domingo, 12 de julio de 2015

Jóvenes furiosos

Acabo de leer -ya sé, es imperdonable no haberlo hecho antes pero se me acumula el trabajo- La soledad del corredor de fondo, el libro de relatos que publicó el británico Alan Sillitoe en 1959, inmediatamente después de su primera novela Sábado por la noche y domingo por la mañana, y, además de por su calidad literaria, he quedado impresionado por las conexiones de estas airadas obras, ambas situadas en el Nottingham donde se crió el escritor y en las estrecheces económicas de la última posguerra o el período de entreguerras, con movimientos futuros: Kiko Amat, prologuista de la edición española de Impedimenta, cita la furia punk y cockney de Sham 69 o a The Jam y The Who en I can't explain, estas filtradas por el refinamiento art school de Weller y Townshend. En alguno de sus cuentos el propio Stiltoe reconoce que no renuncia al filtro de sus lecturas y su cultura autodidacta a la hora de describir e identificarse con sus jóvenes furiosos y sin futuro y su rebelión nihilista, al igual que otros angry young men de los que fue contemporaneo como John Osborne y Kingsley Adams.

Sham 69
El movimiento de los angry young men tuvo un grupo coetáneo y más o menos paralelo, aunque de origen burgués e intelectual en la beat generation, si bien la influencia norteamericana que estos escritores británicos reconocían era la del realismo sucio de John Fante, cuyo Bandini puede reconocerse en los chicos salvajes de Sillitoe.  Pero, dispuesto a apurar el abanico de piezas, personajes  y movimientos posteriores que podrian entroncar con los jóvenes furiosos de las primeras obras de Sillitoe y sus compañeros de generación, citaré al gigoló Alfie creado por el dramaturgo irlandés Bill Naughton, que también escribió el guión de su primera adaptación al cine -Alfie, Lewis Gilbert, 1966- y hasta -no sé qué pensaría de ellos en su momento el propio Sillitoe- la Angry Brigade, la banda terrorista incruenta -ni muertos, ni heridos ni daños a las personas- que operó en la Gran Bretaña de los setenta, cuya historia escrita por Servando Rocha podéis adquirir aquí, aunque yo lo encontré en un puesto del mercadillo anarquista que abre los domingos en la Plaza de Santa Ana de Madrid. Sillitoe hablaba de la clase obrera en la que se había criado, pero despreciaba tanto el sistema sociopolítico y la moral torie que frustraba y explotaba a los trabajadores como el paternalismo de progres e intelectuales -la breve esposa del cuento La deshonra de John Scarfedale- que les considera buenos salvajes a quienes hay que formar y conducir como a ganado hacia alguna utopía proletaria.

Me cae mucho mejor Pablo Escobar
La mitificación de la juventud, asociada o no a la rebeldía, como un valor en sí mismo es una falacia que hoy abunda como un concepto tan desdibujado y aparentemente rentable en la publicidad como en la política -¿qué es ésta sino marketing?-, como si la carcundia no abundara tanto entre los jóvenes como entre los viejos. Ahí tienen esa patética asociación entre juventud y renovación que se ha puesto de moda en la derecha: las ridículas declaraciones de Albert Rivera en las que afirmaba que la regeneración es patrimonio de los nacidos en democracia; esa conferencia política del Partido Popular sin corbatas y la colocación en primera línea de fuego del joven reaccionario Pablo Casado; arremangado y chupando cámara; por no hablar de esa idealización de la juventud rebelde que -por no remontarnos a las películas de Pili y Mili- empezó en el 15-M y nos ha llevado al ordeno y mando de Pablo Iglesias en Podemos. Tutankamón no había cumplido los diecinueve y ya era una momia que acabó desintegrándose y hoy sólo nos queda la máscara funeraria. En cambio nada ha desmentido el no future de los gamberros del punk y de los fondistas que pierden carreras a propósito y los bronquistas cerveceros de Alan Sillitoe.


Vídeo: TheClash - All the young punks

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