En abril de 1915, hace justo un siglo, vino al mundo en Filadelfia una niña afroamericana de piel muy clara a la que sus padres llamaron
Eleanora de nombre y oficialmente sus apellidos eran
Fagan Cough, los mismos de su madre adolescente puesto que su padre las abandonó cuando la niña aún era un bebé. No obstante
Eleanora adoptó el apellido y la profesión de su padre, el músico de jazz
Clarence Holiday cuando, rebautizada artísticamente
Billie, decidió sacar partido a la virtud natural que la hacía única, una voz descrita en más de una ocasión, y sin añadir exageración alguna, como la de la mejor cantante del siglo XX. No fue sólo una cuestión de voz, ya que
Billie Holiday lograba modularla como el sonido de un instrumento musical, particularmente un saxo; destacaba también una inigualable capacidad interpretativa, su dominio del
swing y la adaptación de sus cualidades vocales al contenido de cada canción.
Billie transmitía a sus canciones una enorme intensidad fruto, en muchos casos, de una traslación de sus vivencias personales a las letras cantadas. Esto último la emparentaba con cantantes de blues anteriores como
Ma Raney y
Bessie Smith.
Billie también admitía la influencia de músicos instrumentales, como algunos de los miembros de las
big bands del primer
Louis Armstrong y, por supuesto, quien durante algunos años fue su pareja, el saxofonista
Lester Young. Por otro lado la influencia de
Billie Holiday y su forma de cantar es reconocible en
Frank Sinatra y prácticamente todos los intérpretes vocales de la segunda mitad del siglo.
Violada siendo aún una niña, cuando escapó del colegio y se mudó a Brooklin con su madre comenzó a ejercer la prostitución. A los dieciseis años ya cantaba en clubes, pero fue en 1933 cuando decidió emprender una carrera en la música, tras ser descubierta por
John Hammond, el mismo que lanzó las carreras de
Leonard Cohen y de un joven
Bob Dylan, y de la mano de
Benny Goodman. Por entonces grabó su primer disco,
Your mother's son-in-law, un 78
rpm para Columbia, y actuó con gran éxito en el teatro Apolo de Harlem, una meca como el Cottom Club donde, al igual que en el famoso garito retratado en la película de
Francis Coppola (1984), los artistas negros debían entrar por la puerta trasera. Sus siguientes grabaciones las haría para el sello Brunswick y de entonces son sus versiones de
It's funny that way,
My man o
Night and day.
Billie Holiday también nos dejó inolvidables composiciones propias como
Fine and mellow, God bless the child, My man o
Lady sings the blues, que le valió el apelativo de
Lady Day.
Sin embargo no fue una composición suya sino de
Abe Meeropol la canción interpretada por
Billie Holiday que recordaremos por siempre, la sobrecogedora
Strange fruit de 1939, un estremecedor retrato de los linchamientos de afroamericanos en el Sur de los Estados Unidos. Posteriormente la canción se convirtió en un himno de la lucha por los derechos civiles y uno de los temas musicales más influyentes de la Historia; fue versioneada entre otros artistas como
Robert Wyatt y sus imágenes de fuerte contraste pueden haber inspirado a
Bob Dylan para su
Blind Willie McTell; además sus versos mezclan a la perfección y con amargo sarcasmo lo bucólico y el drama:
Pastoral escena del galante sur, los ojos abultados, la boca torcida, el aroma de las magnolias, dulce y fresco y de pronto el olor de la carne quemada. Tan conocidas como la música de
Billie Holiday lo fueron sus adicciones: el alcohol y la heroína, que dañaron su voz y afectaron a sus últimas grabaciones, la llevaron a una temprana muerte en 1959. La exitosa y mentirosa adaptación de su autobiografía al cine,
Lady sings the blues (Sidney J. Furie, 1972), por la que
Diana Ross se hizo con un óscar, no empañó el legado ni desprestigió la leyenda de quien
U2 llamaron en un tema de 1987
Angel of Harlem. En 2010 la cantante
Dee Dee Bridgewater dedicó todo un álbum a interpretar las canciones de
Billie Holiday,
Eleanora Fagan (1915-1959).
Vídeo: Strange Fruit
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