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martes, 9 de septiembre de 2014

La vacuna de la ignorancia

Todo esto viene al caso del niño británico Ashya King, aunque encuentro similitudes entre la actitud de esos padres que se llevaron a la criatura sin permiso del hospital londinense en el que estaba ingresado y otros hechos anteriores o recurrentes en los que, como en este, se ven mezcladas la salud, la infancia, la religión, las supersticiones y el sentido común o su ausencia. Los King y sus abogados se agarran a su intención de financiar una terapia que le proporcionarán al niño en un centro privado de la República checa y su desconfianza en las alternativas que les ofrecen en el Reino Unido, reclamando una tutela ahora en manos de la Justicia y que no demuestran merecer. Los expertos indican que la trapia de protones a la que aspiran los padres someter a Aysha en Praga es un tratamiento apenas experimentado, poco efectivo y extremadamente costoso. Algunos medios opinan que el hecho de que los progenitores sean testigos de Jehová puede explicar su terca decisión. No sería la primera vez en que la actuación de unos miembros de esta secta respecto a menores bajo su tutela causa alarma y ya han sido sonados casos de padres que hacían peligrar la salud de sus hijos negándose a que recibieran una transfusión sanguínea, algo que sorprendentemente algunas sentencias no han considerado una forma de homicidio.

En lugar de generar rechazo la conducta de la familia King ha movido una ola de solidaridad y apoyo en las redes sociales, donde se acusa de insensibilidad a la comunidad médica y a los estados de no respetar la libertad religiosa y de conciencia. Y yo le pregunto a tanto abajofirmante si se manifestaría también en favor de la ablación, que es una tradición de algunas sociedades que en muchos casos se realiza a instancia de los progenitores de la víctima. ¿Están se guros de que el de los King no es un caso de agresión a un menor?

Colegio Gómez Moerno de Granada
Al comenzar el curso 2010-2011 se dio en Granada la circunstancia inaudita de que la Justicia tuvo que obligar a un buen número de padres a vacunar a sus hijos. Ocurrió en el colegio Gómez Moreno del Albaicín despues de que se produjeran entre los alumnos y maestros casi cincuenta casos de sarampión mientras un buen número de padres y madres se negaban a que sus hijos fuesen inmunizados con las vacunas que gratuítamente les suministraba la Consejería andaluza de Salud. Aquellos progenitores acabaron ante el juez y el titular del Juzgado de lo Contencioso número 5 ordenó la vacunación forzosa de treinta y cinco niños. En zonas de África voluntarios de Médicos Sin Fronteras sufren agresiones de quienes desconfían de la medicina occidental mientras en Pakistán los talibanes persiguen a los sanitarios que pretenden vacunar a sus hijos convencidos de que tratan de inocularles cristianismo o laicismo. Vemos también como en África Occidental el combate de la epidemia de ébola se ve dificultado por los ritos funerarios y los sanitarios se ven obligados a aceptarlos a sabiendas de que hacerlo significa perder terreno frente al avance del virus.

Cuando ocurrió el asunto del G.ómez Moreno charlé y discutí mucho al respecto, comprobando con estupor que había quienes aplaudían la actitud -ética, decían- de unos padres que se negaron explícitamente o por omisión a que sus vástagos fuesen inmunizados. Salud y el juez fueron pacientes y comprensivos en exceso si tenemos en cuenta que los antivacunas son responsables directos de la extensión de la enfermedad puesto que un brote se convierte en epidémico cuando, como fue el caso, aparece donde se concentran muchas personas no vacunadas. Escuchando a estos padres entiendo a esosa maestros al borde del suicidio tras una tutoría con papás y mamás que, mediante la lectura de suplementos dominicales y charlas con compañeros de pilates, se han formado sus propias ideas sobre pedagogía y se permiten dar lecciones. En la generación que hoy lleva a sus hijos al colegio hay mucho perroflauta con cortocircuito ideológico. Anda suelto u tipo de padres contra el que convendría desarrollar una vacuna antes de que el  daño que causan a sus hijos sea irreparable.

Expreso mis dudas de racionalista y me envían documentación sobre el argumentario antivacunas. Loprimero que leo es de u médico catalán  llamado Marín Olmos. Cuando veo que el susodicho es profesor de homeopatía -una de las más escandalosas estafas de nuestro tiempo- y que en la misma web se anuncia la prueba científica definitiva de que se usaron explosivos para volar las Torres Gemelas no leo ni una línea más. Las corrientes y grupos antivacunación, que incluyen a veganos, integristas evangélicos y new age, revisten de supuestos argumentos científicos mitos y creencias que entroncan tanto con la superchería como con la paranoia conspirativa. Parte de culpa tendrá  también la Administración en la extensión de los prejuicios contra las vacunas, tras retratarse con la industria farmacéutica exagerando la amenaza de l gripe A para justificar la compra masiva de vacunas que hubo que  destruir después. ¿Cómo confiar en máximos reponsables de Sanidad que tomaban posesión del cargo luciendo enl muñeca la pulserita milagrosa? Y no olvidemos a las universidades que proporcionan formación y las farmacias que hacen negocio con la homeopatía y la holística. Cierto es que la medicina no es una ciencia exacta, pero la mayor parte de sus alternativas ni siquiera son racionales.

Debemos vacunarnos contra el retorno de la ignorancia, contra los nuevos charlatanes que van de feria en feria pregonando sus ungüentos y crecepelos; denunciar el apoyo público y e médicos y farmacéuticos a la homeopatía y otras terapias dudosas; desenmascarar a charlatanes, conspiranoicos, sanadores e incluso psicoaalistas -sí, otra seudociencia ajena a l evidencia experimental-; opnernos y desobedecer a esos jueces que anteponen la libertad religiosa y de conciencia al sentido común y los derechos de la infancia.

A partir de un artículo publicado en Granada Hoy en noviembre de 2010







lunes, 19 de septiembre de 2011

Pensamiento positivo

Mariano Rajoy, siempre positivo
 
En los últimos tiempos la necedad humana se ha revestido de ropajes filosóficos a menudo asociados a las seudociencias y las supersticiones: Nueva Era, sincretismo espiritual, pensamiento positivo... Esta última teoría fue expresada por Norman Vincent Peale en “El poder del pensamiento positivo”, el primer manual de autoayuda, y llevada al paroxismo por Ronda Byrne en “El secreto”, donde se formula la 'ley de la atracción', la idea de que los pensamientos influyen en la vida. Es decir, que si uno quiere salir de la crisis hecho un ricachón sólo necesita practicar el pensamiento positivo, desear con todas sus fuerzas que llueva dinero, creer que todo va a ir fenomenal; si tienes cáncer, piensa que lo superarás y acabarás sanando; si pierdes tu empleo, piensa que pronto encontrarás otro mejor.

Si uno se vuelve adepto de esas ideas, en sus vertientes new age o en las más materialistas -el best-seller "¿Quién se ha llevado mi queso?"- puede acabar cargado de pulseras magnéticas, rodeado de cristales sanadores y acudiendo un día al homeópata y al siguiente al acupuntor, pero además puede acabar parado, arruinado y contento -o con cara de gilipollas, que a veces es lo mismo-. Porque ese optimismo enfermizo y milagrero justifica la desregulación laboral  alimentó la burbuja económica: el endeudamiento privado, las hipotecas basura, la flexibilidad laboral, la negación del realismo en economía; la traca final neoliberal, en definitiva.




El pensamiento positivo inspiraba el “Gracias por no fumar”, mensaje de una inutilidad manifiesta frente a la coercitiva y efectiva ley antitabaco en vigor. Es pensamiento positivo lo que exudan esos patéticos mensajes en los luminosos de las autopistas, “Gracias por conducir bien”, -ver vídeo- cuando lo que de verdad impone es una pareja de guardias civiles blandiendo el talonario de multas.


Mariano Rajoy se ha abonado al pensamiento positivo. Frente al negativismo del Gobierno que castiga a las clases medias -esas que según el vicepresidente de la CEOE Arturo Fernández poseen más de setecientos mil euros- con la vuelta de un descafeinado impuesto sobre el patrimonio, Rajoy propone medidas en positivo: premiará con desgravaciones a aquellas empresas que reinviertan sus beneficios. Al 'hombre sin nada que decir', como le calificó The Economist en un ya histórico pie de foto, le obsesiona no asustar. Nada de gravar los beneficios en un país cuyo empresariado se niega a poner nada de su parte para salir del agujero, nada de penalizar a quien no mueve su dinero. Él prefiere premiar la buena conducta y, dado que el trabajo sucio ya se lo hace el gobierno socialista, nos asegura que con que lo deseemos con fuerza y le votemos las cosas irán mucho mejor.


Pero los destinatarios de las promesas de Rajoy se ríen de ellas como de los inspectores de Hacienda; como se ríen del impuesto de patrimonio Amancio Ortega y Emilio Botín, que no lo pagarán pues sus fortunas están en Sicav, sociedades prácticamente exentas de impuestos. Y no es el buen rollito sino la persecución del fraude, el palo y tentetieso lo que necesita esa autodenominada clase media que, como sin que se le caiga la cara de vergüenza asegura el antes citado Arturo Fernandez, necesita hacer cuentas para saber si tiene más de setecientos mil euros. Yo no he de calcular mucho para saber que no los tendré en la vida y eso es realismo, es decir, lo opuesto al pensamiento positivo.