi sesenta mil años: a una distancia de. Hasta entonces habrá que esperar para lograr las condiciones ideales para intentar una excursión tripulada al planeta de órbita solar más cercano a nosotros. Temo que para entonces estemos todos desdentados, pero no habrá otra oportunidad más próxima tras haber desaprovechado la anterior, cuando en 2003 Marte estuvo a sólo 70.000 kilómetros más. En 2015 el film de Ridley Scott Marte (The martian), asesorada e indirectamente promocionada por la NASA semanas después del hallazgo de agua líquida en su superficie y tal vez la más realista y científicamente coherente aventura marciana rodada hasta la fecha, nos brindó la más reciente de la miriada de aproximaciones que,durante toda su historia, el cine ha reslizado al planeta rojo, todo un filón temático y fuente de negocio sobre todo para el género de la ciencia ficción. Y precisamente de esta historia de las relaciones Marte-Hollywood es de lo que me popongo escribir aprovechando estas nuevas aproximaciones física y cinematográfica.

Marte, nombrado así por los romanos en honor al dios de la guerra, es el planeta más cercano a la tierra y el cuarto del Sistema Solar. Su diámetro es de 6.787 kilómetros, menor que el de nuestro planeta;su día y el nuestro tienen prácticamente la misma duración, mientras el año marciano dura 687 días. Las tempersturas en el Ecuador oscilan entre los -80º y los +23ºC. Su atmósfera está compuesta en un 95% de dióxido de carbono, igual que el hielo de sus casquetes polares. La gravedad equivale a un tercio de la terráquea. Tiene dos pequeños satélites con nombres maravillosos: Fobos -miedo- y Deimos -terror-. En su oro grafía destaca una impresionavte cordillera volcánica coronada por el monte Olimpo, de 24 kilómetros de altura, y unas formaciones rectilíneas, los canales, que hasta no hace demasiado tiempo muchos consideraron artificiales, lo que alimentó leyendas  sobre la existencia de vida inteligente en el planeta. Se trata en realidad de cañones, probablemente formados por grandes ríos de anhídrido carbónico líquido. La riqueza en olivina y ácido férrico de la superficie da al planeta su característico color rojizo, que desde la Tierra percibimos a simple vista.


Tras las ya numerosas sondas, laboratorios y robots de exploración que han llegado a Marte,el envío de una misión tripulada tiene más riesgos que utilidad real, pero sí una gran importancia simbólica. En la actualidad se piensa que, independientemente de la mayor o menor cercanía, ese viaje se podría realizar en la década de 2030. Incluso se ha especulado con realizar allí prograas de telerrealidad para financiar las expediciones con la publicidad que aquellos generasen. Puestos a idear...

Planeta rojo, hombrecillos verdes

Para la ciencia ficción, fuera literaria o cinematográfica, el color rojo de Marte se ha asociado desde siempre con hombrecillos verdes. Así se ha hecho, más o menos, durante más de un siglo. En la narrativa brillan por encima de todas las obras que eligieron como escenario el planeta vecino las Crónicas marcianas de Ray Bradbury (1946). Como toda la obra del narrador de Illinois se caracteriza por su escaso rigor científico y su maravilloso aliento poético. Los relatos de Crónicas marcianas narran los primeros esfuerzos terrestres por conquistar y colonizar Marte, los infructuosos intentos por conectar con los marcianos, telépatas y pacíficos, y finalmente el efecto en los colonos de una gran guerra nuclear en la Tierra, todo ello desarrollado entre los años noventa del siglo XX y los cincuenta del siglo actual y trufado de evocadoras imágenes de veleros surcando las arenas, ciudades ajedrezadas o fantasmas de la antaño floreciente civilización marciana, culta y delicada, a la que mata la varicela, y retratos despiadados de la estupidez humana. Pero la otra gran referencia literaria al planeta rojo es muy anterior: en 1898 el británico H.G. Wells publicó La guerra de los mundos, que profetizaba la llegada de avanzadas naves espaciales procedentes de Marte cuyos tripulantes no buscan ningún contacto con los terrícolas sino su aniquilación. La invasión está a punto de tener éxito de no ser por unos microscópicos aliados de los humanos: las bacterias comunes del planeta, frente a las que los invasores sucumben. El recuento de adaptaciones de La guerra de los mundos -finalizadas y frustradas- es interminable. La pena es que no fraguara el primer proyecto de llevarla a la pantalla que unió nada menos que a Cecil B. De Mille y a Sergei M. Eisenstein. En 1938 la novela cayó en manos de otro genio, Orson Welles, que no la llevó al cine -pese a la insistencia de RKO- sino alaradio´junto al Mercury Theatre. Su escenificación, tal vez el primer reality show, como si de un informativo especial se tratase, y los episodios de pánico que provocó son historia de la radio en Norteamérica. La primera y mejor adaptación fílmica llegó dquince años después de la mano de George Pal en la producción (War of the worlds. Byron Haskins,1953): maravillosos efectos especiales, ejemplar suspense, precioso tecnicolor y cargante mensaje religioso. No fue sino hasta medio siglo  después cuando Steven Spelberg realizó otra adaptación directa de la novela de Wells (War of the worlds, 2005), ésta de irregular resultado: potente arranque, ruidoso y poco interesante desarrollo y empalagoso desenlace. Con posterioridad a la película de Haskins hubo versiones apócrifas, que retomaron sólo en parte la temática de La guerra de los mundos. El ejemplo más recordado -aunque no mucho-  es La Tierra contra los platillos (Earth vs. the flying saucers. Fred F. Sears, 1956), con estupendas maquetas de Ray Harryhausen.

Contra la opinión generalizada, fuimos los terrícolas quienes primero importunamos a los terrícolas en su propia casa. Las primeras referencias a Marte de la historia del cine lo prueban: Viaje a Marte (A trip to Mars. Bud Fischer, 1920) y Un viaje a Marte (A trip to Mars. Maxwel Keger, 1921). Poco después Aelita, la reina de Marte (Aelita. Jákov Protávzanov, 1924) fue todo un mito en la naciente Unión Soviética. En aquella absurda pero fascinante película los terrícolas del soviet viajan a Marte para guiar a los hombrecillos verdes en la revolución proletaria contra la tiranía. Se situó en las antípodas ideológicas de la ciencia ficción norteamericana del macartismo: El rojo planeta Marte (Red planet Mars. Harry Horner, 1952) no tieneuna trama menos surrealista: cuenta cómo los rusos descubren desolados que los mensajes igualitaristas que llegan desde el planeta vecino no son tan rojos como ellos creían; los hombrecillos verdes son en realidad piadosísimos. Al final los marcianos logran que una horda de fundamentalistas cristianos invadan Moscú y acaben con el comunismo. Tan real como la vida misma.

La invasión de estos seres en los cines de la Tierra tuvo su apogeo en los años cincuenta del siglo pasado, y entonces el color de su planeta era muy sospechoso. En la Norteamérica de McCarthy la llegada de extraterrestres era una perfecta metáfora de la infiltración comunista, pero también fue puro divertimento, comida rápida en imágenes, pasto de autocines para adolescentes con granos como platillos volantes que se rompían las manos aplaudiendo mientras los marcianos destrozaban la torre Eiffel, la plaza de Las Ventas o el monte Rushmore. Una legendaria, y no por ello lograda cinta de 1953, Invasores de Marte (Invaders from Mars. William Cameron Menzies), mostraba unos impresentables marcianos en pijama que se apoderaban de las mentes de los papis del niñito protagonista y jugaba con una trmpa de guión demasiado vista: todo era un sueño del mocoso. Tuvo un remake más interesante de Tobe Hooper en 1986.

Leonard Nimoy
en Zombies from stratosphere
Hubo una sucesión de subproductos de serie B que a menudo eran puro absurdo. Destacan Vuelo a Marte (Flight to Mars. Leslie Selander, 1953), donde unos marcianos en plena crisis económica se vuelven quinquis y les pretenden robar una astronave a los terrícolas para invadir nuestro planeta; por no hablar de Invasion of the saucer men (Edward Cahn, 1957), parodia involuntaria con marcianos con cabeza de lechuga iceberg, quinceañeros atolondrados y paletos armados hasta los dientes. Flying discman from Mars (Fred Bannon, 1951) fue un serial que unía hombrecillos verdes y nazis. El propio Fred Bannon se lleva la palma con la película que demuestra que Leonard Nimoy no era vulcanita: antes de que se le afilaran las orejas era todo un señor marciano en Zombis estratosféricos (Zombies from stratosphere, 1952). Pero si hablamos de delirios y diarreas mentales la chapuza titulada Robot monster (Phil Tucker, 1953), rodada en 3D y en la que un robot marciano que parece in gorila en traje de buzo llega como avanzadilla de una invasión de la Tierra, pero cae enamorado de la gritona protagonista. Personajes de lo más variopinto pasn por Marte en muchas películas. Ahí van algunos títulos: Robinson Crusoe on Mars (Byron Haskins, 1956), el serial Flash Gordon trip to Mars (Varios directores, 1938), Abbot and Costello go to Mars (Charles Laumont, 1953) y hasta Woodpecker fton Mars (Pal J. Smith. 1956). No faltan los productos exóticos: Los platillos voladores (Juan Soler, 1955), The angry red planet (Ib Melhior, 1960) o la delirante coproducción hispano-italiana Llegaron los marcianos (I marciani hano ddici mani. Franco Castellano, 1964).  En este apartado de3lirante también hay que mencionar The  wizard of mars (David L. Hewitt, 1965), que lleva al espacio la historia de El mago de Oz pero sin Dorita.

Invasion of the saucer men
Hay casi un sub-subgénero de películas de marcianos en el que los hombrecillos -o las mujercillas- verdes andan faltos o eswcasos de sexo opuesto y en lugar de consolarse entre ellos/ellas vienen a la Tierra a rememorar el rapto de las sabinas. Es el caso de Mars needs women (Larry Buchanan, 1967), Devil girls from Mars (David McDonald, 1954), marcianas coleccionistas de hombres, y la inenarrable Frankenstein meets the space monster/Mars Attacks Puerto Rico (Robert Gaffney, 1965). Agárrense: una guerra nuclear acaba con las marcianas y la reina Marcuzan ordena a sus súbditos venir a la Tuerra, a Puerto Rico para ser exactos, a secuestrar féminas. Pero los marcianitos se quedan a disfrutar de las playas caribeñas y el daiquiri. Más caliente Bad girls from Mars, nada menos que con Sylvia Kristell; y oara guinda un porno cuyo título merecía un  Óscar: La venganza de los chochos chupadores de Marte (Over-sexed rugsuckers from Mars. Michael Paul Girard, 1989). Ahí es nada.

Renacimiento marciano

En las décadas siguientes una ciencia ficción más intelectual de un lado y la space opera de otrohicieron caer en el olvido a los demasiado cercanos marcianos. Por lo tanto saltamos hasta 1990, cundo en su mejor película,  Desafío total (Total Recall), Paul Verhoeven implantó insertos de memoria a Arnold Schwarzenegger para liberar a Marte del colonialismo y de paso ir preparando su carrera a gobernador de California, todo gracias a una agencia de viajes menos fiable que Marsans, MemoryCall. Pocos años después. y pese a que por ningún lado aparecían ni Marte ni los marcianos, la colosalista y tontorrona Independence day (Roland Emmerick, 1996) retoma lejanamente temática y estructura de La guerra de los mundos, aunque las providenciales bacterias que nos libran de los alienígenas son ahora virus informáticos lanzados al corazón tecnológico de la invasión. En el mismo año Tim Burton se lanzó a una revisión nostálgica, y divertidísima, de la retahila de pintorescos productos y subproductos mencionados: Mars attacks!! oroporciona el inmenso placer de ver a los hombrecillos verdes más feos que quepa imaginar machacando con fruición los símbolos del american way of life, desde el donut hasta Las Vegas, sin olvidar la paloma de la paz que unos candorosos hippies sueltan ante la delegación invasora, que la fríe al instante, pero son incapaces de sobrevivir a Tom Jones. Pese a algunos trzos gruesos, contiene situaciones memorables. En cierta forma la quinta película de M. Night Shyamalan, la excelente Señales (Signs, 2002), emplea la premisa de La guerra de los mundos para explicar lo que ocurre en el exterior del mundo sitiado de los protagonistas, como si construyera un prólogo y un epílogo a la novela de Wells.

Mientras la NASA se estrellaba una y otra vez contra la superficie de Marte, entre 2000 y 2002 se estrena un buen número de cintas, también algunas superproducciones ambientadas en tierras marcianas devolviendo a los vecinos  sus visitas de otras épocas y revelando extrañas fuerzas allí ocultas. El veterano Brian De Palma prima e espectáculo visual y el gran documental sobre la aventura en Misión a Marte (Mission to Mars. 2000); y el nóvel Anthony Hoffman encuentra en aquellos rojizos arenales espacio para la reflexión existencial con Planeta rojo (Red planet, 2000). Junto a canales y casquetes polares, lo que más ha alimentado las elucubraciones de los crédulos es una curiosa estructura rocosa llamada Cydonia Mensae (Cidonia). Situada entre la Planicia Acidalia y la Tierra de Arabia, en el hemisferio norte. Fotografiada desde distintos ángulos por la sonda Viking I en 1976 asemeja un rostro humano y está rodeada de otras estructuras de apariencia geométrica que pueden parecer edificios y su alineación aumenta la impresión de artificialidad. La leyenda de la ciudad marciana de Cidonia sirve de excusa argumental de Misión a Marte.

A finales de 2001 se estrenó la tercera gran producción marciana del nuevo siglo. Un John Carpenter en sus horas más bajas salió al espacio para retratar en Fantasmas de Marte (Ghosts of Mars) un planeta vecino tomado -y casi superpoblado- por el hombre: seiscientos mil terrícolas viven allí extrayendo la riqueza mineral de la nueva tierra. Pero las excavaciones dan lugar al hallazgo de una desaparecida civilización marciana y los espíritus de los antiguos indígenas toman posesión de los terrestres. Otra curioidad es la película española Náufragos (Sranded. María Lidón "Luna", 2001), una rara avis en la que la directora empleó atrezzo sobrante de Space cowboys (Clint Eastwood, 2000) para facturar una tediosa cinta de desventuras marcianas pretendiendo disimular las siderajes diferencias presupuestarias entre el Marte de aquí y el de allí. Vincent Gallo, Joaquim de Almeida y Pepe Sancho son los improbables expedicionario de este cargante drama espacial.


Y así volvemos al presente y a The martian. Se podrá discutir sobre la fidelidad científica de lo último de Ridley Scott, pero me parecen indiscutibles lo entretenido de su propuesta, su apasionante suspense y las brillantes interpretaciones de Matt Damon y Jeff Daniels. Hasta otra, Marte.






viernes, 11 de septiembre de 2015

España negra, ayer y hoy



España ya no es roja,
España no es azul.
España ahora y siempre
es negra como el betún
(Def Con Dos
"Veraneo en Puerto Hurraco", 1991)

No es la referida en la canción de Def Con Dos la España negra de la que quiero hablar en esta entrada; tampoco la de los truculentos sucesos reales que magistralmente registró Margarita Landi en el semanario El Caso y recopiló para TVE Pedro Costa en la serie La Huella del Crimen; ni los tremebundos hechos imaginados por Andreu Martín, Juan Madrid o Francisco González Ledesma en novelas y relatos. No; viajaré casi un siglo en el tiempo para encontrarme con La España negra, libro de viajes por un país que hoy pretendemos no reconocer que el pintor, grabador, dibujante y escritor expresionista José Gutiérrez Solana publicó en 1920 y la editorial Comares reeditó hace ahora diez años en la colección La Veleta dirigida por Andrés Trapiello. Hoy la obra está descatalogada y sólo puede adquirirse en el mercado de segunda mano. Aquella reedición de Comares que acabé extraviando la adquirí en la Feria del Libro de Granada de 2005 el mismo día que visité una exposición de sesenta cuadros y grabados de Solana cedidos por la Fundación Maphre en el carmen de la Fundación Rodríguez Acosta, una de las cumbres arquitectónicas del siglo XX en España junto a las obras de Gaudí desperdigadas por Barcelona, el Garraf, Astorga, León  y Comillas.

Ramón Gómez de la Serna en el Café Pombo
pintado por Solana
El libro de Solana, imbuido de tremendismo como su pintura heredera de las pinturas negras de Goya, e influido por el expresionismo de principios del siglo XX al igual que toda su obra plástica, comienza por el Prólogo de un muerto, en el que el autor se retrata como si acabara de fallecer y no pudiera moverse ni comunicarse. Desde ahí sigue un recorrido desordenado y a salto de mata por lo que podríamos llamar la España profunda, de costumbres bárbaras y ritos chocantes, que culmina con el regreso al viejo Café Pombo de la calle Carretas y a la tertulia -inmortalizada en un cuadro por el propio Solana- que allí presidía Ramón Gómez de la Serna,  a quién está dedicada La España negra.

Distintos especímenes del Padre Suárez
Pretendemos hoy no conocer aquella España que nos avergüenza pero que se parece demasiado a la nuestra porque parte de lo peor de ella permanece. ¿Cómo no identificarnos con aquellos marineros holandeses que se ganaban una tunda por no descubrirse al paso del Corazón de Jesús? Dejando a un lado las esencias carpetovetónicas, no está la ciencia en la España del XXI -y no por culpa de los científicos- muy lejos de las colecciones de tenias conservadas en alcohol de una botica abulense que describía Solana: La solitaria del gobernador de Ávila se leía en uno de los frascos... la del canónigo don Pedro Carrasco, gorda y bien alimentada... y la amarilla y delgada de no comer, la del maestro de escuela. Al repasar este capitulo no puedo evitar acordarme, como entusiasta de los viejos museos de historia natural, del Museo de Ciencias del Instituto Padre Suárez en la Gran Vía granadina, un venerable liceo de 170 años de antigüedad que tuvo bachilleres tan ilustres como Federico García Lorca y Francisco Ayala. Junto a vetustos microscopios e instrumentos científicos, este fascinante museo muestra en sus cuatro salas abiertas al público en 1995 colecciones de rocas y minerales, muestras de arqueología científica y esos hipnóticos frascos que conservan en formol y otras sustancias fetos, criaturas deformes y fenómenos de la naturaleza. Te quedas boquiabierto. Será negra y extravagante, pero merece la pena adentrarse en esa España; su fascinación es imborrable.








domingo, 22 de febrero de 2015

La destrucción de un genio

Han coincidido el sesenta aniversario de la muerte del genial matemático británico Alan Turing y el estreno en los cines de Descifrando Enigma -The imitation Game, 2014-, el biopic dirigido por Morten Tyldum que le ha valido a Benedith Cumberbatch una candidatura al Oscar como mejor actor protagonista. En general se trata de una película brillante y bien interpretada que retrata bien el caracter insoportable de sociópata que caracterizó al matemático especialmente cuando lo pivado y el prójimo osaban interponerse en su obsesivo trabajo, pero que en lo puramente biográfico contiene algunas inexactitudes, y estas son más graves cuando se refieren a la relación con las mujeres de un personaje homosexual: en primer lugar no existió la supuesta y edulcorada relación con la comprensiva Joan Clarke interpretada en el cine por Keira Knightley, fue sólo una compañera de trabajo. Por otra parte, se habla sólo de un pequeño grupo de criptógrafos y se olvida que durante la Segunda Guerra Mundial trabajaron en Bletchley Park ocho mil personas, la gran mayoría mujeres, por lo que está de más la historia de los supuestos problemas de Joan para ser admitida en un mundo de hombres, que tanto metraje ocupa. La búsqueda de un instrumento para descifrar los mensajes encriptados del programador alemán Enigma, que permitía a los nazis causar estragos en  barcos y transportes aliados -el hallazgo de la máquina de Turing- ocupa casi toda la película y queda en unos modestos rótulos finales la alusión al trascendental papel de Turing como padre de la informática tal como hoy entendemos esa ciencia. Tampoco se habla en la cinta de las primeras computadoras desarrolladas por Turing en Londres después de la guerra -y que dieron lugar a ordenadores como en el que ahora escribo- ni de sus revolucionarios estudios en inteligencia artificial. Enla cuestión sexual la película no ca en la hipocresía censora de aquel mentiroso biopic de Cole Porter que fue el Night and day -Michael Curtiz, 1946- que protagonizó Cary Grant -no estamos a mitad del siglo pasado; al contrario, Descifrando Enigma habla abiertamente de la detención y procesamiento de Turing por un delito de homosexualidad en 1952, como el que medio siglo antes le costó a Oscar Wilde pasar dos años en la cárcel de Reading. En la película vemos como Turing aceptó someterse a castración química a cambio de no ir a prisión. Como buen matemático ironizó sobre sí mismo mediante un silogismo:

Turing cree que ls máquinas piensan;
Turing yace con hombres;
luego las máquinas no piensan.

En 2009, 55 años después de su muerte, el primer ministro Gordon Brown pidió disculpas por la forma en que le había tratado el Estado, pero se negó a indultarlo argumentando que la homosexualidad era delito en la época. Tuvo que ser la reina Isabel II quien en 2013 le concedió el indulto. Sumido en la depresión, Alan Turing se suicidó en 1954, elegiendo un método de lo más novelero: mordió una manzana envenenada con cianuro. El irónico, el gran descreído que se mofaba de sí mismo ¿se sintió Blancanieves en su hora postera?
Así apareció el equipo de Bletchley
en la prensa de la época.
La foto muestra la mayoría femenina


lunes, 2 de febrero de 2015

La fórmula del sulfato atómico

Tal vez no recordéis, o no conozcáis, El sulfato atómico, la primera historieta larga, y sin duda la mejor, de Mortadelo y Filemón, la obra cumbre del dibujante y guionista Francisco Ibáñez, publicada por primera vez por Bruguera en 1969. Por si acaso os recordaré que el sulfato atómico, influenciado por otras novelas gráficas de la época como El asunto Tornasol de Tintín y QRN en Bretzelburg de Spirou y Fantasio,  es una de las peculiares invenciones del profesor Bacterio, quien pretende poner a disposición de la agricultura es un eficaz plaguicida, pero lo que consigue es un infecto brebaje que hace crecer a cualquier bicho hasta tamaños inconmensurables.


Muy pronto podremos estar fácilmente al día de las novedades y descubrimientos de la ciencia gracias a que elpais.com publicará gratuitamente en español los artículos y reportajes de la revista Nature. Volviendo al tema del título,  el pérfido dictador de Tirania debió hacerse con la fórmula del sulfato atómico y arrojar el producto al mar, pues según nos cuenta Fogonazos, el recomendable  blog de actualidad científica de
Antonio Martínez Ron, la ciencia se ha visto obligada a revisar su catálogo de leviatanes marinos como el calamar y el pulpo gigantes, la ballena azul, el tiburón blanco y hasta veinticinco especies, que estaban sobredimensionadas en la mitología popular y en mediciones científicas mucho más deficientes que las actuales. Recientemente también hubo que corregir a la baja el tamaño de algunos cuerpos celestes como el planeta Mercurio, y en esos casos difícilmente se puede culpar al sulfato atómico. Seguro que las primeras mediciones estaban hechas por exploradores y marinos varones que, cuando se trata de tamaños, tienen una irremediable tendencia a exagerar.

martes, 18 de marzo de 2014

Cariño, he encogido a Mercurio

Curas y obispos alertan a menudo contra lo que llaman relativismo moral, para ellos una peste de nuestros tiempos que nos lleva derechos al infierno, para mi una bendición pues, si bien es cierto que existen valores morales comunes o al menos muy extendidos, en los que deben inspirarse las leyes, toda toma de postura moral es sustancialmente una decisión individual. Lo que no podía suponer es que conocimientos científicos que consideraba sólidos y preceptos aprendidos desde la escuela y la infancia podían tambalearse y derrumbarse con tanta facilidad; pero, en fin, ¿no dicen eso de que errare humanum est? Por ejemplo, cuando era niño en mi familia llamabamos mercurio a la mercromina, y estábamos convencidos -no sé por qué empleo el plural, igual era sólo cosa mía- de que el color del mineral del mismo nombre era el rojo -no amarillento como el Betadine, que llegó después-. Más tarde destripando viejos termómetros entendimos eso del metal líquido, antes de que nos contaran que es un mortífero veneno y los fabricaran digitales.

Sobre el planeta también llamado Mercurio la ciencia nos fue descubiendo nuevos datos y derribando mitos; así hoy sabemos que no es cierto que siempre muestre la misma cara al sol. Lo que no podíamos imaginar es que su ya diminuta superficie es aún menor de lo que pensábamos y que ademas su tamaño se va encogiendo. Igualmente, hemos de acostumbrarnos a que ni siquiera es el menor de los planetas conocidos, pues se están descubriendo exoplanetas -es decir, que forman parte de otros sistemas solares- aún más pequeños.

Estas nuevas sorpresas llegan cuando no nos hemos recuperado del disgusto de la degradación de Plutón, convertido ahora en planeta enano o plutoide. Sin embargo, crecimos con la convicción de que Plutón era el noveno planeta del Sistema Solar, del mismo modo que las islas Canarias estaban a la derecha del mapa de España y dentro de una caja. Ríanse del relativismo moral; seguro que es Wert quien está detrás de todo este relativismo científico y educativo. ¡Y sin un euro para investigar si es que nos engañan!

domingo, 4 de diciembre de 2011

Religión


 La victoria islamista en las legislativas de Marruecos es según un editorial de El País un soplo de aire fresco, asómbrense. Su semanal celebra sus 35 años recuperando reportajes históricos como la entrevista que Rosa Montero hizo a un ayatolá Jomeini a punto de tomar el poder en Irán. Horrorizada por el siniestro personaje y su credo medieval, cuenta la escritora que tuvo que suavizar su rechazo porque los progres de la época no admitían que el revolucionario que derribaba al Sha y desafiaba a Norteamérica era infinitamente peor que su antecesor. En Libia, Túnez, Turquía o Egipto esos islamistas, que visten con piel de cordero para no asustar y se dicen moderados, conquistan –democráticamente- el poder con el taimado Tayyip Erdogan, el Bush de Oriente Próximo, manejando los hilos para tender silenciosa y discretamente un telón de oscurantismo e ir supeditando la política a los dictados de la fe. Ojo, que también en el democrático Israel los ultraortodoxos imponen su ley a pedradas.

Cierto, por Occidente también vamos dejando que la religión, convencional o disfrazada de espiritualidades diversas, nos coma terreno. A veces hasta hacen más ruido que los imanes: El arzobispo de Granada va segundo en una encuesta en Internet para elegir la mayor animalada episcopal. Compite con su hit “Si la mujer aborta, el varón puede abusar de ella”. Sólo le supera el obispo de Tenerife, que aseguraba que los niños de 13 años van provocando a los curas para que les metan mano. A estas criaturas el Estado entrega cinco mil millones de nuestros euros al año y subvenciona su negocio proselitista en la Educación.

La razón y la inteligencia pierden terreno ante espiritualismos que a menudo esconden inmensos negocios –si no estafas- o pretenden parcelas de poder.
Así se explica la propagación del pensamiento positivo, la monserga new age disfrazada de ciencia –Punset- o los seminarios de desarrollo personal: La realidad es fea, pero no te molestes en cambiarla, aprende a verla de color de rosa.

Hasta la ciencia económica está contaminada por la religión. Economistas de izquierda como quienes firman “Hay alternativas”Vincenç Navarro, Alberto Garzón y el granadino Juan Torres López-, tras un atinado análisis de los verdaderos mecanismos de la crisis, plantean como primera de sus propuestas la “Constitución de un gobierno mundial (...) y la instauración de un mundo diferente”, a la altura de una miss deseando la paz mundial. Pero peor es lo de los halcones de lo neoliberal, que ya reconocen abiertamente que las recetas de la austeridad y el recorte nos hunden más en el pozo, y sin embargo continúan recetándolas como imprescindibles y obligatorias –el último informe de coyuntura de Caja Rural pone de manifiesto esta contradicción- porque creen fanáticamente en ellas. Es su dogma; no es ciencia, es religión.


domingo, 6 de noviembre de 2011

Patentados

Grave revés para la ciencia, alarma entre la comunidad científica mundial, freno retrógrado al progreso... Había en la prensa una unanimidad tan sospechosa como en el linchamiento mediático a Papandreu. El toque a rebato era por la decisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea de que los tratamientos o las investigaciones científicas que empleen células madre embrionarias no podrán ser patentados.
Los medios recogían la inquietud de una supuesta comunidad científica internacional: La prohibición de patentar terapias surgidas de células madre desincentivará la investigación, dejará sin esperanza a los enfermos de parkinson o alzeimer y promoverá la fuga de investigadores europeos a Asia y América.


Veladamente las informaciones vinculaban la decisión judicial con las ideas reaccionarias de sectores ultracatólicos, que evidentemente han aplaudido la sentencia. Pero, ¡vaya!, la denuncia no partía de ninguna secta religiosa, sino de Greenpeace que, al contrario que los integristas, no se opone a la investigación con células madre, sino que pretende evitar que los resultados se privaticen y sus beneficios queden fuera del alcance de los países más pobres. Miren por donde no preocupaban los enfermos, preocupaban los mercados.


No comparto el fundamentalismo antitransgénicos de los grupos ecologistas –con la mejora genética de los alimentos, desde la iniciativa pública y con un estricto control pueden obtenerse victorias contra el hambre-, y reconozco que la explotación de patentes estimula la investigación y recompensa costosos trabajos científicos, siempre que se patente lo razonablemente patentable. Pero desconfío de las empresas privadas que mercadean con dichas patentes.


El intento de patentar células humanas es otra vuelta de tuerca en la aplicación de la propiedad intelectual a las especies, cerrando el cerco en torno a la nuestra. Como ocurrió con la creación cultural tras la irrupción de Internet, el concepto y las normas de propiedad intelectual se han quedado obsoletos ante los intentos de las multinacionales para patentar plantas, microorganismos, animales, procesos biológicos o segmentos genéticos humanos

Ríos de tinta han corrido respecto al agresivo monopolio alimentario de Monsanto, que deja a Microsoft y Apple como unos angelitos. Patenta semillas que las comunidades rurales llevan siglos cultivando y mejorando, venden las semillas, castradas para que produzcan plantas estériles –las famosas Terminator-, y compra las cosechas imponiendo precios y prohibiendo a los agricultores que comercien con el producto vegetal. Hace cinco años
Monsanto controlaba el 10% del mercado de semillas de soja; hoy tiene el 90%. Los piratas biológicos despliegan a sus bioprospectores por todo el planeta recogiendo saberes milenarios que patentan como si fueran hallazgos propios. No cuesta imaginar los mismos métodos aplicados al desarrolllo de la vida humana y al tratamiento de las enfermedades de quien pueda pagarlo. No, esto no es contra la ciencia, es contra el mercado. 

domingo, 10 de julio de 2011

Teleplastias

Que el dinero público financie fraudes no es nada nuevo, desde los falsos Eres al Teatro Palma Arena los hay de todos los colores y signos. Pero ninguno insulta a la inteligencia tanto como el proyecto, que en junio* sacaron a licitación el Ayuntamiento de Bélmez de la Moraleda y la Diputación de Jaén, de construir un centro de interpretación de las Caras de Bélmez, las llamadas teleplastias pintadas por la difunta María Gómez Cámara y sus compinches hace cuarenta años.

Antigua escuela, donde irá ubicado el centro de interpretación
De un espacio para la educación a uno para la ignorancia, el centro ocupará el terreno de una antigua escuela. Tendrá una sala con las mismas fotos cutres de los monigotes que cualquiera puede encontrar en Internet; otra dependencia para escuchar ruiditos -lo llaman psicofonías- y una sala de conferencias para que los profesionales de las estafas sobrenaturales monten sus aquelarres y hablen con los muertos. Ya se la conoce como la trola del millón de euros, porque el centro se proyectó por 858.000 euros -147 millones de pesetas, que dicho así da más susto-. Cofinancian Ayuntamiento y Diputación de Jaén pero la mayor parte -587.000 euros- son Fondos Feder de la Unión Europea. Finalmente el proyecto licitado es algo menor. Quien maneja a conveniencia esas ayudas no es otro que Gaspar Zarrías**, jiennense al que no se podrá acusar de no barrer para adentro, capaz de embaucar a Europa para que financie el timo montado por el alcalde Pedro Justicia, los herederos de María Gómez y el parapsicológo Pedro Amorós, presidente de la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas, quien en connivencia con el Ayuntamiento pintó en 2004 las llamadas Nuevas caras de Bélmez en un desesperado intento de reavivar el filón ocultista.

El charlatán Pedro Amorós, el alcale Pedro Justicia y el presidente de la Diputación Francisco Reyes, los nuevos caras de Bélmez
Con la que está cayendo debería tener cárcel el destinar dinero de todos a un centro de interpretación de la estulticia ambicionando que a tu pueblo, pobre y sin atractivos, lleguen autocares y hasta charters cargados de objetores de la inteligencia como los que cada 7 de julio aguardan en el Llano de la Perdiz (Granada) ser abducidos por las naves de Reticulín. En Bélmez lo único a interpretar es la poca maña artística de quienes pintaron las caras con nitrato, cloruro de plata, grasa de cocina y hasta Titanlux, -no usaron un Kit de teleplastia tan apañado como éste- como han demostrado todas las pruebascientíficas hechas a las teleplastias, espantajos que desde 2005 son marca registrada en la Oficina Española de Patentes y Marcas.

Entre los muñidores del engaño destaca la Diputación jiennense, institución que también ha licitado la creación de  un museo de la santería en Noalejo -donde luciría más un centro de interpretación de la morcilla- o que para sostener el mito de la existencia de un aeropuerto de Jaén -otro ente paranormal- financiaba un autobús diario al de Chauchina cuyo conductor escuchaba psicofonías de vacío que iba.

Lo decente sería devolver el dinero a Europa, pero como es una pasta que no conviene desaprovechar, una alternativa sería crear en Bélmez un Museo del Escepticismo, que defienda la razón y la ciencia y desenmascare a videntes, mediums, sanadores, homeópatas -otros charlatanes subvencionados con dinero público- ufólogos, astrólogos y cuentistas en general. Me podrán plantear si que el Estado pague el sueldo de los profesores de religión no es poco más o menos como lo de Bélmez, pero me permitirán que en ese charco me meta otro día.

 

*Aunque es ahora, con la licitación de la obra cuando la prensa de todo el país se ha enterado del proyecto de centro de interpretación a noticia de que se construiría con fondos europeos y de las administraciones local y provincial la publicó la edición de Jaén de Ideal en junio de 2010, hace más de un año. Precisamente fue Ideal el periódico que en 1971 publicó la primera información sobre las caras de Bélmez, aunque inmediatamente se posicionó entre quienes la consideraban un fraude, frente a diarios nacionales como Pueblo y el Alcázar que dieron pábulo a la chifladura.

**El secretario de Estado de Cooperación Territorial es el artífice de un reparto tan ecuánime que de los 32 milones de euros que los Fondos Feder destinan este año a la provincia de Granada, 10 millones -el 29%- se los queda Baza, uno de los pocos bastiones importantes que en la provincia de Granada le ha quedado al PSOE tras las elecciones locales y municipio al que se le han aprobado los 17 proyectos que presentó. Con ese dinero podrán rehabilitar el Teatro Dengra y la Casa de la Cultura y estrenar polideportivo, geriátrico y estación de autobuses.

lunes, 4 de abril de 2011

Nuestra amiga la radiactividad



Nuclear, sí


Un sorprendente efecto de Fukushima ha sido la proliferación de físicos nucleares y expertos de toda la vida en radiación. Los hay en los dos extremos, el apocalíptico-hipocondriaco y el de los feligreses del átomo. Conforme lo de la central japonesa va superando a Chernobyl, los segundos se empequeñecen. Decían que “temer a la energía nuclear es como tener miedo a los eclipses” -Miguel Sebastián- y descubren que no había tal eclipse, tan sólo estaban ciegos. Es tan obvio que estamos ante lo incontrolabe que ya no rapea el personal de Garoña su “antes muertos que parados”. Fukushima ha llegado cuando empezaba a calar el sofisma de que frente al cambio climático, la única solución es la energía nuclear. Un vertiginoso cambio de chaqueta afecta a poderosos políticos hasta ahora al servicio de los lobbies nucleares como la Merkel. Claro que cuando hay delante unas elecciones, si es necesario hasta bombardeas a quien financió tu última campaña, ¿verdad, Sarko?




El último dogma que cae del argumentario pronuclear es el económico. Para Forbes la energía nuclear es el "mayor fiasco en la historia de la economía”. Estamos ante un clarísimo ejemplo del falso mercado libre, el capitalismo que al menor riesgo de que los beneficios privados puedan caer exige el apoyo del estado, el que rescata bancos cuando dice rescatar economías. Antes de Fukushima el mercado había disipado el sueño nuclear de la energía barataSólo es barata si la gran inversión requerida está amortizada y habitualmente en la construcción de centrales los costes se duplican o triplican respecto a lo presupuestado. Las centrales no han logrado subsistir si no es con subvenciones públicas. Las aseguradoras no les daban cobertura y sólo pasaron por el aro eximiéndolas de la responsabilidad civil, que ahora corre a cargo de... ¿adivinan?  Exacto, nuestros impuestos, los mismos que pagan la gestión de los residuos. En España las centrales son privadas y sus ganancias también, pero su peligrosa basura la gestiona Enresa, una empresa pública. Un accidente en una central puede dejar en bancarrota a un país ¿Se han preguntado por qué pese a tanto lobby nuclear nadie habla de construir nuevas centrales y el debate se queda en la prolongación de la vida de las existentes?  En EE.UU., país nuclear por excelencia, hace más de treinta años que no se construye un reactor, pese a que el Gobierno ofrece cubrir con créditos hasta el ochenta por ciento de la inversión. Una ruina.




¿Y qué se les puede decir a los apocalípticos? Pues que Fukushima no va a ser el fin de la especie, ni siquiera el de Japón. Que no se compren el geiger para buscar trazas de cesio en la Puleva del crío, porque desde hace seis décadas la radiactividad ya está aquí como una vecina molesta. Cuando yo nací el planeta estaba al borde de la destrucción total a cuenta de unos misiles soviéticos en Cuba y en las décadas siguientes estuvimos muchas veces a un paso de la autodestrucción mutua. Somos hijos de una carrera por sembrar la Tierra de artefactos atómicos, cuyo poder mortífero se probó continuamente sobre y bajo la tierra, en la estratosfera y en el fondo del mar. Desde 1945 hasta 2009 se han realizado más de dos mil pruebas nucleares en el planeta, la mitad de ellas estadounidenses, pero también hubo bombas de otras siete nacionalidades. Los EE.UU. arrasaron archipiélagos enteros con la Bomba H -medio siglo después de Castle Bravo el paradisíaco atolón de Bikini sigue siendo inhabitable- y detonaron artefactos en seis estados de su propio territorio, que durante los años cincuenta y sesenta se cubrían cada dos por tres de cenizas radiactivas. El estroncio 90 se quedó a vivir en los huesos de los niños norteamericanos. Francia asesinó población nativa de la Polinesia a millares con sus ensayos y empleó el terrorismo de Estado para asesinar a opositores a sus pruebas nucleares. Ese mismo país utilizó deliberadamente a sus soldados como cobayas humanas en sus pruebas en Argelia para comprobar los efectos inmediatos de una explosión atómica sobre las tropas. El secretismo impide saber gran cosa de los efectos de las más de 900 pruebas nucleares soviéticas, pero sí se ha cifrado en 750.000 las víctimas de las 46 pruebas nucleares superficiales realizadas por China entre 1964 y 1996, en la provincia de Xinjiang, hogar de la perseguida etnia uigur. Hablamos de cientos de megatones sumados, de la liberación de ceniza, polvo y lluvia radiactivos y toda la radiación remanente perdurando miles de años, que -aunque no me atrevería a mantener la comparación delante de quienes van a morir por culpa de Fukushima-, hacen del desastre de la central japonesa, de Chernobyl o deThree Miles Island simples episodios de la larga y penosa convivencia con nuestra vecina la radiactividad y su vástago el cáncer.



Para complementar este artículo no he querido recurrir a una cita científica sino literaria.
En Aventuras y desventuras del Chico Centella, una crónica sentimental de la América de los años cincuenta desde el punto de vista de un niño, el escritor norteamericano Bill Bryson dedica un capítulo entero y parte de otro a retratar con ironía la frivolidad y la despreocupación con la que la población de su país se familiarizó con la bomba atómica y las pruebas nucleares, y la irresponsabilidad con la que el Gobierno abordó estos ensayos y sus consecuencias sobre la población. La novela tiene un prometedor arranque pero acaba convertida en el socorrido ejercicio de amable nostalgia, un Cuéntame del American dream. No obstante, las páginas dedicadas a la bomba no tienen desperdicio.

La gente estaba arrobada con la abrasadora majestuosidad y la potencia antinatural de la bomba atómica. Cuando el ejército empezó a hacer pruebas nucleares en el lecho seco de un lago en Frenchman Flat, en el desierto de Nevada, cerca de Las Vegas, aquello se convirtió en la principal atracción turística de la ciudad. La gente no iba a Las Vegas a jugar, o al menos no exclusivamente a jugar, sino a apostarse al borde del desierto, sentir que la tierra temblaba bajo sus pies y ver que el aire se llenaba con portentosas columnas de humo y polvo. Los visitantes podían alojarse en el Atomic View Motel, beber un Cóctel Atómico (...) en las coctelerías locales, comer Hamburguesas Atómicas, hacerse un peinado atómico, asistir a la coronación anual de Miss Bomba Atómica...

En los años de mayor actividad se realizaron en Nevada hasta cuatro detonaciones nucleares al mes. El hongo nuclear era visible desde cualquier aparcamiento de la ciudad, pero la mayoría de visitantes prefería acercarse al borde mismo del área de pruebas, a menudo con comida para hacer un picnic, presenciar las pruebas y disfrutar de la nube de polvo posterior. Estamos hablando de  grandes detonaciones. Las veían incluso los pilotos comerciales que sobrevolaban el océano Pacífico, a cientos de kilómetros de distancia. El polvo radiactivo a menudo barría Las Vegas y dejaba 
una capa bien visible sobre toda superficie horizontal. Al principio, después de una prueba, los técnicos del gobierno recorrían la ciudad enfundados en sus batas blancas pasando los contadores Geiger por todas partes. La gente hacía cola para ver lo radiactiva que era. Formaba parte de la diversión. Qué satisfacción daba ser indestructible.
(...)

A las 7:15 de la mañana del 1 noviembre de 1952 Estados Unidos hizo explotar la primera bomba de hidrógeno en el atolón de Eniwetok, en las islas Marshall del Pacífico Sur,aunque en realidad no era una bomba, en el sentido de que no era transportable. (...) El nombre más correcto sería el de "ingenio termonuclear". Comoquiera que fuese, era de una potencia enorme.

Puesto que nunca antes se había intentado nada semejante, nadie sabía cómo sería de grande la explosión. Incluso las previsiones más conservadoras, que prevían una fuerza de cinco megatones, suponían una capacidad de destrucción superior a la de todas las armas utilizadas por todos los contendientes durante la Segunda Guerra Mundial, y algunos físicos creían que la explosión podría alcanzar los cien megatones, una liberación de energía de tal magnitud que los científicos sólo podían intentar adivinar sus consecuencias. Una de las posibilidades consideradas era que acabase consumiéndose todo el oxígeno de la atmósfera. Con todo, para aniquilar hay que arriesgar, como sin duda debió decir alguien en el Pentágono. Y así en la mañana del 1 de noviembre alguien prendió la mecha y (a mí me gusta imaginarlo así) salió zumbando de allí.

La explosión superó por poco los diez megatones, una potencia comparativamente modesta pero más que suficiente para borrar de la faz de la tierra una ciudad de un tamaño mil veces superior al de Hiroshima; aunque, evidentemente no hay en todo el mundo ciudades tan grandes. En cuestión de segundos, una bola de fuego de ocho kilómetros de alto y seis de ancho se elevó sobre Eniwetok y formó una nube de humo en forma de hongo que alcanzó los límites de la estratosfera, a 45 kilómetros de altitud y se extendió en más de 1.500 kilómetros a la redonda en una oscura llovizna de polvo y ceniza antes de disiparse. Los humanos nunca habíamos creado hasta entonces nada tan inmenso. Nueve meses más tarde, la Unión Soviética sorprendió a las potencias occidentales al detonar su propio ingenio termonuclear. La carrera hacia el exterminio  de la vida había comenzado, y de qué modo. (...)

Lo aterrador del crecimiento de la bomba no era tanto el crecimiento de la misma en sí como la gente que estaba al frente del crecimiento del artefacto. A las pocas semanas de la prueba de Eniwetok, los mandamases del Pentágono estaban buscando ya la manera de darle una aplicación práctica. Una de las ideas que se plantearon en serio fue la de construir un ingenio cerca de la línea del frente en Corea, atraer a un gran número de tropas norcoreanas y chinas para que echaran un vistazo y detonarla.

El congresista James E. Van Zandt de Pensilvania, uno de los principales adalides de la devastación, prometió que no tardaríamos en disponer de un ingenio de al menos cien megatones, uno que quizá consumiera todo el aire respirable. Al mismo tiempo, Edward Teller, un físico algo loco de origen húngaro y uno de los genios responsables del desarrollo de la Bomba H, soñaba con aplicaciones pacíficas para sus ingenios nucleares. Teller y sus acólitos en la Comisión de la Energía Atómica planeaban la ejecución de inmensas obras civiles jamás imaginadas siquiera hasta entonces: la apertura de gigantescas minas a cielo abierto en el emplazamiento de antiguas montañas, la alteración ventajista del curso de los ríos (de manera que el Danubio, por ejemplo, fluyese sólo por países capitalistas), la eliminación de engorrosos impedimentos al comercio y la navegación como la Gran Barrera de Coral en Australia... Ilusionadísimos, señalaban que con sólo veintiseis bombas colocadas en cadena sobre el itsmo de Panamá podría excavarse un mayor y mejor canal de manera casi instantánea, con la ventaja añadida de ofrecer un bonito espectáculo en el proceso. Llegaron 
incluso a proponer que los ingenios nucleares se utilizasen para modificar el clima terráqueo mediante el ajuste de la cantidad de polvo presente en la atmósfera, desterrando para siempre el invierno del Norte de los Estados Unidos y reubicándolo de manera permanente sobre la Unión Soviética. (...) Básicamente, los creadores de la bomba de hidrógeno pretendían envolver el planeta en niveles impredecibles de radiación, erradicar ecosistemas enteros, desfigurar la faz de la Tierra y provocar y hostigar a nuestros enemigos a la menor oportunidad. Aquellos eran sus sueños para los tiempos de paz.

Sin embargo, resulta evidente que el verdadero sueño era construir una terrorífica bomba portátil que pudiésemos soltar sobre las cabezas de los rusos y demás incordios siempre que nos viniese en gana. El sueño se hizo realidad el 1 de marzo de 1954, cuando Estados Unidos detonó quince megatones de armamento experimental en el atolón de Bikini, en plenas islas Marshall. La explosión superó considerablemente todas las expectativas que se habían depositado en el experimento. El resplandor llegó a verse desde Okinawa, archipiélago situado a 4.000 kilómetros de distancia. Arrojó polvo y cenizas sobre un área aproximada de 18.000 kilómetros cuadrados, y en dirección opuesta a la originalmente prevista. Le estábamos cogiendo gusto no sólo a generar gigantescas explosiones, sino también a provocar consecuencias que escapaban a nuestra capacidad de reacción. (...) Sólo podemos imaginar cómo tuvo que ser la experiencia para quienes la vivieron más de cerca, entre ellos los modestos nativos que habitaban la cercana isla de Rongelap. Se les había avisado de que poco antes de las siete de la mañana habría un fuerte resplandor, pero no se les dieron otras 
indicaciones: nadie les dijo que la detonación podría derribar sus hogares y dejarles con una sordera permanente, ni se les instruyó sobre cómo afrontar los efectos posteriores a la explosión. Cuando la ceniza radiactiva empezó a caer sobre ellos, los desconcertados isleños la probaron para ver a qué sabía (salado, al parecer) y se la sacudieron del pelo. Al cabo de pocos minutos no se encontraban nada bien. Nadie que hubiese estado expuesto a la lluvia de cenizas tuvo ganas de desayunar aquella mañana. A las pocas horas muchos sufrían de 
fuertes nauseas, y allí donde las cenizas habían entrado en contacto con la piel se habían formado numerosas ampollas. Durante el transcurso de los días siguientes, el pelo se les cayó a mechones y algunos desarrollaron hemorragias internas.

La lluvia de cenizas afectó también a los tripulantes de un pesquero japonés bautizado, en una ironía del destino que no pasó desapercibida para nadie, como Dragón afortunado. Para cuando regresaron a Japón, la mayoría de ellos se encontraba muy mal. La captura del barco fue descargada por otras manos y enviada al mercado, donde desapareció entre los miles de capturas llegadas a los puertos japoneses aquel día. Incapaces de determinar qué pescado estaba contaminado, los consumidores nipones evitaron comer pescado durante semanas, lo que estuvo a punto de hundir la industria pesquera.

La nación japonesa no estaba especialmente contenta con la situación. En menos de diez años habían tenido el desagradable honor de ser las primeras víctimas tanto de la bomba atómica como de la de hidrógeno, y como cabía esperar estaban algo desairados y exigieron una disculpa. Disculpa que les negamos. En lugar de ello, Lewis Strauss, el antiguo vendedor de zapatos que se había convertido en presidente de la Comisión de la Energía Atómica, contraatacó afirmando que los pescadores japoneses eran en realidad agentes soviéticos.

De manera gradual, Estados Unidos fue trasladando sus pruebas nucleares a Nevada donde, como ya hemos visto, la gente era mucho más agradecida, aunque no sólo realizando pruebas en las islas Marshall y en Nevada. También detonamos pruebas nucleares en Kirimatti y en el atolón Johnson, en el Pacífico; y en el Atlántico Sur, en superficie y bajo el agua; y en Nuevo México, Colorado, Alaska y Hattiesburg, Misisipí, vaya un sitio, durante los primeros años de pruebas. En conjunto, entre 1946 y 1962, Estados Unidos hizo estallar algo más de mil ojivas nucleares, incluidas unas trescientas suspendidas en el aire que lanzaron incontables toneladas de polvo radiactivo a la atmósfera. La Unión Soviética, China, Reino Unido y Francia detonaron unas cuantas docenas más.

Resultó además que los niños, gracias a sus entecos cuerpecitos y a su pasión por la leche, eran particularmente propensos a absorber y conservar estroncio 90, el principal residuo radiactivo de las explosiones. A tal punto llegaba nuestra afinidad por el estroncio que en 1958, el niño medio (es decir yo, y otros treinta millones de personitas) llevábamos en nuestros cuerpos diez veces más estroncio que un año antes. Casi brillábamos en la oscuridad. 

Las pruebas empezaron entonces a ser subterráneas pero aquello tampoco salió siempre a la perfección. Durante el verano de 1962, los responsables de defensa detonaron una bomba de hidrógeno en las profundidades del desierto de Frenchman Flat, en Nevada. La deflagración fue tan violenta que el terreno circundante se elevó noventa metros y reventó como un grano purulento, dejando un cráter de 250 metros de diámetro. "A las cuatro de la tarde -escribe el historiador Peter Goodchild- la nube de polvo radiactivo era tan espesa en Ely, Nevada, situada a 300 kilómetros del lugar de la explosión, que fue preciso encender las farolas de las calles". La lluvia de cenizas se extendió sobre seis estados occidentales y dos provincias canadienses, pese a lo cual casi nadie reconoció oficialmente el fiasco ni se emitieron comunicados públicos advirtiendo a la población que no tocase la ceniza fresca ni dejase a los niños jugar con ella. En realidad, el incidente se mantuvo en secreto durante dos décadas, hasta que un periodista curioso se acogió a la Ley de Libertad de Información para descubrir qué sucedió aquel día. 

Aventuras y desventuras del Chico Centella. Bill Bryson
Traducción de Pablo Álvarez Ellacuría. RBA, 2010