Los supermercados
El Jamón nacieron en la provincia de Huelva en los años noventa. Desde entonces se han extendido por Andalucía occidental, ocupando practicamente toda la comunidad salvo el antiguo Reino de Granada y compitiendo por el territorio con las cadenas
Covirán,
El Árbol, la multinacional
Spar y las grandes superficies. Se trata de una cadena privada aunque integrada en el grupo del
Instituto de Fomento de Andalucía, oficial. La empresa ha sabido capear los vientos de crisis. En la actualidad posee 168 establecimientos y desde 2009 ha creado 280 puestos de trabajo, con lo que suma más de cuatro mil empleados. Además
prevé obtener 255 millones de euros de beneficios a final de 2013.
Sin embargo, y a pesar de su envidiable situación,
El Jamón pretende imponer a sus trabajadores un
drástico recorte de sus de derechos laborales, con una reducción salarial en torno al 20% y eliminación de horas extraordinarias. La decisión ha provocado una gran conflictividad laboral y la huelga parece inevitable. Sus propietarios han anunciado a los medios de comunicación una expansión aún mayor por Huelva y Sevilla y la irrupción en el mercado portugués. Pero no sería de extrañar que estos
gorrinos opten ahora por la deslocalización y por irse junto con los comercios a Marruecos aprovechando que allí los
haluf como ellos son intocables. Y ello a pesar de lo política y religiosamente incorrecto que sería vender carne
halal con un nombre como
El Jamón.
En el mismo diario gratuíto,
Viva Huelva, podemos leer también que el
Fondo Monetario Internacional exige a España nuevas vueltas de tuerca para endurecer aún más la reforma laboral. Desde que reina
la dinastía de los Merkel, austeridad y despido barato son dogmas de catecismo, obligatorios para creyentes y para escépticos.
Llama la atención que en plena bonanza los responsables de
El Jamón derramen
lágrimas de cocodrilo. No quiero imaginar cómo llorarían en el peor escenario posible para ellos, una ligera reducción de las ganancias que les impidiera dejarse ver a diario en sus yates frente a la marina de El Rompido. Sabido es que la condición de quejica es connatural a la de empresario y que los ricos lloran su ruína por la borda de su velero.