
La estepa
No me cuenten más historias. Nadie puede ya sostener la leyenda de Granada, ciudad de cultura. Hoy basta quitarse las gafas de ver tópicos para concluir que habitamos una estepa y que el desierto avanza rápido. Lo demás son milongas. Cierto es que los mitos se erigen sobre cimientos de realidad, y que las cosas no fueron siempre así. Que hubo una ciudad con festivales de teatro referenciales, con dos salas de cine en versión original –Alhambra y Príncipe- que el público llenaba, que los festivales de Jazz y de Música y Danza están entre los más antiguos del país, que por el Planta Baja pasaban todas las

Es verdad que el secano no es sólo cosa de Granada, máxime en unos tiempos en que llamamos cultura a los videojuegos y las tapas, el toreo es una de las bellas artes y Miguel Bosé es medalla de oro de la música. Pero lo nuestro es caída libre.
¿A quién culpamos? ¿Qué nos convirtió en un Mar de Aral con barcos varados en la arena? Con la cultura presa del dinero de las instituciones, la racanería es la norma y lo que nos queda sobrevive gracias a técnicos y voluntarios y por la explotación laboral de su entusiasmo. Es demasiado cómodo responsabilizar a los políticos, lo ponen fácil: Un concejal de Cultura se vanagloria de que se galardone al Festival de Poesía, que sale adelante no por su compromiso sino porque Dani Moya y Fernando Valverde se patean la ciudad, pegan ellos mismos poemas en los autobuses, se dejan la piel en ello, mientras su político de turno convoca ruedas de prensa.


Pero no son ellos los únicos responsables; nunca como ahora vino al pelo el insulto con el que Kaka De Luxe epataban en la España pre-punk: “Pero que público más tonto tengo”. No hay más cultura porque nadie la pide, porque el material humano que sustentó el parnasillo granadino, la población universitaria, desertó en masa. Ya no llena las calles el día del espectador, búsquenla en Tuenti. Los estudiantes granadinos de hoy son una masa lerda y alcohólica cuya única aportación a la ciudad es la que se quedan los caseros y las tiendas chinas que surten el botellón, pero no les debe nada una vida cultural que, despreciando cuanto ignoran, ni entienden ni quieren entender. Ahora que otros hagan demagogia sobre cómo han llegado a esa situación.
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