lunes, 1 de febrero de 2010

25 motivos para ver cine español


¿De verdad el cine español es tan malo?

Es el debate de siempre, oportunamente atizado por quienes pretenden cargarse el sistema de subvenciones públicas o colocar a la taquilla como único baremo en el reparto de apoyos públicos y privados. Algunos incluso echan mano de datos y estadísticas pseudocientíficos para demostrar el bajísimo nivel de calidad del cine hecho en España. Otras estadísticas más serias demuestran que la imagen del cine español entre el público nacional es relativamente positiva, aunque una cosa es lo que el público admite y otra muy distinta lo que realmente va a ver. También los hay entusiastas y quienes, como el crítico Javier Ocaña, se han parado a buscar cuales son los defectos que hacen que la producción cinematográfica española no convenza como debería a público general y a cinéfilos exigentes. Al margen de esos debates siempre tenemos el recurso -fácil, lo admito- de defender que nuestro cine produce mucha basura y unas poquitas joyas, como ocurre con el estadounidense, el francés, el italiano o el paquistaní. Y que es necesario el esfuerzo por defender esas joyas y sobre todo por lograr que sean conocidas y disfrutadas.

Toda selección es personal, y las que siguen son las veinticinco películas por las que a mi juicio el siglo y pico de historia del cine español ha merecido la pena. No pretendo que sean las mejores, son las que, por distintos motivos más me han llegado, 25 películas de culto, pero un culto exclusivamente personal. Creo que el esfuerzo por encontrarlas y verlas puede deparar muchas satisfacciones. Los vídeos incrustados de El desencanto, Queridísimos verdugos y La teta y la luna incluyen las películas completas.


1. Arrebato, de Iván Zulueta (1979)

Arrebato fascina hasta lo hipnótico en su búsqueda de la esencia de lo creativo, algo que sólo nos puede ser revelado. Cine dentro del cine, drogas, posesión y vampirismo se dan la mano para que el protagonista logre una revelación: cuando se crea, se desaparece en la obra creada y el mundo invocado se materializa. Pero además de esa reflexión es necesario algo más, pasión, arrebato, para dar el paso definitivo de una dimensión a otra. El instrumento, una cámara rebelde que se pone en marcha cuando quiere, metáfora de la inspiración, no es más que un vehículo para el deseo, para la decisión que ha tomado el creador.

2. El espíritu de la colmena, de Victor Erice (1973)

El dramaturgo Maurice Maeterlinck emplea la expresión 'El espíritu de la colmena' para describir "ese espíritu todopoderoso, enigmático y paradójico al que las abejas parecen obedecer, y que la razón de los hombres jamás ha llegado a comprender". Fábula infantil sobre el despertar de la infancia al mundo, encarnado en dos niñas que hacen frente a la realidad por medio de la fantasía. Mientras las niñas despiertan a la vida, los adultos hibernan encerrados en una colmena, atrapados en el páramo yerto de la España de la posguerra. Victor Erice describe una realidad de horror sostenida por los hilos de la fantasía, un mundo hecho más de silencios y susurros que de palabras, con demasiados sobrentendidos que la hambrienta imaginación de una niña no puede admitir.


3. El desencanto, de Jaime Chávarri (1976)

Un experimento explosivo que se escapa de las manos de su autor, que decide por sí mismo. El desencanto es una película que construyen sus protagonistas, la familia Panero, un reality show de la inteligencia, de una ferocidad dolorosa en el tratamiento de las relaciones familiares. La figura del padre muerto, el poeta Leopoldo Panero, que es el único que no puede defenderse, es abordada por los hijos y la viuda e inevitablemente todos hablan de todos, sin mostrar piedad ni siquiera de sí mismos. Bastante mérito tiene Chávarri con poner en orden todo ese material, tan rico como terrible, con intentar despojar a cada uno de los protagonistas de sus máscaras, para que muestren todo el dolor que atesoran y con el que alguno de ellos tanto parece disfrutar.

4. Plácido, de Luis G. Berlanga (1961)

Me sobrecoge más que El Verdugo. Plácido describe un inmenso páramo moral, una España desoladora, una mezquindad inmensa. Desde los irreverentes títulos de crédito hablamos de la obra cinematográfica más subversiva realizada durante el franquismo, bajo su delgadísimo disfraz costumbrista. Nunca el plano secuencia contuvo tantas acciones y lecturas superpuestas, nunca un director de actores como Berlanga sacó tanto partido del talento de López Vázquez, Quintillá, Cassen y tantos otros. Sin piedad se ataca el fariseismo pequeñoburgués, la caridad cristiana y las campañas del Régimen para poner un pobre en la mesa. No hay comedia más amarga en el cine europeo, no cabe imaginar un cuento de Navidad con más bilis.

5. El extraño viaje, de Fernando Fernán-Gómez (1964)

Rara, diferente, inquietante, genial. Fernán-Gómez da lecciones de valentía a los cineastas de hoy, transformando sutilmente lo que empieza en relato costumbrista en morboso catálogo de fetichismos y travestismos, dando a sus actores papeles en las antípodas de los arquetipos en los que los encasillaba el público, convirtiendo un episodio de la crónica negra en esperpento claustrofóbico y de un romanticismo enfermizo. Fernán-Gómez opta por una puesta en escena emparentada con la nouvelle vague y el free cinema, pero el guión y la técnica son más precisos y depurados que en esos modelos europeos.

6. El puente, de Juan Antonio Bardem

El puente es una película más innovadora e importante que las obras más aclamadas de Bardem, Muerte de un Ciclista o Calle Mayor. Lo es porque es la primera road movie de nuestro cine y la mejor que hasta la fecha haya dado el cine europeo. Lo es porque culmina el landismo y le da muerte con la complicidad de quien le da nombre al subgénero, un Alfredo Landa decidido a demostrar que era uno de los grandes. El puente, que adapta una gran novela de Daniel Sueiro, Solo de moto, es importante porque en el viaje del protagonista a lomos de su Montesa y en pos de las suecas de la Costa del Sol, éste toma una doble conciencia: la social y comprometida, y también la de que existen alternativas de vida diferentes. Esta doble toma de partido, izquierdista y contracultural, es inédita en el maniqueismo ideológico de la época. La playa vacía y un Torremolinos sin suecas en bikini ni machos ibéricos a sus pies puede parecer un desolador final para un viaje, pero es en realidad el comienzo de un futuro más real y verdadero.

7. La torre de los siete jorobados, de Edgar Neville (1944)

Esta delicia es una marcianada en el cine español de posguerra. La Torre... enfrenta dos escenarios, un Madrid castizo y folclorico y un extraño mundo subterráneo diseñado bajo los cánones del expresionismo. Un sainete fantástico que une galantería, superstición, fantasmas, conspiraciones, venganza de ultratumba, mensajes cabalísticos, jorobados y judíos que han sobrevivido siglos en las catacumbas de la ciudad. Neville transgrede con ese batiburrillo estético y sorprende con la agilidad con que resuelve las bizarras situaciones.

8. El cochecito, de Marco Ferreri (1960)

El cochecito es una conjunción de tres astros cuyo resultado no es una suma, sino una multiplicación de talento y genio: el guionista Rafael Azcona, el director Marco Ferreri y el actor Pepe Isbert. Describe una humanidad sumida en la fealdad, en la deformidad, con un poder corrosivo que si entonces chocaba con la censura, hoy se daría de bruces con la corrección política. El cochecito carece de precedentes en el cine español, sus raíces hay que buscarlas en Solana y en Goya. Y todo ello con un envoltorio en el que no faltan un humor brillante hasta provocar el ataque de risa y una enorme ternura.



9. Innisfree, de José Luís Guerín (1991)

Guerín, siempre obsesionado con el tiempo, recorre los paisajes donde cuarenta años antes John Ford regresó a sus orígenes en busca de su pasado, mientras realizaba El hombre tranquilo, obra que subyace en el fondo del film, como fundamento y como sugerencia transformada en leyenda, por cronistas de taberna. Como El hombre tranquilo, Innisfree, un paraíso no tan perdido, una Ítaca cercana, permanece en el tiempo, que no ha borrado la frescura casi purificadora que destilan sus imágenes, gracias a una mirada limpia, no contaminada, siempre poética, que juega con la confusión entre lo rememorado y lo imaginado, la tradición, las licencias literarias, y la magia de los espacios físicos y humanos que retrata.

10. Tasio, de Montxo Armendáriz

Los carboneros vascos que inspiraron esta hermosísima película eran hombres de tan pocas palabras como tiene Tasio, que no necesita de lo discursivo para hablarnos de formas de vida ligadas a la tierra y condenadas a desaparecer. Tasio reivindica quedarse en esa tierra cuando todos la abandonan para huir a las ciudades, nos invita a mirar con ojos limpios. Armendáriz sabe dotar de vida a los paisajes y los tres espléndidos actores que interpretan las edades de Tasio dan al personaje auténtica dimensión heróica.
11. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, de Pedro Almodóvar (1983)

Almodóvar tiene películas mucho más logradas -Átame, Mujeres..., Todo sobre mi madre-. Ésta, su cuarta película, conserva parte de la chapucera factura y las astracanadas pop de sus primeras cintas, con secuencias completas prescindibles, pero la Carmen, frágil, adicta y desgraciada pero resolutiva, que borda Carmen Maura sigue siendo su personaje más rico y logrado. Almodóvar desvela aquí su talento expresivo, su pasmosa facilidad para introducir el surrealismo en personajes y situaciones cotidianas, para reproducir con tanta gracia como desgarro la realidad. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? divierte, emociona y contiene el elemento trágico y agridulce del mejor neorrealismo.

12. Tras el Cristal, de Agustí Villaronga (1987)

Villaronga es un director muy especial, ningún otro cineasta español tiene un mundo propio tan personal, es un maestro del desasosiego. Aplicarle la etiqueta de maldito es simplificar, aunque se lo gane a pulso con obras tan turbadoras como ésta, entre Arrebato y Saló. Tras el cristal aborda sin miedo, con morbosa fascinación, temas realmente duros: la pedofilia, el fascismo, la tortura, la dominación... La exhibición de lo grotesco con una frialdad acentuada por la gélida fotografía hace que a cada momento el espectador se revuelva incomodo en su asiento.

13. Mi tío Jacinto, de Ladislao Vajda

Pablito Calvo y Ladislao Vajda, se unen de nuevo tras el éxito de Marcelino, pan y vino, pero donde había ternurismo hay ahora cruda exposición de la realidad española de posguerra. Es neorrealismo a la española, con ternura y toques agridulces, con freaks y marginados de todo pelaje, pero aquí estamos más cerca de la picaresca que del melodrama.

14. Amantes, de Vicente Aranda (1991)

Aranda, capaz de lo mejor y de lo peor, logra en Amantes su película más sólida, a la altura de los maestros del suspense. Morbosa, triste, de un erotismo explícito y con un logradísimo final que es casi un sacrificio ritual. Tras el triángulo de amor y muerte que describe hay también un enfrentamiento cruento entre puritanismo y modernidad, entre las dos Españas en definitva.



15. La campana del infierno de Claudio Guerín (1973)

Claudio Guerín murió al caer desde un campanario rodando las últimas escenas de esta película de horror a contracorriente del género. Todo se une para magnificar el malditismo si no fuera porque el mito no existe, dado que casi nadie conoce esta salvajada con clara influencia del giallo, pero mucho más valiente y extrema, y sobre todo, mucho más inteligente -los giros de guión son tremendos- que todo el gore que se hizo a partir de la posterior La matanza de Texas, porque La campana del infierno está más cerca de Un perro andaluz que del cine de terror contemporáneo.

16. Juguetes Rotos, de Manuel Summers (1966)

Manolo Summers se empeñó en dilapidar su carrera con sus odiosas películas de cámara oculta, y resulta díficil reconocer al último Summers en el director que debutó con un trío de grandes películas: Del rosa al amarillo, La Niña de Luto y el documental Juguetes rotos. Este último se construye con los mismos elementos que hicieron posible sus películas malas: la inocencia y la ternura. Es también un ejercicio de recuperación de la memoria, una queja por lo mal que olvidamos y lo peor que recordamos centrada en las vidas olvidadas de viejas glorias: boxeadores, toreros, cantantes de cabaret... El desgarrador testimonio del futbolista Guillermo Gorostiza ya vale por toda la película.


17. Queridísimos verdugos, de Basilio Martín Patino (1973)

Esta es una película clandestina, literalmente, pues fue rodada a escondidas del régimen franquista. La búsqueda de los últimos verdugos, en Badajoz, en Granada... deviene en un esperpento tremendista y tremendo, cercano a la locura, más Solana que Valle. Martín Patino construye un proceso de subversión y desenmascaramiento mediante el cual unos seres inicialmente propuestos como verdugos devendrán víctimas patéticas y manipuladas de un entorno sociopolítico que descarga sobre ellos una responsabilidad que no les pertenece y que se ven obligados a asumir como medio de supervivencia.

18. ¿Quién puede matar a un niño?, de Narciso Ibañez Serrador (1976)

Con todas sus servidumbres al momento en que está rodada –las referencias a los conflictos bélicos, el nada velado mensaje antiabortista–, ¿Quién puede matar a un niño? mantiene toda su vigencia. Narciso Ibáñez Serrador demostró su dominio del cine de terror sin necesidad de recurrir a los trucos habituales del género. Todo ocurre a la luz del día. La crueldad y el horror los llevamos dentro. Una playa llena de bañistas, unos cuerpos que aparecen flotando cosidos a cuchilladas y el uso efectivo de los escasos diálogos bastan para advertirnos que vamos a pasarlo mal.

19. Vida en sombras, de Lorenzo Llobet-Gracia

Película dramática de un documentalista, obra casi inédita salvada por la Filmoteca Española, Vida en sombras es cine dentro de cine como no sería abordado en España hasta Arrebato, pero además es de una calidad formal desconocida en la época en que se rodó. Los encuadres, los movimientos de la cámara en reducidos interiores, las elipsis narrativas están muy por encima de la media. Y como obra de un documentalista sobre el mundo del cine, apuesta por la inmersión de la realidad en la ficción, por el cine como exorcismo para ahuyentar la crueldad de la realidad.

20. En la ciudad, de Cesc Gay (2003)

En las antípodas del costumbrismo, la tercera, y muy coral, película de Cesc Gay es un drama de desasosiego e incomprensión, que se oculta bajo sonrisas forzadas, bajo mentiras asumidas como verdades y secretos inconfesables. Lejos de plantearse como un drama cínico, hace reír mientras muestra la crueldad de los sentimientos, la infelicidad que ahoga a sus personajes y el matrimonio como principio del fin del amor.
21. Viridiana, de Luis Buñuel (1961)
¿Por qué está Buñuel tan bajo en esta lista? Sencillo, siendo Viridiana una extraordinaria película, no es ni de lejos lo mejor de Luis Buñuel, que si exceptuamos el sensacional documental Tierra sin pan, se da en su etapa mexicana. El ángel exterminador, Nazarín, Simón del desierto o Los olvidados no son cine español. De todas formas, es magistral la facilidad con la que humor y drama se confunden en esta feriocísima sátira llena de imágenes perturbadoras: la mórbida visión de una monja inexperta aprendiendo a ordeñar vacas, la misma monja haciendo uso de fetiches como una corona de espinas o una cruz, un grupo de esperpénticos vagabundos montando una bacanal e imitando la Última Cena, una corona de espinas en llamas, un ahorcado en un árbol...

22. La Buena Estrella, de Ricardo Franco (1997)

Justísimo reconocimiento el que obtuvo Ricardo Franco al final de su carrera y de su vida, con este espléndido drama, coescrito con -¡ejem!- Ángeles González Sinde. Película íntima, de tono sosegado y triste, pese a lo tremendo de algunas situaciones, sobre la mala suerte, la imposibilidad de escapar al destino y los lazos que atan a los amantes incluso en contra de su voluntad. En el triángulo amoroso protagonista, Franco nos muestra tres formas distintas, e incompatibles, de buscar la felicidad.

23. Tamaño natural de Luis García Berlanga (1974)

De nuevo Azcona y Berlanga, en este caso el erotómano empedernido, fabrican juntos una obra maestra. Un Michel Piccoli inmenso protagoniza esta alegoría sobre la incomunicación. El sexo, la fantasia, los celos posesivos se materializan en esta relación surreal de un dentista con una muñeca hinchable. Es un Berlanga buñueliano de realización exquisita y narración precisa, tan ácido y divertido como siempre, tan pesimista como siempre.


24. La teta y la luna, de Bigas Luna (1994)

Cerrando la trilogía hispánica que forman la estupenda Jamón, jamón y la horrorosa Huevos de oro, La minusvalorada La teta y la Luna es para mi la mejor película de Bigas Luna, la más arrebatadoramente romántica. Su acierto está en emplear como hilo conductor las reflexiones de un niño como la mejor excusa para abonar al público, como voyeur, a las imágenes que le interesan, dejando de lado las convenciones represivas. Hasta lo escatológico tiene un halo romántico. Memorables apariciones de un jovencísimo Miguel Poveda.

25. Héctor, de Gracia Querejeta (2004)

Película de maduración moral de unos personajes tratados con mucho respeto, revela paulatinamente la interioridad de unos personajes muy bien dibujados, complejos y obligados tomar decisiones cruciales. Conforme avanza la trama, nos identifica unas existencias agarrotadas por el miedo, encadenadas por fantasmas y necesitadas de amor.

No hay comentarios: