lunes, 20 de octubre de 2014

Aviso a los tres cerditos: Llegará san Martín

Miguel Blesa, Rodrigo Rato e Idelfonso Sánchez Barcoj han tenido que pasar por la Audiencia Nacional esta semana como presuntos ideólogos del escándaloso sistema de sobresueldos mediante tarjetas de crédito opacas otorgado a directivos y consejeros de Caja Madrid, hoy integrada en Bankia. Los dos primeros salieron del juzgado con la obligación de abonar millonarias fianzas civiles e incertidumbre sobre su futuro penal. Rato además une su clara reprobación social a su probable expulsión vergonzosa de un partido para el que sigue siendo un totem.


Dicen que la venganza se sirve fría ¿pero tanto? Los partidos y formaciones tocados por el escándalo se están tomando con muchísima calma la adopción de medidas de castigo. Y en casos como éste considero más efectivos los ajustes de cuentas y las  vendettas que esperar a que actúe la justicia de los hombres. Hasta ahora la impunidad y la sensación de disfrutarla ha sido lo que más ha alimentado la ambición de corruptos y cleptócratas. No creo mucho en el refrán que dice que a cada cerdo llega su san Martín, porque la experiencia nos muestra que no siempre es así, pero confío en que a estos tres cerditos y a los otros ochenta como ellos el lobo los encontrará; soplará, soplará, y sus casas, palacios y búnkeres derribará.

Video: El Pecho de Andy - Llegará octubre

miércoles, 8 de octubre de 2014

Sam Fuller: Men at war

Uno rojo, división de choque



Hace ahora un siglo que vino al mundo Samuel Michael Fuller,  un norteamericano hijo de inmigrantes judíos a quien la Historia recuerda como Sam Fuller y sobre todo como el más grande realizador del cine bélico, sólo una de las muchas facetas que cultivó en una vida enteramente dedicada a la cinematografía. Tal vez, si son ustedes unos pacifistas recalcitrantes, la sola mención del término cine bélico les provoque urticaria. Les diré que el género bélico reune practicamente todos los temas y valores que todo cine realista puede contener: aventura, drama, valor, heroismo, cobardía, egolatría, fanatismo, ambición, estupidez humana, violencia, entrega, incluso humor. Y para quienes me tachen de belicista, basten unas citas del propio Fuller:
-Sobrevivir se la única gloria en la guerra.
-Si alguien pretende extraer una enseñanza o una experiencia positiva de la querra debería hacérselo mirar.
-No me interesa si la historia es occidental, oriental, de Julio César o de Marco Bruto. Me interesa la emoción, las mentiras, el engaño, que se defina qué clase de drama es. Tenemos demasiados intelectuales que tienen miedo de usar la pistola del sentido común.


Aunque ejerció como periodista desde la adolescencia, Fuller se dedicó al cine desde la aparición del sonoro. Realizó diversas actividades cinematográficas. Al principio fue escritor y guionista negro -fantasma- y al final de su vida realizó cameos como actor en películas de Wim Wenders: El amigo americano -Der amerikanische freund, 1977-, El estado de las cosas -Der stand der dinge, 1982- y El final de la Violencia -The end of violence, 1977-. Pero durante la mayor parte de su trayectoria fue realizador de films, casi todos sobre las guerras, para lo que se inspiró en sus propias experiencias en la Segunda Guerra Mundial -Verboten!- y en la de Corea -The steel helmet y Fixed bayonets-, así como los relatos de los veteranos de esas guerras. Durante el conflicto contra el Eje estuvo en el Norte de África, Italia y Normandía y sus acciones le valieron la Estrella de Bronce, la Estrella de Plata y el Corazón Púrpura.

Mark Hammil en Uno rojo...
Sam Fuller fue sin duda el cineasta más físico y carnal de su generación.
Forty guns y China gate son alguno de sus títulos bélicos más destacados de los años cincuenta, pero son posteriores las dos películas que le hicieron dejar un recuerdo imborrable en la historia del cine. La primera fue Invasión en Birmania (Merrill's  Marauder, 1962), que narra como poco más de tres mil soldados estadounidenses tienen la misión de frenar el avance hacia la India de un millón de japoneses a través de la selva birmana, que Fuller sabe convertir en algo así como un personaje de película de terror. El tratamiento de la trama y los escenarios no puede ser más atrevido y roza la abstracción en la escena en que el teniente interpretado por Ty Hardin revisa fusil en mano un insólito laberinto de rocas. Hay que esperar a 1980 para dar con su obra maestra, que disputa con Apocalypse now (Francis F. Coppola, 1979) y Senderos de gloria (Paths of glory. Stanley Kubrik, 1957)  el título de mejor película en la historia del cine bélico. Me estoy refiriendo a Uno rojo, división de choque (The big red one). Su trama abarca dos guerras: Al comienzo estamos en 1918; ante nosotros, un campo de batalla en Francia sobre el que yacen diseminados cientos de cadáveres de los dos bandos que combaten en la Primera Guerra Mundial y entre ellos un crucifijo cuyo Cristo tiene las cuencas de los ojos vacías domina la escena. Un cabo de infantería de los Estados Unidos recoge las chapas identificativas de sus compatriotas muertos. El cabo ignora que esa misma mañana se ha firmado el armisticio; la guerra ha terminado. Eso es lo que grita el soldado alemán que se acerca a él con los  brazos en alto. Pero el cabo norteamericano cree que se trata de una trampa, le mata y se guarda de recuerdo el emblema rojo, un número uno distintivo de la compañía a la que pertenecía el soldado al que acaba de matar. Veinticinco años después, en otra guerra, el uno rojo es el símbolo de un grupo de élite al  que pertenece el cabo, ahora sargento , que combate en Túnez al Afrika Korps de Rommel. El sargento - Lee Marvin- está al frente de un puñado de hombres lleno de miedo y dudas, como cualquier soldado. Desde el Norte de África a la liberación de los campos de exterminio nazis pasando por Sicilia, Normandía y Bélgica, el sargento y cuatro de sus soldados de choque vagabundean sin rumbo fijo, siguiendo el itinerario que les dictan unos superiores a quienes desprecian, sin entender nada, sometidos a menudo a situaciones grotescas. Sus vivencias están narradas visualmente con un desaliño que transforma bruscamente naturalismo en surrealismo. Podemos ver lecciones de gran cine de acción como la toma del pueblo siciliano plagado de francotiradores que Steven Spielberg copió con esmero en Salvar al soldado Ryan (Saving private Ryan, 1997), pero esa poética de la lucha se quiebra con la irrupción del niño empeñado en trasladar a su madre muerta en un ataud de cuatro asas hasta el cementerio donde reposa su padre. Personajes y momentos grotescos salpican una acción que se va volviendo más y más estilizada, hasta que nadie, ni espectador ni mucho menos soldados, sabe donde está. Nunca se nos plantea quién y por qué se combate; no veremos ni a Rommel ni a Patton, sino a unos personajes con los que no se permite identificarnos pues se mueven en un sueño. Nos encontramos con el catálogo completo de lugares comunes del cine bélico y especificamente del ambientado en la Segunda Guerra Mundial: la guerra en el desierto, los combates cuerpo a cuerpo, el desembarco en Omaha Beach -que no tiene nada que envidiar al magníficamente rodado por Spielberg-, la cobardía que se redime con un gesto heroico, el descubrimento del horror supemo, el de los campos de la muerte; la diferencia está en que estos soldados también tienen vida cotidiana: se alimentan de comida en lata, se aburren, padecen hemorroides, disfrutan como críos cuando encuentran una playa en la que bañarse y llevan muy mal el celibato impuesto por las circunstancias. Uno rojo, división de choque es una gran lección de cine, por la naturalidad con que la secuencia más sencilla se transforma en depurado ejercicio y coreografía y también por la aparción de elementos simbólicos y surreales en un escenario amueblado por objetos comunes. Esos objetos pierden el suelo al igual que los soldados pierden momentaneamente su condición cuando por ejemplo se convierten en comadronas de un parto en el interior de un tanque y los condones que les suministra el mando se convierten en guantes asépticos para la intervención; antes les habían servido  para que el agua no emtrara en los fusiles durante los desembarcos. Las sitaciones se desnudan hasta el punto que nos encontramos en plena zona cero del cine de guerra, es casi cine mudo. Los soldados hablan poco. A veces la información nos llega de la voz en off del narrador, el soldado Johnson convertido después en escritor e interpretado por Kelly Ward, o de la propaganda con que unos y otros practican la guerra psicológica contra el enemigo. El cenit de tanta estilización, surrealismo y horror es la liberación de uno de los campos de exterminio, mostrada con toda la contención imaginable, sin casi nada explícito. No vemos los cadáveres amontonados, pero sí las chimeneas de los hornos aún en marcha; no vemos los cuerpos esqueléticos, sólo las miradas perdidas dentro de sus ojos hundidos, pero toda La lista de Schindler (Schindler's list, Steven Spielberg, 1993) no transmite tanto horror. Para la historia del cine queda la escena en que el soldado Griff -un Mark Hammil en su único papel significativo fuera de Star wars- descubre a un soldado nazi escondiéndose en uno de los hornos crematorios que han estado empleándose sistemáticamente hasta el último momento. El soldado le apunta desde el interior del horno, pero Griff, que acaba de ser testigo de lo que los seres humanos son capaces, dispara y le mata, sigue y sigue disparando absurdamente una y otra vez sobre el alemán muerto. Acaba de alcanzar el mismo grado de estupefacción que su sargento viene arrastrando desde la guerra anterior. El sargento, que nadie como Lee Marvin podría interpretar con tanta frialdad aparente como aparentada, es quien da la forma circular a la película, que no deja de ser también una reflexión sobre el caracter de cíclica e inevitable escabechina a la que estamos condenados. Su recorrido le lleva al mismo campo de batalla donde en la anterior guerra mató a un soldado enemigo cuando ya se había firmado la paz. Vuelve bajo el Cristo de los ojos vacíos donde ahora le espera otra fantasmagoría: la emboscada de los soldados nazis que simulan estar muertos. Cuando todos se han vuelto mudos tras el descubrimiento de los campos, recoge a un niño moribundo con quien no intercambia una  sola palabra; le da de comer y le sigue llevando sobre los hombros cuando  llega la inevitable muerte del crío. El sargento aspira a la redención pero, como la de todos, es imposible, ni siquiera cuando se empeña en salvar la vida de un soldado alemán contra quien, como al de la otra guerra, se ha lanzado sin saber que el conflicto ha terminado. Poco importa que el enemigo se salve, no puede haber retórica de la redención.
Invasión en Birmania


Termino como empecé: Sam Fuller sabía que si de una historia de guerra se extrae una enseñanza moral es sencillamente un engaño. Sobrevivir es la única gloria que uno puede conquistar en la guerra. Con esta frase citada más arriba se cierra Uno rojo, división de choque. Se pueden encontrar grandes películas con un nítido discurso antibelicista. En Uno rojo... e Invasión en Birmania hallamos las más altas cotas alcanzadas por este g´´enero cinematográfico. No busquen en ellas antibelicismo; son cine bélico en su estado más puro, pero precisamente  por la extrema sequedad, la urgencia y el desapego con que semuestra la guerra, sus pequeñas gestas y las miserias de la vida cotidiana de la tropa, provocan en el espectador un efecto mucho más nítido de desprecio y horror ante lo que algún imbecil llamó el noble arte de la guerra.


sábado, 4 de octubre de 2014

El nuevo ni-ni: Ni estudia ni trabaja, asesora

Sólo tardó veinticuatro horas. Un día después de publicarse su dimisión en el Boletín Oficial del Estado el exministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón solicitó el ingreso en el Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid como miembro vitalicio, un puesto al que le da derecho su condición de expresidente de dicha Comunidad, como su antecesor en este último cargo Joaquín Leguina, ya integrante de por vida del Consejo. La antigua rival de ambos Esperanza Aguirre se apresuró a justificar ambas presencias en el dorado y carísimo cementerio de elefantes, dado que ese mismo destino le aguarda a ella sea cual sea su futuro próximo, y eso que Gallardón aseguró en su comparecencia de despedida que regresaría a su trabajo de abogado tras los dos años de retiro que marca la Ley. Su solicitud -hecha por sí mismo, no una gracia de Su Majestad-, no hace  falta decirlo, fue aceptada de inmediato, tras lo cual el ministro retirado ha pasado a embolsarse 87.440 euros brutos anuales por asistir poco más de una vez a la semana a votar resoluciones que funcionarios con salarios mucho más modestos -y además congelados- redactan.

La presencia de esta equívoca figura del asesor, opaca en cuanto a su número y a su retribución, y de más que dudosa utilidad parece ser un mal que se reproduce en distintos niveles de la Administración, que se rodean de asesores, sueltos o agrupados en consejos como el citado de Madrid para proporcionar acomodo y peculio a familiares, amigos, militantes de los partidos gobernantes o cualesquiera personajes a quienes se deban favores políticos o económicos. Recientemente se denunciaba su proliferación alrededor del gobierno gallego. Al parecer por Baleares también se extiende esta plaga como la carcoma. También se ha hablado mucho de la superpoblación de asesores en el Ayuntamiento de Madrid -relacionado además con el uso de las Visas opacas de Caja Madrid- y la Diputación de Granada, entre otros ejemplos. Ya se han dado sentencias contra administraciones que colocaron en masa y por supuesto a dedo como asesores políticos -en comunicación, cultura, vaya usted a saber- a compañeros de militancia que no obtuvieron plazas mediante el voto popular en unas elecciones.

El puesto de consejero consultivo del señor Gallardón es vitalicio, es decir que durará mientras dure la vida del usufructuario o mientras subsista la propia institución en la que se ha integrado. Como no sería políticamente correcto ni legalmente justificable mandar al exministro al otro barrio, y con ánimo de ahorrar al erario público gastos tan onerosos, meatrevo a sugerir otra clase de aborto: la supresión del Consejo Consultivo, cuya ausencia sólo notarán sus miembrosa finales de cada mes, junto a una serie de organismos prescindibles que, en aras de la austeridad y la cordura democrática del país, no podemos permitirnos. A saber:


1. La Corona
2. El Senado
3. El Tribunal Constitucional
4. El Consejo de Estado
5. Las diputaciones
5. Las mancomunidades comarcales
6. Las subdelegaciones del Gobierno
7. Las delegaciones provinciales de los ministerios
8. Los defensores del pueblo autonómicos
9,Multitud de patronatos municipales y provinciales
10. Latotalidad de los consejos y tribunales consultivos y de Cuentas
Suma y sigue...



domingo, 14 de septiembre de 2014

Playlist nº 62: La enfermedad perjudica seriamente la salud

De sanidad, y salud; de males y enfermedades; de médicos y enfermeros; de hospitales y operaciones. Ahí van quince píldoras. Consulte a su médico o farmacéutico sobre el uso de estosmedicamentos. Manténgase fuera del alcance de los niños.

1. Robert Palmer: Bad case of lovin you (Doctor, doctor)
2. Cohete: La salud es lo primero
3. Aretha Franklin with Luther Vandross: Doctor's orders
4. Big Audio Dynamite: Medicine show
5. Golpes Bajos: Estoy enfermo
6. Death in Vegas: Medication
7. Allen Toussaints: St. James infirmary
8. La Mode: Enfermera de noche
9. The Velvet Underground: Lady Godiva's operation
10. Def Con Dos: Errores médicos
11. Health: Die slow
12. Joe Jackson: Cancer
13. Editors: Smokers out side the hospital doors
14. Alaska y los Pegamoides: El hospital
15. Fernanda y Bernarda de Utrera: Mi mal no tiene cura (Soleares)


martes, 9 de septiembre de 2014

La vacuna de la ignorancia

Todo esto viene al caso del niño británico Ashya King, aunque encuentro similitudes entre la actitud de esos padres que se llevaron a la criatura sin permiso del hospital londinense en el que estaba ingresado y otros hechos anteriores o recurrentes en los que, como en este, se ven mezcladas la salud, la infancia, la religión, las supersticiones y el sentido común o su ausencia. Los King y sus abogados se agarran a su intención de financiar una terapia que le proporcionarán al niño en un centro privado de la República checa y su desconfianza en las alternativas que les ofrecen en el Reino Unido, reclamando una tutela ahora en manos de la Justicia y que no demuestran merecer. Los expertos indican que la trapia de protones a la que aspiran los padres someter a Aysha en Praga es un tratamiento apenas experimentado, poco efectivo y extremadamente costoso. Algunos medios opinan que el hecho de que los progenitores sean testigos de Jehová puede explicar su terca decisión. No sería la primera vez en que la actuación de unos miembros de esta secta respecto a menores bajo su tutela causa alarma y ya han sido sonados casos de padres que hacían peligrar la salud de sus hijos negándose a que recibieran una transfusión sanguínea, algo que sorprendentemente algunas sentencias no han considerado una forma de homicidio.

En lugar de generar rechazo la conducta de la familia King ha movido una ola de solidaridad y apoyo en las redes sociales, donde se acusa de insensibilidad a la comunidad médica y a los estados de no respetar la libertad religiosa y de conciencia. Y yo le pregunto a tanto abajofirmante si se manifestaría también en favor de la ablación, que es una tradición de algunas sociedades que en muchos casos se realiza a instancia de los progenitores de la víctima. ¿Están se guros de que el de los King no es un caso de agresión a un menor?

Colegio Gómez Moerno de Granada
Al comenzar el curso 2010-2011 se dio en Granada la circunstancia inaudita de que la Justicia tuvo que obligar a un buen número de padres a vacunar a sus hijos. Ocurrió en el colegio Gómez Moreno del Albaicín despues de que se produjeran entre los alumnos y maestros casi cincuenta casos de sarampión mientras un buen número de padres y madres se negaban a que sus hijos fuesen inmunizados con las vacunas que gratuítamente les suministraba la Consejería andaluza de Salud. Aquellos progenitores acabaron ante el juez y el titular del Juzgado de lo Contencioso número 5 ordenó la vacunación forzosa de treinta y cinco niños. En zonas de África voluntarios de Médicos Sin Fronteras sufren agresiones de quienes desconfían de la medicina occidental mientras en Pakistán los talibanes persiguen a los sanitarios que pretenden vacunar a sus hijos convencidos de que tratan de inocularles cristianismo o laicismo. Vemos también como en África Occidental el combate de la epidemia de ébola se ve dificultado por los ritos funerarios y los sanitarios se ven obligados a aceptarlos a sabiendas de que hacerlo significa perder terreno frente al avance del virus.

Cuando ocurrió el asunto del G.ómez Moreno charlé y discutí mucho al respecto, comprobando con estupor que había quienes aplaudían la actitud -ética, decían- de unos padres que se negaron explícitamente o por omisión a que sus vástagos fuesen inmunizados. Salud y el juez fueron pacientes y comprensivos en exceso si tenemos en cuenta que los antivacunas son responsables directos de la extensión de la enfermedad puesto que un brote se convierte en epidémico cuando, como fue el caso, aparece donde se concentran muchas personas no vacunadas. Escuchando a estos padres entiendo a esosa maestros al borde del suicidio tras una tutoría con papás y mamás que, mediante la lectura de suplementos dominicales y charlas con compañeros de pilates, se han formado sus propias ideas sobre pedagogía y se permiten dar lecciones. En la generación que hoy lleva a sus hijos al colegio hay mucho perroflauta con cortocircuito ideológico. Anda suelto u tipo de padres contra el que convendría desarrollar una vacuna antes de que el  daño que causan a sus hijos sea irreparable.

Expreso mis dudas de racionalista y me envían documentación sobre el argumentario antivacunas. Loprimero que leo es de u médico catalán  llamado Marín Olmos. Cuando veo que el susodicho es profesor de homeopatía -una de las más escandalosas estafas de nuestro tiempo- y que en la misma web se anuncia la prueba científica definitiva de que se usaron explosivos para volar las Torres Gemelas no leo ni una línea más. Las corrientes y grupos antivacunación, que incluyen a veganos, integristas evangélicos y new age, revisten de supuestos argumentos científicos mitos y creencias que entroncan tanto con la superchería como con la paranoia conspirativa. Parte de culpa tendrá  también la Administración en la extensión de los prejuicios contra las vacunas, tras retratarse con la industria farmacéutica exagerando la amenaza de l gripe A para justificar la compra masiva de vacunas que hubo que  destruir después. ¿Cómo confiar en máximos reponsables de Sanidad que tomaban posesión del cargo luciendo enl muñeca la pulserita milagrosa? Y no olvidemos a las universidades que proporcionan formación y las farmacias que hacen negocio con la homeopatía y la holística. Cierto es que la medicina no es una ciencia exacta, pero la mayor parte de sus alternativas ni siquiera son racionales.

Debemos vacunarnos contra el retorno de la ignorancia, contra los nuevos charlatanes que van de feria en feria pregonando sus ungüentos y crecepelos; denunciar el apoyo público y e médicos y farmacéuticos a la homeopatía y otras terapias dudosas; desenmascarar a charlatanes, conspiranoicos, sanadores e incluso psicoaalistas -sí, otra seudociencia ajena a l evidencia experimental-; opnernos y desobedecer a esos jueces que anteponen la libertad religiosa y de conciencia al sentido común y los derechos de la infancia.

A partir de un artículo publicado en Granada Hoy en noviembre de 2010